Denuncia sobre el estado del Parque de Mas Miquel de Valls (Tarragona)

Mas Miquel.
Patrimonio Vallense.
Fuente de Naturaleza.

Se nos llena la boca del amor por nuestra tierra pero dichas palabras no son coherentes con estas imágenes.

Lugar de cantos de pájaros que no escucharemos en cualquier otro punto de la localidad.
Entre flora peculiar, árboles más viejos que tu y que yo juntos.

Fuentes con agua de manantial reventadas.
Un estanque sucio que huele a pútrido.
Un vergel lleno de suciedad.
Una zona de picnic  inhabilitada.
Un guarda del parque que ya no está.

No deseamos mas parches en este jardín roto, que laven la cara del ayuntamiento para la foto.

Pedimos un proyecto íntegro y sostenible.
Que se mantenga en el tiempo, respetando la ecología del lugar.
Y que ponga de relieve la educación medioambiental como parte cultural de nuestro pueblo.

Sabemos que es posible y sabemos que en VALLS PODEM.

 

Edgar Zamora Malagón

 

NAHIA (Capítulo VIII)

Nuga no había pegado ojo en toda la noche. Las imágenes proyectadas en su imaginación, relacionadas con lo sucedido a los Ishimi, a su compañero Fu, invadían su mente. En cuanto apareció el primer rayo de sol salió de la cueva, necesitaba un espacio abierto y soledad para respirar, pese al tufo constante, no se estaba tan mal.

Se levantó un poco de viento y tras éste, comenzó a caer una lluvia de flores, pequeñas inflorescencias lilas capaces de despertar a la belleza hasta a la criatura con el corazón más roto. Eso pensaba ella cuando la voz amable e incomprensible de Chap a su espalda la despertó de su leve ensoñación, indicándole que el desayuno estaba listo.

 

El grupo desayunaba junto. Drem, Naga, Lu y los gemelos se perseguían y jugaban alrededor del círculo formado por los adultos, cada uno mostrando sus instintos de caza y supervivencia. El gato se abalanzaba sobre uno de los cachorros mientras el otro ladraba agudamente y las tortugas se escondían en su caparazón a la más mínima muestra de peligro. En otras ocasiones los canes conseguían derribar al gato y lamían su cara mientras éste, asqueado y con las orejas mordidas por los Gryn, intentaba salir del apuro, así una y otra vez.

 

Creta, untando la melaza de Pulgón de Manglar en el pan de algas, comentó que había pasado muchos años visitando diversos clanes con la finalidad de estudiarlos y mantener la salud de sus miembros, asistiendo a partos, curando heridas y previniendo enfermedades. Entre todas las tribus a las que atendió, se encontraba la de los Pershambals de la Montaña Rosada, ahora conocida como la Montaña de los Cadáveres. Mirando a Drem, inmerso en el juego, expresó que con toda claridad éste le parecía uno de ellos. En cuanto Kalan tradujo sus  palabras, Algar asintió, dando a entender que así era.

La Gryn sabía que los felinos de todo el continente estaban sufriendo una especie de infección vírica de procedencia desconocida, que afectaba a su sistema nervioso central, y que aunque no les mataba, infectaba sus cerebros. Los gatos perdían su personalidad y se volvían incapaces de razonar, desarrollando una hiperactividad descomunal que les hacía extremadamente violentos y sanguinarios.

Chap, dirigiéndose al sapo y a Taluya, a quienes había visto actuar paternal y maternalmente con el gatito, pidió que le permitieran explorar su energía y organismo un poco más profundamente que a simple vista, para descartar cualquier posible indicio de enfermedad. Tras mirarse mutuamente accedieron sin reparo y llamaron a Drem para explicarle la situación.  Éste aceptó cabizbajo, pero confiando en ellos.

 

El lince llevaba varios meses conviviendo con Algar. Éste apareció una tarde en su cueva, asustado, cansado y desnutrido. El sapo, que prácticamente acababa de instalarse en el Valle Nimura lo acogió y le dio alimento sin pensarlo dos veces. Sin embargo, en ningún momento durante su convivencia, ni tras la llegada de Taluya y el aprendizaje del lenguaje Nimura, expresó un ápice de su historia de vida. Incluso en los largos días de pesca, cuando Taluya, practicando el nuevo idioma, le preguntaba cómo había llegado allí, quién era su familia y qué había pasado con ellos, el felino hacía caso omiso de esas preguntas y seguía nombrando vegetales y animales de la zona.

 

Chap llevó a Drem a una habitación alumbrada por velas de aceite de Trémula, una planta natural del manglar,  y le pidió que se sentara cómodamente frente a él, que cerrara los ojos y respirara profundamente. Cuando el testudíneo comenzó a observar su campo energético, vio que este se encontraba en perfecto estado. No había ningún tipo de fuerza extraña que estuviera parasitando su organismo y la energía corría con fuerza por su cabeza y extremidades.

Iba a terminar la inspección cuando descubrió un nudo en la corriente energética a la altura del pecho, el cual entorpecía el saludable flujo de sentimientos. Quizás eso era lo que impedía al gato expresar lo vivido y liberar las emociones relacionadas con el aniquilamiento de la coherencia de su clan.

