NAHIA (Capítulo III)

Algar escuchó un fuerte maullido de auxilio no muy lejano, aceleró los saltos, extendió los brazos  y se dejó caer en la misma entrada a su cueva.

 

Al encontrarse con Taluya la percibió alterada y recelosa. Rápidamente entró en la habitación y al ver que el gatito no estaba se le encogió el corazón, posó su mirada sobre las piedras con las que Drem solía jugar y las cogió con ambas manos. De fondo, ella le gritaba con cara de enfado sonidos incomprensibles con violentos gestos que apuntaron a la habitación, a su mano y luego al seto frente a la entrada. No sin prudencia, el sapo se le acercó y respirando profundamente,  soltando el aire de forma lenta por la boca, con sus manos empujando la nada hacia abajo, trató de tranquilizarla. Sus ojos debieron de transmitir la franqueza que ella necesitaba, porque al verse reflejada en los mismos, quiso entenderle con la sensibilidad que había perdido durante unos minutos, recordando que no seguiría viva sin su ayuda. Taluya comprendió que se había equivocado, a la par que Algar se hacía una imagen mental del posible suceso.

 

El sapo corrió hacia afuera, saltando los arbustos y mirando en todas direcciones; no detectó su presencia.  La reptil, proveniente de un clan de hembras cazadoras, había sido instruida en el rastreo desde muy pequeña, así que se puso a mirar la hierba en busca de marcas y huellas. Algar, con leve fascinación, la siguió. No tardaron mucho en dar con la obertura de la madriguera, con marcas de zarpas que se arrastraban hacia el interior. Él cabía por el agujero,  pero mirándose con complicidad, supieron que el tamaño de Taluya la obligaba a quedarse fuera.

 

Estaba a punto de atravesar el cuello de ese cachorro Pershambal con sus colmillos cuando éste se puso a llorar. Aquellos felinos carroñeros, conocidos como  limpiadores del medio y respetados por su naturaleza seria y serena, fueron infectados por un virus que les convertía en hiperactivas criaturas maníacas, violentas y despreciables, que no desaprovechaban la ocasión de atacar en grupo a cualquier ser que se les pasara por delante. Nuga, que no iba a permitir que un carnicero sin conciencia acabara con la vida de sus dos crías, vaciló, soltó la musculatura del delgado cuello de Drem y lo agarró por el pellejo con una de sus patas. Volteándolo para verle la cara, reconoció a un gato sano, como los de antes.

 

Algar, ya en el interior de la oscura madriguera, vociferó el nombre del gatito con su voz gutural varias veces, tras ello vio aparecer una silueta al fondo de la cueva subterránea. Se maldecía a si mismo por no haber aprendido ya el lenguaje común al Valle Nimura, aunque lo cierto es que llevaba relativamente poco tiempo en aquellas tierras. De todas formas siguió avanzando, balbuceando palabras mal pronunciadas con la intención de presentarse pacíficamente. A medida que se acercaba y que sus pupilas se acostumbraban a la oscuridad, la sombra frente a él se fue transformando en lo que parecía un Ishimi, una raza de seres cánidos, pardos y semi bípedos, con una mandíbula capaz de cortar el tronco de un árbol mediano de un mordisco. Cuando el sapo se acercó lo suficiente, la perra se echó a un lado, dejando ver detrás de ella a tres infantes jugando a mordisquearse las orejas, Naga, Lu y Drem. Con los ojos humedecidos sonrió tiernamente, y mirando de nuevo a Nuga, movió la cabeza a modo de disculpa y agradecimiento.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo II)

La mañana era radiante, la viva vegetación que rodeaba el hogar de Algar transmitía la alegría provocada por los rayos del sol tras la lluvia nocturna. Aquel entorno, junto al cuidado paternal del sapo alado que la salvó de una muerte aterradora, brindaba a Taluya la paz que necesitaba. Su condición física volvía a ser extraordinaria, apenas quedaba rastro de cicatrices en su cuerpo y su cola volvía a crecer.

