ACCIÓN VS INTERVENCIÓN

La Acción Educativa ofrece recursos para que cada sujeto  de la educación pueda autolegitimarse en sus derechos.  Podemos entender dicha acción como procesos de soporte cultural para que cada sujeto se construya como tal, conviviendo con otros. Se sustenta en la noción de socialidad, la cual retoma la idea del sujeto como lugar de libertad, a diferencia de la socialización, que responde más a la idea de producción en masa proveniente del capitalismo industrial. Está abierta al acontecimiento, a lo que emerge, y lo que emerge es el propio sujeto. No hay un plan previo; nadie tiene que llegar a un sitio preestablecido, sino a aquellos a los que el propio sujeto se dirige y crea o recrea y le permiten seguir rumbo a otros. La educación entendida como acción procura poner a los sujetos en contacto con la cultura plural, provocando y planteando condiciones de encuentros, apropiación, uso y transformación. Ésta se sostiene tanto en el agente como en el sujeto de la educación. Cada uno está convocado a hacer un trabajo diferente. Lo específico de la acción educativa es justamente el tema de la enseñanza, mostrar, ponerse en juego, desempeñar la profesión de pasador de cultura; y el trabajo del sujeto, que es un trabajo de descodificación y apropiación en función de sus intereses y singularidades.

Por el contrario, debemos saber que la Intervención Educativa es la devaluación de la acción educativa y del papel del propio educador. Surge del higienismo subyacente del neoliberalismo  a finales del siglo XX y comienzos del actual. Algunos de sus efectos son el corte de todo nexo entre práctica y teoría, y la erradicación del aspecto impredecible e incalculable del acto educativo. Las prácticas de las intervenciones educativas norman y rigen sobre los sujetos a los que se aplica un protocolo, en cuyo diseño no participa quien lo aplica. De esta manera se ahorra la inversión en disciplina social, apelando a rigurosos mecanismos de control que tienen que ver con la erradicación de los derechos del ciudadano y así el paradigma de seguridad arrasa con la idea de libertad. Para su desarrollo no se necesitó un discurso que pusiera en entredicho las verdades hasta el momento, sino que es resultado de un supuesto y pueril discurso pedagógico que legitima la política de control y a las intervenciones a las que da lugar, sustituyendo así las políticas y acciones de alcance educativo. Un porcentaje significativo del profesorado está absolutamente de acuerdo con esos discursos políticos de la educación devenida a puro control social, sostenida en y por la ignorancia, sin cuestionar ningún elemento de los discursos hegemónicos, se da por supuesto y sobre eso avanza. La intervención tiene el sentido de fabricar, sigue un plan predeterminado, quien la realiza sabe cuáles son los objetivos, los tiempos, el sentido último al que debe llegar el sujeto de su intervención. El que interviene considera que el sujeto mejora si cumple con lo establecido, si se somete, si admite que lo que se ha pensado para él es lo mejor y lo cumple. Por el contrario, si el sujeto se empecina en otra cosa, será tildado de problemático y enviado al circuito que le conviene. Esta es la tragedia de la educación social. Desde la intervención en relación a las poblaciones denominadas especiales, se define al sujeto en riesgo como ineducable y frente a esta definición antológica se considera que nada se puede hacer excepto ponerle en el grupo que le toca.

El cuarenta por ciento de los niños pasan por toda la escolaridad obligaría y salen analfabetos. Del sesenta por ciento restante de adolescentes, no todos se enteran de lo que leen. Leer significa descodificar la realidad y la escritura permite escribir y reescribir el mundo y nuestra propia historia. Este fracaso no es un error, es toda una estructura que se orienta a producir dispositivos de control por franjas etarias: Los pequeños en el jardín de infancia, los niños en la primaria y los adolescentes en la secundaria. Lo que produce la escolarización obligatoria es ignorancia acerca de ellos mismos y del mundo, y ahora se amplía al mundo universitario. Hoy las Universidades acomparsan al discurso empresarial e higienista, cortando los vínculos, negando el saber, transformando los conocimientos en competencias y negando la condición de posibilidad de un pensamiento crítico. Este discurso de las competencias es otra herramienta de control. Todo sujeto que quiera trabajar, debe adecuarse a las demandas del mercado. En el ámbito de las profesiones sociales, adoptan una jerigonza incomprensible que encubre las tareas de control a las que los estudiantes serán abocados. De esta manera se evitan las preguntas, pues están absolutamente obturadas. El tema de las competencias, proveniente del discurso neoliberal, surge del descubrimiento de que el sujeto es el protagonista, este papel se desdibuja y se convierte a la persona en un actor adaptado al mercado laboral, así que no importa que éste aprenda a pensar, sino que le sea útil al mercado. Lamentablemente, el discurso empresarial ha devenido discurso hegemónico y lo educativo ha quedado como una especie subsidiaria de esa lógica. Ir en contra de esa lógica de la empleabilidad, supone reivindicar el papel del educador como profesional responsable de la acción y no mero aplicador del protocolo que se le plantea que debe aplicar.

Artículo inspirado en: 

Hernandez, G. (2011). “Debates educativos desde la Pedagogia social. Entrevista a Violeta Nuñez.” Perfiles Educativos, Vol. XXXIII, num.134.

 

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