Chap susurró unas palabras incomprensibles, pidiendo a los dioses y a su mismo espíritu que le ayudaran a sacar aquella astilla del corazón del gatito. Lo que estaba a punto de ver le dejaría horrorizado y sin habla.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo VII)

Las Succas les estaban comiendo a todos, excepto a Algar, que disfrutaba dejando la lengua fuera del paladar para que aquellas moscas se posasen sobre la misma y se quedasen pegadas por la saliva para luego zampárselas sin masticar. Las fétidas aguas del Manglar atraían a una gran cantidad de insectos necrófagos. Drem mostraba el instinto felino observando su movimiento en el aire y dando zarpazos en cuanto aterrizaban. A Taluya le sorprendía la impasibilidad de los Gryn frente a aquellos fastidiosos bichos que incluso caminaban por sus ojos, se les metían por los orificios nasales y volvían a salir como si nada.

 

Los Gryn son considerados médicos en todo el continente. Tienen la capacidad de observar con claridad el campo energético de los individuos y de detectar cuando algo no funciona bien en el organismo. Asimismo conocen miles de recetas curativas para paliar un sinnúmero de males.

Mientras Kalan les explicaba lo anterior, Nuga interpeló si sabían algo sobre el paradero de los machos Ishimi.

 

Esta vez el mastodonte hizo de traductor. La familia disfrutaba del atardecer en las podridas aguas cuando observaron como un disco volador bajaba silenciosamente de los cielos a toda velocidad. Aterrizó en una planicie al otro lado del manglar, era negro, plano y no desprendía luz alguna. Los Gryn se alarmaron, Chap, el padre, llamó a sus tres hijos para que volvieran a su lado. Creta, la madre, rodeó a los gemelos con sus brazos, posando sus manos palmípedas sobre sus rostros. Del platillo se abrió una compuerta y de su interior surgió una suave luz azulada de la que salieron una decena de Sufrits que por su pelaje parecían proceder de las Ciénagas Rocosas. Pretendían mantener el sigilo, aunque sus guarridos constantes llamaban la atención de todas las criaturas del manglar. En cuanto los cerdos estuvieron a varios metros de la nave, ésta se elevó hacia lo más alto sin movimiento horizontal alguno, hasta ser prácticamente un punto negro indetectable en el cielo. Cuando los testudíneos vieron que los cerdos entraban en el barro y se acercaban, corrieron a esconderse en su cueva. Les escucharon pasar muy cerca sin detenerse, atentos, hasta que sus ronquidos llegaron a ser imperceptibles.

Horas más tarde, cuando ya había caído la noche y los pequeños dormían, Chap, Creta y el hijo mayor, Growy, volvieron a escuchar los sonidos característicos de los Sufrits, de retorno, ésta vez con pasos más pesados. El joven, desobedeciendo a sus progenitores, se acercó a la salida de la cueva, tumbado sobre el suelo fangoso, con la cabeza y las extremidades encogidas en el interior del caparazón. Pudo ver lo que el reflejo lunar le permitió. Llevaban perros en sacos de rejilla colgados al hombro. No sabía si estaban muertos o inconscientes pero no detectó movimiento alguno. Los gorrinos, con el pecho inflado de satisfacción iban acompañados por un Ishimi joven y escuálido con apariencia triste. Growy se arrastró un poco más, parándose en seco cuando el can pareció detectar su presencia. El corazón le iba a mil por hora y sin embargo, Trog desvió su mirada hacia el Sufrit que caminaba a su lado, preguntándole algo incomprensible para la tortuga.

La nave volvió a aterrizar tal como lo había hecho anteriormente, entraron en ella y poco después desapareció en las alturas. Desde entonces no volvieron a saber de ellos.

 

Que Trog fuera un traidor no le entraba en la cabeza a la cánida. Pensó en la posibilidad de que estuviera siendo extorsionado con su esposa y sus padres como rehenes. El compromiso y el honor de un Ishimi para con su clan es generalmente irrompible, pero a ese precio ¿Quién no pasaría por alto la voz de su espíritu y se vendería a los mismísimos demonios? Sin embargo, esas criaturas eran cuanto menos idiotas ¿por qué no avisó al grupo y acabaron con ellos antes de que nada de esto sucediera? ¿Y esa nave? Aquellos cerdos no eran de ninguna manera virtuosos en tecnología. ¿Y para qué se llevaron a los perros?

Nuga lo había decidido, si los dichosos Sufrits procedían de las Ciénagas Rocosas, la única posibilidad de conocer algo más sobre el paradero de los machos Ishimi era dirigirse hacia dicho lugar. Se propuso seguir el camino a la mañana siguiente, sin embargo, los Gryn pidieron al grupo que se tomaran algunos días más de descanso para recuperar energía. El trayecto sería largo y dificultoso. Todos estuvieron de acuerdo y la perra tuvo que aceptar a regañadientes, pues sabía la bendición que sus amigos representaban.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo VI)

El mundo de Nahia se compone de cuatro continentes. Saura, situado a la izquierda en los mapas. Vera, conocida como la tierra del este. Shen, que se encuentra en la parte superior del planeta. Y Mirlowe, el sur del globo. Tiene cuatro estaciones de tres meses cada una, meses de dieciocho amaneceres y semanas de seis días compuestos por treinta y seis horas.

 

Ya era primavera en todo el continente Saura y habían pasado más de cuarenta días desde la desaparición de Fu. Nuestros amigos partieron al alba montando un ciempiés de la especie Numis, guiado por Kalan, en el que sobraba espacio para otro grupo de otros seis miembros o más. Iban bien equipados, tenían comida para un mes, medicinas y algunas armas básicas de supervivencia.

 

Tras la apariencia atemorizante de Kalan, se escondía un tipo simpático y parlanchín. Se pasó horas hablando sobre su clan, sus siete hijos y su esposa. Hablaba catorce lenguas, entre ellas la del Valle Nimura, aunque con un acento extraño que dificultaba aún más su comprensión por parte de Taluya, Algar y Drem. Nuga iba repitiendo sus palabras lentamente y ellos se esforzaban por entender. El sapo, que sonreía excesivamente con apariencia incómoda, no se enteraba de nada más que del afecto natural transmitido por sus camaradas.

