NAHIA (Capítulo II)

La mañana era radiante, la viva vegetación que rodeaba el hogar de Algar transmitía la alegría provocada por los rayos del sol tras la lluvia nocturna. Aquel entorno, junto al cuidado paternal del sapo alado que la salvó de una muerte aterradora, brindaba a Taluya la paz que necesitaba. Su condición física volvía a ser extraordinaria, apenas quedaba rastro de cicatrices en su cuerpo y su cola volvía a crecer.

 

Mirando la charca en la que había estado sumergida el día anterior, recordó una de las  leyendas que las ancianas de su clan le contaban cuando apenas era una lagartija. Hablaban de un bosque de gigantescos árboles de follaje blanco, inflorescencias negras y corteza palpitante. Lo llamaban El Bosque de los Ancianos, situado al Norte de Nahia. Decían que la savia de dichos árboles sanaba de cualquier enfermedad a los individuos que la bebían y que rejuvenecía órganos y tejidos. Nadie sabía con exactitud su paradero y sin embargo, aquel cabezón de pupilas dilatadas poseía uno de esos ejemplares. Un joven arbolillo, ahora deshojado, que crecía en una maceta al resguardo del viento.

 

Taluya paseaba por el vergel próximo a la cueva cuando Algar se le acercó y sin necesidad de interacción verbal le transmitió que iba a buscar comida. Ella hizo amago de querer ir con él, pero con unos pocos gestos y una sonrisa de su bocaza desdentada, le dio a entender que siguiera descansando.

 

No había pasado mucho tiempo cuando escuchó un ruido chasqueante que provenía del hogar. Entró  para ver de qué se trataba y se percató de que dicho sonido se originaba justo detrás de una sábana de seda colgada, la cual separaba una habitación de otra. Al acercarse el chasqueo paró y una diminuta sombra se movió con rapidez. Taluya corrió la cortina nerviosamente, e inspeccionando la oscura sala le pareció ver a un pequeño ser parado junto a un armario. Sus sollozos le dieron a entender que estaba asustado, así que a pesar de su intranquilidad, le llamó con ternura mientras se acercaba cautelosamente. De repente, el lloriqueo infantil pasó a ser un agudo gruñido que le recordó a la traumática persecución de los Pershambals. Taluya se asustó, silbó y en posición defensiva se dispuso a matar al gato, el cual se abalanzó contra ella mordiéndole en la mano, para salir corriendo hacia los setos frente al hogar, en los que desapareció.

 

La leve mordedura ni siquiera había traspasado su resistente piel. Era evidente que aquel ser se trataba de un odioso felino, pero por su tamaño y fuerza, debía de ser tan solo un infante. Esperaba desconcertada, intranquila y desconfiando de las buenas intenciones del sapo. Tan solo habían pasado unos instantes de aquel suceso, cuando escuchó un fuerte gruñido de auxilio proveniente del terreno cercano a la cueva.

 

Algar estaba llenando un saco de huevas de Orpa, grandes babosas terrestres que viven en zonas húmedas y ricas en  materia biológica en descomposición. Pensó que aquellas esferas rellenas de dulzona papilla amarillenta serían de agrado para sus dos huéspedes, Drem y Taluya.

 

Estaba preocupado, no disponía de una forma efectiva para comunicarse con ellos, todavía no les había presentado y no sabía cómo iban a reaccionar. Aunque salió de recolección muy temprano y el joven Drem solía dormir hasta tarde, era posible que por alguna casualidad el encuentro se efectuara sin su presencia mediadora. Así que cuando tuvo suficientes huevas se dirigió al hogar con rapidez, saltando de una rama a otra y echando a volar en cada claro del bosque. Tenía un mal presentimiento.

 

Con el corazón a cien por hora y todavía traumatizado por la visión de los miembros de su clan convertidos en monstruos sin conciencia, Drem se escondía en la apertura de una madriguera subterránea. Con su sagaz vista puesta en la cueva, deseaba ver llegar a Algar en cualquier momento. Con lágrimas en los ojos se repetía a si mismo que no había querido hacer daño a aquella reptiloide. De pronto, y sin poder reaccionar, algo le agarró una de sus patas traseras, tirando de él y arrastrándole hacia las profundidades de aquel hondo agujero. Aterrado, tan solo pudo gritar el nombre de Algar antes de dejar de ver la luz del sol.

 

Edgar Zamora Malagón
COPYRIGHT (Todos los derechos reservados)