 

Mirando la charca en la que había estado sumergida el día anterior, recordó una de las  leyendas que las ancianas de su clan le contaban cuando apenas era una lagartija. Hablaban de un bosque de gigantescos árboles de follaje blanco, inflorescencias negras y corteza palpitante. Lo llamaban El Bosque de los Ancianos, situado al Norte de Nahia. Decían que la savia de dichos árboles sanaba de cualquier enfermedad a los individuos que la bebían y que rejuvenecía órganos y tejidos. Nadie sabía con exactitud su paradero y sin embargo, aquel cabezón de pupilas dilatadas poseía uno de esos ejemplares. Un joven arbolillo, ahora deshojado, que crecía en una maceta al resguardo del viento.

 

Taluya paseaba por el vergel próximo a la cueva cuando Algar se le acercó y sin necesidad de interacción verbal le transmitió que iba a buscar comida. Ella hizo amago de querer ir con él, pero con unos pocos gestos y una sonrisa de su bocaza desdentada, le dio a entender que siguiera descansando.

 

No había pasado mucho tiempo cuando escuchó un ruido chasqueante que provenía del hogar. Entró  para ver de qué se trataba y se percató de que dicho sonido se originaba justo detrás de una sábana de seda colgada, la cual separaba una habitación de otra. Al acercarse el chasqueo paró y una diminuta sombra se movió con rapidez. Taluya corrió la cortina nerviosamente, e inspeccionando la oscura sala le pareció ver a un pequeño ser parado junto a un armario. Sus sollozos le dieron a entender que estaba asustado, así que a pesar de su intranquilidad, le llamó con ternura mientras se acercaba cautelosamente. De repente, el lloriqueo infantil pasó a ser un agudo gruñido que le recordó a la traumática persecución de los Pershambals. Taluya se asustó, silbó y en posición defensiva se dispuso a matar al gato, el cual se abalanzó contra ella mordiéndole en la mano, para salir corriendo hacia los setos frente al hogar, en los que desapareció.

 

La leve mordedura ni siquiera había traspasado su resistente piel. Era evidente que aquel ser se trataba de un odioso felino, pero por su tamaño y fuerza, debía de ser tan solo un infante. Esperaba desconcertada, intranquila y desconfiando de las buenas intenciones del sapo. Tan solo habían pasado unos instantes de aquel suceso, cuando escuchó un fuerte gruñido de auxilio proveniente del terreno cercano a la cueva.

 

Algar estaba llenando un saco de huevas de Orpa, grandes babosas terrestres que viven en zonas húmedas y ricas en  materia biológica en descomposición. Pensó que aquellas esferas rellenas de dulzona papilla amarillenta serían de agrado para sus dos huéspedes, Drem y Taluya.

 

Estaba preocupado, no disponía de una forma efectiva para comunicarse con ellos, todavía no les había presentado y no sabía cómo iban a reaccionar. Aunque salió de recolección muy temprano y el joven Drem solía dormir hasta tarde, era posible que por alguna casualidad el encuentro se efectuara sin su presencia mediadora. Así que cuando tuvo suficientes huevas se dirigió al hogar con rapidez, saltando de una rama a otra y echando a volar en cada claro del bosque. Tenía un mal presentimiento.

 

Con el corazón a cien por hora y todavía traumatizado por la visión de los miembros de su clan convertidos en monstruos sin conciencia, Drem se escondía en la apertura de una madriguera subterránea. Con su sagaz vista puesta en la cueva, deseaba ver llegar a Algar en cualquier momento. Con lágrimas en los ojos se repetía a si mismo que no había querido hacer daño a aquella reptiloide. De pronto, y sin poder reaccionar, algo le agarró una de sus patas traseras, tirando de él y arrastrándole hacia las profundidades de aquel hondo agujero. Aterrado, tan solo pudo gritar el nombre de Algar antes de dejar de ver la luz del sol.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo I)

Todavía no había amanecido y Algar saltaba de un árbol a otro del Valle Nimura. Iba detrás de un grupo de Skirlas, polillas luminiscentes, grandes y muy jugosas. Se estaba acercando a la Montaña de los Cadáveres cuando cazó a una de esas mariposas regordetas, y mientras estrujaba su abdomen con ambas manos y succionaba el dulce líquido de sus entrañas por el ano, escuchó los salvajes gruñidos de los Pershambals, seguramente detrás de alguna presa.