 

La cánida deseaba pasar por cada una de las madrigueras de los Ishimi que acompañaron a Fu, quería volver a ver a las familias de su raza pero sobretodo recabar alguna pista, por pequeña que fuera, sobre el paradero de los varones, que Kalan y los otros Kinar hubieran pasado por alto. Entraban en aquellos hogares y eran recibidos con lágrimas en los ojos. Todas las madres, compañeras e hijos sabían exactamente lo mismo que Nuga, nada.

La última guarida era la de Trog. Estaba vacía. Ni su madre, ni sus hermanas, ni su joven esposa embarazada, se encontraban allí. Todo aquello era muy extraño, aunque cabía la posibilidad de que la familia también saliera en busca del querido can, Varla, la perra gestante, debía guardar reposo en sus últimas semanas de embarazo.

 

Siguieron la senda marcada hasta llegar al Manglar Rimbau. Atardecía y se sentían cansados, sin embargo, el Numis, que había guardado el olor de los Ishimi, se impacientó, parecía haber detectado algo, así que antes de parar, decidieron seguir con la búsqueda un poco más.

Los anaranjados exoesqueletos de los Girita, cubiertos por heces de aves carroñeras, llamaban la atención a lo lejos. El grupo se bajó del ciempiés y Kalan le ordenó que se mantuviera pasivo en la zona. Taluya, la rastreadora, no tardó en dar con el cuerpo podrido y medio devorado de uno de los perros. Nuga se echó a llorar pensando en la posibilidad de que ese cadáver fuera el de su compañero. Sus hijos, asustados por la reacción de la madre, gemían y se aferraban fuertemente a ella.

 

Enterraron al viejo Migun, la cánida lo reconoció por el pelaje canoso que aún quedaba en los restos y por los muchos dientes que faltaban en su dentadura. Aliviada por un instante, con el corazón en la mano y un gran pesar, dirigió unas plegarias a los Dioses de los Ishimi y suplicó su ayuda para encontrar a Fu y al resto de camaradas con vida. Los demás se mantuvieron en silencio y colaboradores.

 

Ya era de noche, así que se dirigieron al manglar, Kalan sabía que allí habitaba una familia de Gryn, seres reptiles que viven en cuevas de barro húmedo, conocidos por su gentileza y amabilidad, que probablemente les darían cobijo.

El mastodonte se acercó al hogar de una de las familias que solía comerciar con los Kinar y saludó en otro idioma extraño. De la profundidad, tras un largo silencio, una pequeña tortuga bípeda se abalanzó sobre él. Frente a la primera impresión hostil que recibió el grupo, las risas y los abrazos del grandullón les dieron a entender que eran bienvenidos.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo V)

Fu salió de madrugada hacia Malitú tras recibir el aviso de peligro la tarde del día anterior. Se despidió de Nuga y de sus hijos emocionado pero de manera positiva y procurando mostrar despreocupación. Era un guerrero, su familia lo sabía y la misión no parecía ni de lejos la más peligrosa de su vida.

Colocó la montura en su Girita, y lo montó. Este es un crustáceo de grandes dimensiones, rápido y dócil con quien le alimenta; con una armadura natural de Keratina que recubre todo su cuerpo, ocho patas articuladas y dos potentes brazos en forma de pinza dentada.

Aunque era invierno, la playa apenas estaba a tres días y medio de camino, y se conocía el sendero perfectamente. Así que llevaba los víveres justos, varias tiras de Mimbu desecadas, cereales, algunas piezas de fruta en almíbar y agua. Su denso pelaje invernal le protegería del frío, por lo que eso no le preocupaba.

 

Debía encontrarse con once machos Ishimi a lo largo de su ruta. El día de su partida se reunió con tres de los miembros de su clan y al anochecer durmieron en la madriguera de uno de ellos. Tras una cena deliciosa y abundante, cantaron canciones de victoria y rememoraron viejas batallas con las que rieron y lloraron mientras tomaban Panrali, un licor incoloro destilado, extraído de los frutos de un árbol con propiedades narcóticas, que relaja y aviva recuerdos olvidados.

El segundo día ya eran siete, y al atardecer del tercero ya estaban todos juntos. Les quedaba un corto trayecto hasta Malitú, así que decidieron acampar en una pequeña planicie seca cercana al Manglar Rimbau.

La noche era fría y tranquila, la estación invernal permitía disfrutar del silencio, eventualmente roto por el traqueteo de las  pinzas de los Girita y el crispar de la hoguera. Los  Ishimi se mostraban serenos y somnolientos, a excepción de Trog,  que si bien se esforzaba por parecer sosegado, su forma de remover las ascuas con un palo demostraba cierto nerviosismo, algo que llamó la atención del resto del grupo. Los chicos hicieron alguna que otra broma sobre su valía y juventud, pues era el varón adulto más joven del clan y todavía no había protagonizado batalla alguna. El chaval, aparentemente impasible frente a las risas de sus compañeros, se ofreció voluntario para hacer la primera guardia, necesaria, teniendo en cuenta que su poderoso olfato les advertía de la cercanía de lo que probablemente fuera un campamento de Sufrits. Ninguno tuvo inconveniente, el sueño pesaba y ya todos estaban tumbados.

