NAHIA (Capítulo VIII)

Nuga no había pegado ojo en toda la noche. Las imágenes proyectadas en su imaginación, relacionadas con lo sucedido a los Ishimi, a su compañero Fu, invadían su mente. En cuanto apareció el primer rayo de sol salió de la cueva, necesitaba un espacio abierto y soledad para respirar, pese al tufo constante, no se estaba tan mal.

Se levantó un poco de viento y tras éste, comenzó a caer una lluvia de flores, pequeñas inflorescencias lilas capaces de despertar a la belleza hasta a la criatura con el corazón más roto. Eso pensaba ella cuando la voz amable e incomprensible de Chap a su espalda la despertó de su leve ensoñación, indicándole que el desayuno estaba listo.

 

El grupo desayunaba junto. Drem, Naga, Lu y los gemelos se perseguían y jugaban alrededor del círculo formado por los adultos, cada uno mostrando sus instintos de caza y supervivencia. El gato se abalanzaba sobre uno de los cachorros mientras el otro ladraba agudamente y las tortugas se escondían en su caparazón a la más mínima muestra de peligro. En otras ocasiones los canes conseguían derribar al gato y lamían su cara mientras éste, asqueado y con las orejas mordidas por los Gryn, intentaba salir del apuro, así una y otra vez.

 

Creta, untando la melaza de Pulgón de Manglar en el pan de algas, comentó que había pasado muchos años visitando diversos clanes con la finalidad de estudiarlos y mantener la salud de sus miembros, asistiendo a partos, curando heridas y previniendo enfermedades. Entre todas las tribus a las que atendió, se encontraba la de los Pershambals de la Montaña Rosada, ahora conocida como la Montaña de los Cadáveres. Mirando a Drem, inmerso en el juego, expresó que con toda claridad éste le parecía uno de ellos. En cuanto Kalan tradujo sus  palabras, Algar asintió, dando a entender que así era.

La Gryn sabía que los felinos de todo el continente estaban sufriendo una especie de infección vírica de procedencia desconocida, que afectaba a su sistema nervioso central, y que aunque no les mataba, infectaba sus cerebros. Los gatos perdían su personalidad y se volvían incapaces de razonar, desarrollando una hiperactividad descomunal que les hacía extremadamente violentos y sanguinarios.

Chap, dirigiéndose al sapo y a Taluya, a quienes había visto actuar paternal y maternalmente con el gatito, pidió que le permitieran explorar su energía y organismo un poco más profundamente que a simple vista, para descartar cualquier posible indicio de enfermedad. Tras mirarse mutuamente accedieron sin reparo y llamaron a Drem para explicarle la situación.  Éste aceptó cabizbajo, pero confiando en ellos.

 

El lince llevaba varios meses conviviendo con Algar. Éste apareció una tarde en su cueva, asustado, cansado y desnutrido. El sapo, que prácticamente acababa de instalarse en el Valle Nimura lo acogió y le dio alimento sin pensarlo dos veces. Sin embargo, en ningún momento durante su convivencia, ni tras la llegada de Taluya y el aprendizaje del lenguaje Nimura, expresó un ápice de su historia de vida. Incluso en los largos días de pesca, cuando Taluya, practicando el nuevo idioma, le preguntaba cómo había llegado allí, quién era su familia y qué había pasado con ellos, el felino hacía caso omiso de esas preguntas y seguía nombrando vegetales y animales de la zona.

 

Chap llevó a Drem a una habitación alumbrada por velas de aceite de Trémula, una planta natural del manglar,  y le pidió que se sentara cómodamente frente a él, que cerrara los ojos y respirara profundamente. Cuando el testudíneo comenzó a observar su campo energético, vio que este se encontraba en perfecto estado. No había ningún tipo de fuerza extraña que estuviera parasitando su organismo y la energía corría con fuerza por su cabeza y extremidades.

Iba a terminar la inspección cuando descubrió un nudo en la corriente energética a la altura del pecho, el cual entorpecía el saludable flujo de sentimientos. Quizás eso era lo que impedía al gato expresar lo vivido y liberar las emociones relacionadas con el aniquilamiento de la coherencia de su clan.

