NAHIA (Capítulo XII)

El instinto era lo único que les mantenía en pie, saltaban cada piedra y esquivaban cada rama gracias al legado genético. Eran animales en peligro, presas huyendo de sus depredadores.

 

Tras varios kilómetros corriendo sin parar, las piernas de la pequeña Zineb no aguantaron más y cayó. Drem, que aún se aferraba a su mano, se detuvo de golpe para no arrastrarla. En esos segundos de respiración, el gato tomó conciencia de la gravedad de la situación. Las embarazadas, los niños, los ancianos… ¿seguirían con vida? Se escuchaban los rugidos de locura a pocos metros, que parecían carcajadas. Varios jóvenes pasaron apresuradamente por su vera sin detenerse, cegados por el miedo.

 

Zineb se encontraba al borde del desmayo, su temperatura era excesiva y comenzaba a echar la misma espuma por la boca que sus padres poco antes de llegar al límite del fin de la cordura. Una joven embarazada paró al ver al felino intentando llevarse a la pequeña a la espalda para cargar con ella. Dos panteras dementes se le lanzaron encima a toda velocidad, la reventaron casi al momento.

 

Drem no se daba por vencido, la idea de dejarse atrapar no pasó por su mente ni un solo instante, y ni mucho menos la de abandonar a su hermana para salvar la propia vida. O lo lograban juntos o no lo conseguiría ninguno, esa era su convicción y el único fin posible para él. Sin embargo, la existencia, que nada tiene que ver con la concepción de justicia que albergan los seres conscientes,  estaba gestando un duro desenlace alternativo para ambos.

 

Uno de los Pershambals trastornado,  que pocos minutos antes estaba devorando el vientre de la preñada, arrancó a Zineb de la espalda de su hermano de un zarpazo. Se dirigió hacia el débil cuerpo de la cría en el suelo, acercó sus fauces, agarró la cabecita con la dentadura y ante los ojos de Drem, apretó los dientes con fuerza. El siguiente iba a ser él.

 

Las pulsaciones del gato, hasta entonces aceleradas, parecieron pararse. En su interior se hizo un vacío tan grande que comenzó a escuchar su propia respiración de manera estruendosa. Ya no había por lo que vivir ni por lo que luchar. Ni madre, ni padre ni hermana, ni clan. Mientras aquel monstruo devoraba a la felina, el segundo se acercaba a él tranquilamente; era un depredador ante una presa inmóvil que no iba a escapar ni a oponer resistencia, y ese diablo podía olerlo. Drem, preparado para morir, veía pasar dentro de sí las imágenes de su feliz y tierna infancia en blanco y negro.

 

Relden,  el mejor amigo de Dexo y uno de los adultos que se ocuparon de proteger al clan con su vida, alcanzó a la fiera grillada. Agarró su cráneo y lo estrelló una y otra y otra vez contra las rocas. Se estaban acercando varios infectados chiflados más, sus jadeos podían oírse. Gritando, se dirigió a Drem pidiéndole que se marchara. Al ver que el muchacho no reaccionaba, éste le golpeó en el hocico con el dorso de la mano. Le rogó que se salvara de una manera tan desesperada, que el gato creyó ver el espíritu de su propio padre en la mirada de ese protector. Eso le despertó lo suficiente como para cerrar los ojos, apretar los párpados y salir corriendo hacia el fin del mundo.

 

Relden luchó hasta la muerte, representando la verdadera esencia guerrera de la tribu. Drem, sabiendo que lo mas probable era que acabase siendo aniquilado, optó por lanzarse al precipicio que daba al río Hanuka, el cual se encuentra en el Valle Nimura.

 

Amanecía, y Algar se encontraba recolectando larvas de Crisepa para los desayunos de aquella semana. Estos mosquitos gigantes, cuya picadura puede dejar en coma a cualquier mamífero pelón, no significan peligro alguno para la raza de los Cova; su rugosa piel excreta una sustancia viscosa con una feromona que aleja a cualquier vampiro chupador; lo cual, no hace sino salvar la vida del mismo, pues moriría tras la primera succión de la venenosa sangre de sapo.

 

De pronto divisó un cuerpo extraño y peludo en el agua, se acercó al mismo con cautela y descubrió que se trataba de un crío de Pershambal moribundo. Dejó lo que estaba haciendo, se echó el gato al hombro y lo llevó a casa. Puso a Drem en el estanque, arrancó una buena cantidad de hojas y flores del arbolillo procedente del Bosque de los Ancianos y las introdujo en el agua. Cuando el felino recobró el conocimiento, no solo había desaparecido la infección de su cuerpo, sino que ni siquiera había rastro del zarpazo con el que su madre, endemoniada, le había marcado media cara.

 

 

Edgar Zamora Malagón

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