 

Los Sufrits son seres hostiles de fuerza desmesurada y temperamento violento. Con capacidades psicoemocionales muy básicas,  que si bien lograron algún poderío en las Ciénagas Rocosas del sur de Nahia, siempre fueron rechazados por las criaturas benévolas de cualquier entorno en el que se encontrasen. Caminan erguidos y se comunican con gruñidos. Su cabeza es grande y alargada y en ella destacan unos ojos muy pequeños. Sus brazos son largos y fuertes, sus piernas cortas y acabadas en pezuñas, de torso rechoncho y una diminuta cola en espiral, con una crin que recorre su lomo y que se encrespa cuando se encolerizan.

 

Todos dormían, todos menos Trog. Aquel chaval no estaba nervioso por la posible batalla que les esperaba al día siguiente. En cuanto se apagó la última brasa de la hoguera y los ronquidos perrunos comenzaron a entonarse cual sinfonía, este se levantó sigilosamente y caminó hacia el Manglar. Allí le esperaban una veintena de esos proscritos cerdos fortachones. Comparados con los Ishimi, los Sufrits eran gigantes. Portaban redes metálicas y porras punzantes.

Si los cánidos hubieran estado despiertos podrían haberse defendido e incluso haberles hecho frente con éxito. Pero aquella noche, Trog añadió polvo de raíz de Musca, un fuerte sedante natural, al licor de Panrali que les quedaba, el cual todos bebieron y del que no dejaron ni una sola gota.

Rápida y silenciosamente anduvieron hacia el campamento, vieron que el traidor había cumplido su misión y gruñeron conjuntamente a modo de satisfacción. Los metieron uno por uno en las redes de metal, y aplastaron de un porrazo el cráneo del más viejo para hacerle entender a Trog lo que le pasaría si se echaba atrás en su trato. El joven can se quedó paralizado, con los ojos como lunas, contemplando los sesos de su compañero esparcidos por el suelo.

Al amanecer, allí solo quedaba el cuerpo de un Ishimi y tres Giritas con el caparazón resquebrajado, que probablemente se habían resistido a ser llevados por jabalíes.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo IV)

Nuga había llegado a un acuerdo con Algar, Taluya y Drem. Ésta les enseñaría el lenguaje del Valle Nimura siempre y cuando ellos le proporcionasen a su familia peces Mimbu durante todo el tiempo que durase la enseñanza. Los tres accedieron sin pensárselo dos veces, la reptil y el gato con mucha más emoción que el sapo, pues iba a ser la excusa perfecta para no volver a probar las vomitivas huevas de babosa, ni las larvas de escarabajos Karnis, que saben igual que huelen y que se alimentan de las heces de otros seres, las cuales, Algar criaba en su jardín bajo un montón de estiércol y se las ofrecía a sus huéspedes con ilusión.

 

Taluya y Drem no tardaron en vincular afectivamente gracias a sus salidas al lago Gueida, en cuyo fondo se encontraban los peces Mimbu, aplanados, con largos bigotes y ojos saltones que recordaban a los de Algar. Aunque recelosos al principio, debido a su desagradable primer encuentro, ambos necesitaban amar y ser amados, pues a ninguno le quedaba otra familia. Se divertían compitiendo por ver quién era capaz de enumerar la mayor cantidad de nombres de plantas y animales en el lenguaje que estudiaban, mientras que Algar, el único buceador del grupo, y quien tenía mayores problemas para aprenderse las palabras, pescaba.

 

El lago Gueida se encuentra en el centro del valle, y es la zona más concurrida del lugar. Con suficiente agua para abastecer a todas las criaturas, es rico en fauna y flora de todo tipo.

 

En una tarde tranquila, de buena pesca, mientras llegaban a la madriguera de la familia Ishimi, vieron a un Kinar en la entrada conversando con Nuga. Naga y Lu se escondían tras ella. Lo cierto es que aquel enorme mamífero semi acuático, de piel azulada y viscosa, espalda musculosa, barrigón, de morro prominente y largos dientes que sobresalían de su boca, impresionaba a cualquiera. Pero no era por su presencia que la cánida se mostraba tensa y sobresaltada, ni lo que hacía que sus crías se agarraran tan fuertemente a sus patas. Kalan, que es como se llamaba aquel mastodonte marino, era un buen amigo de la familia y traía malas noticias.

 

Fu, el compañero de vida de Nuga y padre de sus cachorros, que había partido durante el invierno pasado hacia la costa de Malitú, lugar de residencia del clan Kinar, con la intención de unirse por el camino con otros machos Ishimi para ayudar a combatir a una manada de sanguinarios invasores, nunca llegó a su destino. Ni él ni el resto de perros aparecieron en la aldea en la fecha acordada. Gracias a los Dioses, los Kinar, queridos y apoyados  por muchas otras criaturas, vencieron en la guerra. Lo cierto es que les había resultado muy fácil. Aunque los primeros ataques enemigos les cogieron por sorpresa, pocos días después los saqueadores abandonaron la costa pacíficamente. Todos creyeron que les habían superado en número y que por ello se echaron atrás.

 

Cuando hubo terminado la celebración, tres machos Kinar se dirigieron a las doce madrigueras de los Ishimi, a quienes habían mandado aves marinas con pequeñas cartas de socorro e instrucciones para reunirse atadas a sus patas. Kalan y sus compañeros no tardaron en darse cuenta de que el mensaje había sido recibido y que todos los perros habían partido en su ayuda.

