NAHIA (Capítulo X)

Los refugios de los Pershambals son pequeñas hendiduras que ellos mismos escarban con sus propias garras en los laterales arcillosos de la montaña. Ello se lleva a cabo a modo de ritual cuando las parejas se comprometen y deciden formar una familia. Cada uno de estos cobijos se encuentra a una distancia media de entre doscientos y trescientos metros a diferentes alturas.

 

Cuando llegaron a las puertas de la guarida de los abuelos más cercanos, Drem gritó sus nombres con desesperación. Al no obtener respuesta del matrimonio, entraron temiéndose lo peor. En el interior encontraron dos cuerpos destrozados y sin vida, con la cara arrancada y el abdomen abierto y vacío. Con los dedos de manos y pies cercenados. El olor de los cadáveres, que ya empezaban a descomponerse, se mezclaba con el de las heces diarreicas que abundaban en toda la cueva, pisoteadas y esparcidas. Aquel panorama era tan repulsivo que ninguno de los dos hermanos pudo evitar vomitar.

 

Casi sin pensarlo se aventuraron hacia el próximo hogar de ancianos. Empezó a chispear, estaba atardeciendo y los hermanos se sentían débiles, sobretodo Zineb, a la que se le había entumecido el brazo y cada vez se le hacía más difícil escalar por los laterales.

 

Estaban a medio camino cuando escucharon gritos de sus semejantes, los cuales parecían proceder de la morada de unos buenos amigos de la familia; padres algo mayores con una recién nacida y dos hijos jóvenes, de los cuales uno era otro cazador que se encontraba al límite de la infección.

 

Drem y la pequeña se acercaron cautelosamente a la morada, de la que ya no procedía alarido alguno, solo el sonido del masticar, sorber y el crujir de huesos. Arrimándose al borde de la entrada, Drem pudo mirar en el interior. Otra vez la sangre, los cuerpos desmembrados, la mierda esparcida por doquier… y ahora aquella criatura representante del horror, la inconsciencia y la perdición, devorando a los que hasta hacía unos minutos habían sido sus amados padres y hermanos. ¿Qué más les iba a tocar ver a esos seres cuya inocencia ya se había resquebrajado?

 

Aquel diablo se percató de su presencia, se dio la vuelta con el cuerpo del bebé colgándole de la mandíbula, y con cojera, hizo el intento de apresurarse hacia ellos. Corrieron todo lo rápido que sus cuerpos, el terreno y las condiciones les permitieron. Llovía, ahora intensamente,  el cielo era gris oscuro y el agua bajaba con fuerza por los laterales de la montaña. Los felinos pisaron tantos charcos que se embarraron hasta las puntas de las orejas. Cuando encontraron una diminuta cueva de piedra y creyeron haber recorrido la suficiente distancia, casi sin aliento, decidieron pasar allí la noche. Sabían que estaban perdidos, metafórica y literalmente. El agotamiento fue lo que les permitió pegar ojo, se durmieron abrazados, aferrados el uno al otro, intentando darse calor, sintiendo un frío interno que más que frío, era terror.

 

Drem y Zineb pasaron algunos días vagando por el bosque, alimentándose de pequeñas alimañas que cazaba el hermano mayor, y bebiendo de charcos y del rocío que se acumulaba en las hojas de algunas plantas. Apenas hablaron sobre la muerte de sus padres, no se sentían preparados para ello, pero las pesadillas se hacían presentes en ambos casi en los mismos momentos y lloraban juntos al despertar. No sabían exactamente dónde estaban y no deseaban volver a las cuevas. La infección comenzaba a afectarles cada vez más intensamente, la fiebre aparecía a diario y aumentaba en cada atardecer. El brazo de la pequeña se estaba gangrenando, la herida supuraba y no olía bien. Es por ello que caminaron a diario durante horas buscando a alguien que pudiera ayudarles. Fue así como dieron con un campamento de refugiados Pershambals que habían sobrevivido a la posesión demoníaca de los cazadores.

 

 

Edgar Zamora Malagón
COPYRIGHT (Todos los derechos reservados)

 

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