NAHIA (Capítulo IV)

Nuga había llegado a un acuerdo con Algar, Taluya y Drem. Ésta les enseñaría el lenguaje del Valle Nimura siempre y cuando ellos le proporcionasen a su familia peces Mimbu durante todo el tiempo que durase la enseñanza. Los tres accedieron sin pensárselo dos veces, la reptil y el gato con mucha más emoción que el sapo, pues iba a ser la excusa perfecta para no volver a probar las vomitivas huevas de babosa, ni las larvas de escarabajos Karnis, que saben igual que huelen y que se alimentan de las heces de otros seres, las cuales, Algar criaba en su jardín bajo un montón de estiércol y se las ofrecía a sus huéspedes con ilusión.

 

Taluya y Drem no tardaron en vincular afectivamente gracias a sus salidas al lago Gueida, en cuyo fondo se encontraban los peces Mimbu, aplanados, con largos bigotes y ojos saltones que recordaban a los de Algar. Aunque recelosos al principio, debido a su desagradable primer encuentro, ambos necesitaban amar y ser amados, pues a ninguno le quedaba otra familia. Se divertían compitiendo por ver quién era capaz de enumerar la mayor cantidad de nombres de plantas y animales en el lenguaje que estudiaban, mientras que Algar, el único buceador del grupo, y quien tenía mayores problemas para aprenderse las palabras, pescaba.

 

El lago Gueida se encuentra en el centro del valle, y es la zona más concurrida del lugar. Con suficiente agua para abastecer a todas las criaturas, es rico en fauna y flora de todo tipo.

 

En una tarde tranquila, de buena pesca, mientras llegaban a la madriguera de la familia Ishimi, vieron a un Kinar en la entrada conversando con Nuga. Naga y Lu se escondían tras ella. Lo cierto es que aquel enorme mamífero semi acuático, de piel azulada y viscosa, espalda musculosa, barrigón, de morro prominente y largos dientes que sobresalían de su boca, impresionaba a cualquiera. Pero no era por su presencia que la cánida se mostraba tensa y sobresaltada, ni lo que hacía que sus crías se agarraran tan fuertemente a sus patas. Kalan, que es como se llamaba aquel mastodonte marino, era un buen amigo de la familia y traía malas noticias.

 

Fu, el compañero de vida de Nuga y padre de sus cachorros, que había partido durante el invierno pasado hacia la costa de Malitú, lugar de residencia del clan Kinar, con la intención de unirse por el camino con otros machos Ishimi para ayudar a combatir a una manada de sanguinarios invasores, nunca llegó a su destino. Ni él ni el resto de perros aparecieron en la aldea en la fecha acordada. Gracias a los Dioses, los Kinar, queridos y apoyados  por muchas otras criaturas, vencieron en la guerra. Lo cierto es que les había resultado muy fácil. Aunque los primeros ataques enemigos les cogieron por sorpresa, pocos días después los saqueadores abandonaron la costa pacíficamente. Todos creyeron que les habían superado en número y que por ello se echaron atrás.

 

Cuando hubo terminado la celebración, tres machos Kinar se dirigieron a las doce madrigueras de los Ishimi, a quienes habían mandado aves marinas con pequeñas cartas de socorro e instrucciones para reunirse atadas a sus patas. Kalan y sus compañeros no tardaron en darse cuenta de que el mensaje había sido recibido y que todos los perros habían partido en su ayuda.

 

La cánida estaba destrozada, sabía que su varón podría haber muerto en batalla, y que eso habría sido doloroso, pero que desapareciera sin más… tal cosa no la iba a dejar dormir en mucho tiempo. Aquella noche cenaron todos juntos a la luz de las lunas y de las estrellas. Nuga, que era la única que conocía el sendero exacto que había trazado Fu para llegar a Malitú, estaba decidida a  salir en su busca a la mañana siguiente. Taluya, que ya comprendía la mayor parte de las conversaciones ajenas en el lenguaje Nimura, se propuso acompañarla, no iba a permitir que aquellos pequeños cachorros pasaran hambre y frío por el camino, y mucho menos que se quedaran huérfanos, tanto de padre como de madre. Drem, pudo hacerle entender a Algar la situación, y ambos se unieron a la misión. Al fin y al cabo, los tres eran ya una familia y deseaban mantenerse unidos.

 

Edgar Zamora Malagón
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