 

La cánida estaba destrozada, sabía que su varón podría haber muerto en batalla, y que eso habría sido doloroso, pero que desapareciera sin más… tal cosa no la iba a dejar dormir en mucho tiempo. Aquella noche cenaron todos juntos a la luz de las lunas y de las estrellas. Nuga, que era la única que conocía el sendero exacto que había trazado Fu para llegar a Malitú, estaba decidida a  salir en su busca a la mañana siguiente. Taluya, que ya comprendía la mayor parte de las conversaciones ajenas en el lenguaje Nimura, se propuso acompañarla, no iba a permitir que aquellos pequeños cachorros pasaran hambre y frío por el camino, y mucho menos que se quedaran huérfanos, tanto de padre como de madre. Drem, pudo hacerle entender a Algar la situación, y ambos se unieron a la misión. Al fin y al cabo, los tres eran ya una familia y deseaban mantenerse unidos.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo III)

Algar escuchó un fuerte maullido de auxilio no muy lejano, aceleró los saltos, extendió los brazos  y se dejó caer en la misma entrada a su cueva.

 

Al encontrarse con Taluya la percibió alterada y recelosa. Rápidamente entró en la habitación y al ver que el gatito no estaba se le encogió el corazón, posó su mirada sobre las piedras con las que Drem solía jugar y las cogió con ambas manos. De fondo, ella le gritaba con cara de enfado sonidos incomprensibles con violentos gestos que apuntaron a la habitación, a su mano y luego al seto frente a la entrada. No sin prudencia, el sapo se le acercó y respirando profundamente,  soltando el aire de forma lenta por la boca, con sus manos empujando la nada hacia abajo, trató de tranquilizarla. Sus ojos debieron de transmitir la franqueza que ella necesitaba, porque al verse reflejada en los mismos, quiso entenderle con la sensibilidad que había perdido durante unos minutos, recordando que no seguiría viva sin su ayuda. Taluya comprendió que se había equivocado, a la par que Algar se hacía una imagen mental del posible suceso.

 

El sapo corrió hacia afuera, saltando los arbustos y mirando en todas direcciones; no detectó su presencia.  La reptil, proveniente de un clan de hembras cazadoras, había sido instruida en el rastreo desde muy pequeña, así que se puso a mirar la hierba en busca de marcas y huellas. Algar, con leve fascinación, la siguió. No tardaron mucho en dar con la obertura de la madriguera, con marcas de zarpas que se arrastraban hacia el interior. Él cabía por el agujero,  pero mirándose con complicidad, supieron que el tamaño de Taluya la obligaba a quedarse fuera.

 

Estaba a punto de atravesar el cuello de ese cachorro Pershambal con sus colmillos cuando éste se puso a llorar. Aquellos felinos carroñeros, conocidos como  limpiadores del medio y respetados por su naturaleza seria y serena, fueron infectados por un virus que les convertía en hiperactivas criaturas maníacas, violentas y despreciables, que no desaprovechaban la ocasión de atacar en grupo a cualquier ser que se les pasara por delante. Nuga, que no iba a permitir que un carnicero sin conciencia acabara con la vida de sus dos crías, vaciló, soltó la musculatura del delgado cuello de Drem y lo agarró por el pellejo con una de sus patas. Volteándolo para verle la cara, reconoció a un gato sano, como los de antes.

 

Algar, ya en el interior de la oscura madriguera, vociferó el nombre del gatito con su voz gutural varias veces, tras ello vio aparecer una silueta al fondo de la cueva subterránea. Se maldecía a si mismo por no haber aprendido ya el lenguaje común al Valle Nimura, aunque lo cierto es que llevaba relativamente poco tiempo en aquellas tierras. De todas formas siguió avanzando, balbuceando palabras mal pronunciadas con la intención de presentarse pacíficamente. A medida que se acercaba y que sus pupilas se acostumbraban a la oscuridad, la sombra frente a él se fue transformando en lo que parecía un Ishimi, una raza de seres cánidos, pardos y semi bípedos, con una mandíbula capaz de cortar el tronco de un árbol mediano de un mordisco. Cuando el sapo se acercó lo suficiente, la perra se echó a un lado, dejando ver detrás de ella a tres infantes jugando a mordisquearse las orejas, Naga, Lu y Drem. Con los ojos humedecidos sonrió tiernamente, y mirando de nuevo a Nuga, movió la cabeza a modo de disculpa y agradecimiento.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo II)

La mañana era radiante, la viva vegetación que rodeaba el hogar de Algar transmitía la alegría provocada por los rayos del sol tras la lluvia nocturna. Aquel entorno, junto al cuidado paternal del sapo alado que la salvó de una muerte aterradora, brindaba a Taluya la paz que necesitaba. Su condición física volvía a ser extraordinaria, apenas quedaba rastro de cicatrices en su cuerpo y su cola volvía a crecer.

 

Mirando la charca en la que había estado sumergida el día anterior, recordó una de las  leyendas que las ancianas de su clan le contaban cuando apenas era una lagartija. Hablaban de un bosque de gigantescos árboles de follaje blanco, inflorescencias negras y corteza palpitante. Lo llamaban El Bosque de los Ancianos, situado al Norte de Nahia. Decían que la savia de dichos árboles sanaba de cualquier enfermedad a los individuos que la bebían y que rejuvenecía órganos y tejidos. Nadie sabía con exactitud su paradero y sin embargo, aquel cabezón de pupilas dilatadas poseía uno de esos ejemplares. Un joven arbolillo, ahora deshojado, que crecía en una maceta al resguardo del viento.

 

Taluya paseaba por el vergel próximo a la cueva cuando Algar se le acercó y sin necesidad de interacción verbal le transmitió que iba a buscar comida. Ella hizo amago de querer ir con él, pero con unos pocos gestos y una sonrisa de su bocaza desdentada, le dio a entender que siguiera descansando.