 

El sapo se acercó un poco más para ver lo que perseguían aquellos pequeños felinos descerebrados. Era un ser reptil, que les superaba en tamaño y agilidad; a juzgar por sus prominentes y tersos senos, probablemente se trataba de una joven hembra. Ella corría por salvar su vida, pero eran muchos y se le tiraban a las extremidades con zarpas y dientes infecciosos. En un segundo, uno de los Pershambals se lanzó a su larga cola, ella siguió corriendo, arrastrando a aquel mal bicho del que no conseguía desprenderse.

 

Algar saltó desde la copa de un alto árbol, extendió los brazos, dejando ver unas amplias membranas que utilizaba para deslizarse en el aire. Cuando se encontró justo encima de aquellos dos se dejó caer, sacó de su espalda lo que parecía un afilado machete y cortó la cola de aquella reptiloide. Ésta se desprendió con el gato aun agarrado y en un segundo se le abalanzaron el resto de criaturas, más rabiosas y enloquecidas aun por la sangre fresca.

 

La reptil se desmayó y por la velocidad que había llevado comenzó a rodar saliéndose del sendero y cayendo por el desfiladero de la montaña. Algar se apresuró a ayudarla, cuando llegó a su posición el cuerpo ya estaba abajo y aunque parecía inerte todavía respiraba.

 

Ya era de día, Algar pudo ver con claridad sus magulladuras, estas la hacían tan visible para los depredadores que iba a resultar un milagro que no se la comieran. Si bien, la sangre, que había brotado de los mordiscos y zarpazos en brazos y piernas, impregnaba buena parte de sus blancas y duras escamas, ninguna de las heridas parecía profunda. No se iba a desangrar pero las bacterias de los dientes y garras de los Pershambals ya la habían infectado; Algar lo sabía, tenía fiebre y su respiración era muy débil. En pocas horas ya no podría moverse, sus pulmones se encharcarían y moriría asfixiada con intensos dolores; no podía dejarla allí.

 

Pesaba mucho como para dirigirse a su hogar saltando de árbol en árbol, tendría que caminar algunos quilómetros con ella a cuestas, así que la cogió de los pies, miró al cielo, rezó a sus Dioses para que le ayudaran a salvarle la vida y se puso en camino.

 

La joven volvió en sí durante unos instantes; vio que estaba siendo arrastrada por un Cova. Pese a la diferencia de tamaño, este disponía de grandes manos con largos dedos para sujetar sus tobillos. Dolorida e incapaz de mover las piernas, gritó una serie de improperios a la par que pedía que la soltara. El Cova, pese a no hablar su misma lengua, comprendió perfectamente el significado de esas voces y gestos, giró su desproporcionada cabeza, la miró de reojo con sus enormes ojos de pupilas dilatadas, sonrió y siguió caminando. Ella estaba muy débil y gastó sus pocas fuerzas en forcejear inútilmente, por lo que volvió a perder el conocimiento.

 

Cuando Taluya despertó tenía el cuerpo sumergido en una charca de agua gelatinosa, en cuya superficie flotaban pequeñas florecillas negras y hojas secas de un color tan blanco como sus escamas. Débil, seguía sin poder mover la parte inferior de su cuerpo, pero se percató de que las heridas de sus brazos se estaban cerrando.

 

Algar llegó con un vaso de madera, se alegró al ver que ya había despertado y amablemente se lo ofreció. No se entendían verbalmente pero los graciosos gestos que él hacía le dieron a entender a Taluya que aquella bebida le ayudaría a recuperarse. Recelosa, pero sin poder salir de allí y obligada a confiar en aquel delgado y cabezón sapo azul, tomó un sorbo del líquido más amargo y asqueroso que había probado en su vida. Algar insistió en que se lo bebiera todo, mientras posaba la mano en su frente para comprobar que la fiebre había descendido.

 

Edgar Zamora Malagón
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