 

No había pasado mucho tiempo cuando escuchó un ruido chasqueante que provenía del hogar. Entró  para ver de qué se trataba y se percató de que dicho sonido se originaba justo detrás de una sábana de seda colgada, la cual separaba una habitación de otra. Al acercarse el chasqueo paró y una diminuta sombra se movió con rapidez. Taluya corrió la cortina nerviosamente, e inspeccionando la oscura sala le pareció ver a un pequeño ser parado junto a un armario. Sus sollozos le dieron a entender que estaba asustado, así que a pesar de su intranquilidad, le llamó con ternura mientras se acercaba cautelosamente. De repente, el lloriqueo infantil pasó a ser un agudo gruñido que le recordó a la traumática persecución de los Pershambals. Taluya se asustó, silbó y en posición defensiva se dispuso a matar al gato, el cual se abalanzó contra ella mordiéndole en la mano, para salir corriendo hacia los setos frente al hogar, en los que desapareció.

 

La leve mordedura ni siquiera había traspasado su resistente piel. Era evidente que aquel ser se trataba de un odioso felino, pero por su tamaño y fuerza, debía de ser tan solo un infante. Esperaba desconcertada, intranquila y desconfiando de las buenas intenciones del sapo. Tan solo habían pasado unos instantes de aquel suceso, cuando escuchó un fuerte gruñido de auxilio proveniente del terreno cercano a la cueva.

 

Algar estaba llenando un saco de huevas de Orpa, grandes babosas terrestres que viven en zonas húmedas y ricas en  materia biológica en descomposición. Pensó que aquellas esferas rellenas de dulzona papilla amarillenta serían de agrado para sus dos huéspedes, Drem y Taluya.

 

Estaba preocupado, no disponía de una forma efectiva para comunicarse con ellos, todavía no les había presentado y no sabía cómo iban a reaccionar. Aunque salió de recolección muy temprano y el joven Drem solía dormir hasta tarde, era posible que por alguna casualidad el encuentro se efectuara sin su presencia mediadora. Así que cuando tuvo suficientes huevas se dirigió al hogar con rapidez, saltando de una rama a otra y echando a volar en cada claro del bosque. Tenía un mal presentimiento.

 

Con el corazón a cien por hora y todavía traumatizado por la visión de los miembros de su clan convertidos en monstruos sin conciencia, Drem se escondía en la apertura de una madriguera subterránea. Con su sagaz vista puesta en la cueva, deseaba ver llegar a Algar en cualquier momento. Con lágrimas en los ojos se repetía a si mismo que no había querido hacer daño a aquella reptiloide. De pronto, y sin poder reaccionar, algo le agarró una de sus patas traseras, tirando de él y arrastrándole hacia las profundidades de aquel hondo agujero. Aterrado, tan solo pudo gritar el nombre de Algar antes de dejar de ver la luz del sol.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo I)

Todavía no había amanecido y Algar saltaba de un árbol a otro del Valle Nimura. Iba detrás de un grupo de Skirlas, polillas luminiscentes, grandes y muy jugosas. Se estaba acercando a la Montaña de los Cadáveres cuando cazó a una de esas mariposas regordetas, y mientras estrujaba su abdomen con ambas manos y succionaba el dulce líquido de sus entrañas por el ano, escuchó los salvajes gruñidos de los Pershambals, seguramente detrás de alguna presa.

 

El sapo se acercó un poco más para ver lo que perseguían aquellos pequeños felinos descerebrados. Era un ser reptil, que les superaba en tamaño y agilidad; a juzgar por sus prominentes y tersos senos, probablemente se trataba de una joven hembra. Ella corría por salvar su vida, pero eran muchos y se le tiraban a las extremidades con zarpas y dientes infecciosos. En un segundo, uno de los Pershambals se lanzó a su larga cola, ella siguió corriendo, arrastrando a aquel mal bicho del que no conseguía desprenderse.

 

Algar saltó desde la copa de un alto árbol, extendió los brazos, dejando ver unas amplias membranas que utilizaba para deslizarse en el aire. Cuando se encontró justo encima de aquellos dos se dejó caer, sacó de su espalda lo que parecía un afilado machete y cortó la cola de aquella reptiloide. Ésta se desprendió con el gato aun agarrado y en un segundo se le abalanzaron el resto de criaturas, más rabiosas y enloquecidas aun por la sangre fresca.

 

La reptil se desmayó y por la velocidad que había llevado comenzó a rodar saliéndose del sendero y cayendo por el desfiladero de la montaña. Algar se apresuró a ayudarla, cuando llegó a su posición el cuerpo ya estaba abajo y aunque parecía inerte todavía respiraba.

 

Ya era de día, Algar pudo ver con claridad sus magulladuras, estas la hacían tan visible para los depredadores que iba a resultar un milagro que no se la comieran. Si bien, la sangre, que había brotado de los mordiscos y zarpazos en brazos y piernas, impregnaba buena parte de sus blancas y duras escamas, ninguna de las heridas parecía profunda. No se iba a desangrar pero las bacterias de los dientes y garras de los Pershambals ya la habían infectado; Algar lo sabía, tenía fiebre y su respiración era muy débil. En pocas horas ya no podría moverse, sus pulmones se encharcarían y moriría asfixiada con intensos dolores; no podía dejarla allí.

 

Pesaba mucho como para dirigirse a su hogar saltando de árbol en árbol, tendría que caminar algunos quilómetros con ella a cuestas, así que la cogió de los pies, miró al cielo, rezó a sus Dioses para que le ayudaran a salvarle la vida y se puso en camino.

 

La joven volvió en sí durante unos instantes; vio que estaba siendo arrastrada por un Cova. Pese a la diferencia de tamaño, este disponía de grandes manos con largos dedos para sujetar sus tobillos. Dolorida e incapaz de mover las piernas, gritó una serie de improperios a la par que pedía que la soltara. El Cova, pese a no hablar su misma lengua, comprendió perfectamente el significado de esas voces y gestos, giró su desproporcionada cabeza, la miró de reojo con sus enormes ojos de pupilas dilatadas, sonrió y siguió caminando. Ella estaba muy débil y gastó sus pocas fuerzas en forcejear inútilmente, por lo que volvió a perder el conocimiento.

 

Cuando Taluya despertó tenía el cuerpo sumergido en una charca de agua gelatinosa, en cuya superficie flotaban pequeñas florecillas negras y hojas secas de un color tan blanco como sus escamas. Débil, seguía sin poder mover la parte inferior de su cuerpo, pero se percató de que las heridas de sus brazos se estaban cerrando.

 

Algar llegó con un vaso de madera, se alegró al ver que ya había despertado y amablemente se lo ofreció. No se entendían verbalmente pero los graciosos gestos que él hacía le dieron a entender a Taluya que aquella bebida le ayudaría a recuperarse. Recelosa, pero sin poder salir de allí y obligada a confiar en aquel delgado y cabezón sapo azul, tomó un sorbo del líquido más amargo y asqueroso que había probado en su vida. Algar insistió en que se lo bebiera todo, mientras posaba la mano en su frente para comprobar que la fiebre había descendido.

 

Edgar Zamora Malagón
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CUENTOS POPULARES Y PARÁBOLAS PARA LA PAZ

EL GATO ATADO AL POSTE:

 

Hace mucho tiempo, en un famoso poblado de la antigüedad, cierto gurú solía reunir a sus discípulos todas las mañanas en un espacio al aire libre para meditar. Un gato, que también pertenecía a la comunidad, solía pasearse por la zona en plena práctica, para gran distracción de los meditadores. Así que el maestro pidió que cada mañana antes de la meditación se atara el gato a un poste para que no perturbara a los practicantes. Pasó el tiempo y tanto el gato como el gurú fallecieron. La comunidad, mientras tanto, seguía con sus prácticas de meditación; sin embargo, los miembros mayores de la comunidad recordaban que el venerado maestro había pedido que antes de la meditación se atase un gato al poste. Es por ello que los miembros de la Sangha querían encontrar un gato para atarlo, de manera que las instrucciones del gurú pudiesen continuar. Obviamente, la forma se tragó al contenido práctico del propósito original que tuvo el maestro espiritual.

GATO TATUADO (Kazuaki Horitomo)

 

EL PESCADOR AHOGADO:

 

Había una vez un hombre muy devoto que creía ciegamente en Dios. Este era un pescador que salía a pescar incluso en los días de tormenta, ya que su fe le decía que no debía temer, puesto que Dios siempre estaría ahí para ayudarlo en cualquier circunstancia. Un día de tormenta su barco naufragó y poco a poco se empezó a hundir. Al ver que su barco se hundía, el hombre, rogando desesperadamente le pidió ayuda a Dios, sin embargo, por más que se esforzaba no le veía. En un primer instante, pasó una lancha cerca de él y una persona le lanzó un salvavidas gritándole que se cogiera al mismo para que pudiera salvarle. Sin embargo, el hombre contestó “No, no necesito de tu ayuda, Dios me salvará” y la lancha se alejó perdiéndose de vista. Poco a poco su barco se iba hundiendo más, y el hombre seguía pidiendo con desespero la ayuda de Dios. De repente divisó una luz cercana, se trataba de un enorme barco de la marina. Estos le aventaron una escalera de cuerda y le dijeron que se sujetara bien a la misma para  que pudiera ser salvado. El pescador, nuevamente contestó “No, no necesito vuestra ayuda, Dios me salvará”. Ellos insistieron pero, como la tormenta arreciaba, se alejaron. Del barco del pescador, solamente quedaba sobre el agua el mástil. El hombre, agarrado a él, clamaba en sus últimos alientos por la ayuda de Dios. En su desesperación, alcanzó a ver otra luz en el cielo; se trataba de un helicóptero de salvación. Desde este le lanzaron una cuerda y le gritaron que se agarrara bien para que le pudieran salvar. Sin embargo, el hombre volvió a responder “No, no necesito de su ayuda, Dios me salvará. El helicóptero se alejó, dejando al hombre en su soledad y desesperación, el cual murió ahogado.  Este caminó hacia el cielo para encontrarse con Dios. Lo primero que hizo al encontrarse con él fue reclamarle “Señor, ¿qué me hiciste? Toda una vida de obediencia, de fe y de entrega, siempre te respeté, me aparté del mal, me arrepentí de mis pecados y así es como me lo pagas… ¿por qué no me salvaste? Te rogué, te supliqué que me sacaras de aquella situación y ahora mírame, estoy muerto, necesito una explicación”. Dios le respondió, “Yo nunca abandono a mis hijos, ¿recuerdas la lancha que te lanzó un salvavidas?, ese era yo ayudándote, ¿recuerdas el barco que te lanzó una escalera?, ese también era yo, ¿recuerdas el helicóptero que te lanzó una cuerda y te pidió que te agarraras fuertemente? Ese era yo ayudándote. Te di tres oportunidades y tú decidiste no tomar ninguna, yo siempre estuve cerca de ti para ayudarte, pero estaba en ti reconocer las oportunidades y aprovecharlas. Contra tu decisión y confusión, yo nada puedo hacer. El hombre, avergonzado, pidió perdón y dijo “Tus respuestas y tu ayuda no siempre se manifiestan como uno se lo imagina, pero siempre están ahí”.

UN NAUFRAGIO EN LAS COSTAS DE ASTURIAS (Monleón y Torres, Rafael)

 

EL HIJO PRÓDIGO:

 

Había una vez un hombre rico y bueno que tenía dos hijos, el mayor era trabajador y obediente, mientras que el menor todo lo contrario, vago e irresponsable. El menor pidió a su padre su herencia, éste se la dio y el hijo se marchó a viajar por el mundo. Gastó el dinero muy pronto en diversión, drogas, bebida y prostitutas. Cuando no le quedó nada, la comida comenzó a faltarle, como nunca quiso estudiar, solo pudo optar por un trabajo de cuidador de cerdos, el salario era mínimo y siempre estaba hambriento. En el colmo de la pena, se acordó de aquellas cenas que su padre servía a sus siervos. Avergonzado, volvió a casa, y le dijo a su padre, “No merezco ser tu hijo. Trátame como a un esclavo a cambio de algo para comer.” El padre lo hizo callar, lo vistió con un vestido de la mejor calidad y lo colmó de joyas, mató su mejor ternero e hizo una fiesta de celebración y bienvenida,  la cual estaba llena de manjares y de buena música. Cuando el hermano mayor, que regresaba de trabajar arduamente en el campo, vio que todo el mundo danzaba,  se enfadó porque el padre había perdonado al pequeño y estaba alegre porque su hijo había regresado sano y salvo. Así que no quería entrar en el hogar. El padre salió y le rogó que entrase, pero él, respondiendo a su padre dijo: “Hace tantos años que te sirvo, no he desobedecido jamás tu mandamiento, y nunca me has dado ni un cabrito para alegrarme con mis amigos, pero cuando éste, tu hijo menor, el cual ha consumido tus bienes con rameras, ha vuelto, has hecho matar para él el mejor ternero”.  El padre entonces respondió “Hijo, tu siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas, pero era menester hacer fiesta y regocijarnos, porque tu hermano estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido hallado”.

EL RETORNO DEL HIJO PRÓDIGO (Rembrandt)

 

LA VACA:

 

Érase una vez un maestro espiritual que junto con su discípulo, salió del monasterio de madrugada a predicar y a pedir limosna, y así pasaron el día. Al caer la noche, se encontraban en una aldea, en la que pidieron alojamiento en la casa más pobre y arruinada que se pueda imaginar. El discípulo pensaba que su maestro se había vuelto loco. Pero para su sorpresa, la familia, que les había acogido con los brazos abiertos, tenía una vaca y pudieron ofrecerles un tazón de leche. Esa vaca vivía en la mejor habitación, y era cuidada a cuerpo de rey. Toda la familia, con lo pobre que era, estaba muy pendiente de la vaca, pues todos tenían muy claro que sin ella no podrían subsistir. Esa misma noche, antes de que saliera el sol y cuando todo el mundo estaba durmiendo, el maestro despertó al discípulo, le entregó un cuchillo, y le pidió que fuera donde estaba la vaca y que la degollara. El discípulo volvió a pensar que su maestro se había vuelto completamente loco, pero como había hecho voto de obediencia no dijo nada, siguió sus instrucciones y mató a la vaca. Ambos se marcharon de madrugada, pues ya se habían despedido de la familia la noche anterior. Siguieron con su larga predicación,  pasaron un par de años, ya habían vuelto al monasterio, cuando un día cualquiera el maestro le pidió al discípulo que volviera al hogar donde había matado a la vaca, que le dijera a la familia que se encontraba predicando y les pidiera alojamiento por una noche. También le rogó que tras ello volviera al monasterio y le contara lo que había visto. El discípulo con dudas sobre si la familia aun existiría y la casa seguiría en pie, pues sin la vaca parecía que aquel hogar se iba a hundir y se iban a morir todos de hambre,  se puso en camino. Cuando el discípulo llegó al lugar donde estaba la casa, se encontró con una mansión, rodeada de campos cultivados y de animales de granja, con coches de caballos en la puerta y paredes de mármol. El discípulo dudaba de que aquello perteneciera a la misma familia que conoció años atrás. Llamó a la puerta, se identificó, y efectivamente se trataba de la misma familia; todos se pusieron muy contentos al verle.  Le explicaron que se habían acordado mucho de él y de su maestro, y que justo en la noche en que ellos estuvieron ahí, alguien les mató la vaca. El discípulo preguntó: “Si vosotros dependíais de aquella vaca ¿cómo habéis logrado todo esto?” Entonces el cabeza de familia le respondió: “Como bien dices, nosotros dependíamos de aquella vaca, y no queríamos soltarla bajo ningún concepto, pero cuando la vaca murió, evidentemente tuvimos que dejarla ir. Entonces nos reunimos y nos preguntamos qué hacer, nos dimos cuenta que lamentarnos o buscar culpables no nos daría de comer, por lo que comenzamos a organizarnos y a tener nuevas ideas. Uno de mis hijos se fue a trabajar a unas tierras cercanas, y otro trabajó a cambio de unas semillas, mi hija y mi mujer cosieron y lavaron ropa para otras familias, de esta manera pudimos sembrar un campo y comprar una gallina. Así comenzó nuestra prosperidad,  toda la familia colaboró y pudimos salir adelante, pasando de la escasez a la abundancia”.

LA VACA AMARILLA (Franz Marc)

 

* Cuentos y parábolas populares y anónimas escuchados y/o leídos de diferentes autores. Transcritos en un lenguaje personalizado. 

 

Edgar Zamora Malagón