Chap susurró unas palabras incomprensibles, pidiendo a los dioses y a su mismo espíritu que le ayudaran a sacar aquella astilla del corazón del gatito. Lo que estaba a punto de ver le dejaría horrorizado y sin habla.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo VI)

El mundo de Nahia se compone de cuatro continentes. Saura, situado a la izquierda en los mapas. Vera, conocida como la tierra del este. Shen, que se encuentra en la parte superior del planeta. Y Mirlowe, el sur del globo. Tiene cuatro estaciones de tres meses cada una, meses de dieciocho amaneceres y semanas de seis días compuestos por treinta y seis horas.

 

Ya era primavera en todo el continente Saura y habían pasado más de cuarenta días desde la desaparición de Fu. Nuestros amigos partieron al alba montando un ciempiés de la especie Numis, guiado por Kalan, en el que sobraba espacio para otro grupo de otros seis miembros o más. Iban bien equipados, tenían comida para un mes, medicinas y algunas armas básicas de supervivencia.

 

Tras la apariencia atemorizante de Kalan, se escondía un tipo simpático y parlanchín. Se pasó horas hablando sobre su clan, sus siete hijos y su esposa. Hablaba catorce lenguas, entre ellas la del Valle Nimura, aunque con un acento extraño que dificultaba aún más su comprensión por parte de Taluya, Algar y Drem. Nuga iba repitiendo sus palabras lentamente y ellos se esforzaban por entender. El sapo, que sonreía excesivamente con apariencia incómoda, no se enteraba de nada más que del afecto natural transmitido por sus camaradas.

 

La cánida deseaba pasar por cada una de las madrigueras de los Ishimi que acompañaron a Fu, quería volver a ver a las familias de su raza pero sobretodo recabar alguna pista, por pequeña que fuera, sobre el paradero de los varones, que Kalan y los otros Kinar hubieran pasado por alto. Entraban en aquellos hogares y eran recibidos con lágrimas en los ojos. Todas las madres, compañeras e hijos sabían exactamente lo mismo que Nuga, nada.

La última guarida era la de Trog. Estaba vacía. Ni su madre, ni sus hermanas, ni su joven esposa embarazada, se encontraban allí. Todo aquello era muy extraño, aunque cabía la posibilidad de que la familia también saliera en busca del querido can, Varla, la perra gestante, debía guardar reposo en sus últimas semanas de embarazo.

 

Siguieron la senda marcada hasta llegar al Manglar Rimbau. Atardecía y se sentían cansados, sin embargo, el Numis, que había guardado el olor de los Ishimi, se impacientó, parecía haber detectado algo, así que antes de parar, decidieron seguir con la búsqueda un poco más.

Los anaranjados exoesqueletos de los Girita, cubiertos por heces de aves carroñeras, llamaban la atención a lo lejos. El grupo se bajó del ciempiés y Kalan le ordenó que se mantuviera pasivo en la zona. Taluya, la rastreadora, no tardó en dar con el cuerpo podrido y medio devorado de uno de los perros. Nuga se echó a llorar pensando en la posibilidad de que ese cadáver fuera el de su compañero. Sus hijos, asustados por la reacción de la madre, gemían y se aferraban fuertemente a ella.

 

Enterraron al viejo Migun, la cánida lo reconoció por el pelaje canoso que aún quedaba en los restos y por los muchos dientes que faltaban en su dentadura. Aliviada por un instante, con el corazón en la mano y un gran pesar, dirigió unas plegarias a los Dioses de los Ishimi y suplicó su ayuda para encontrar a Fu y al resto de camaradas con vida. Los demás se mantuvieron en silencio y colaboradores.

 

Ya era de noche, así que se dirigieron al manglar, Kalan sabía que allí habitaba una familia de Gryn, seres reptiles que viven en cuevas de barro húmedo, conocidos por su gentileza y amabilidad, que probablemente les darían cobijo.

El mastodonte se acercó al hogar de una de las familias que solía comerciar con los Kinar y saludó en otro idioma extraño. De la profundidad, tras un largo silencio, una pequeña tortuga bípeda se abalanzó sobre él. Frente a la primera impresión hostil que recibió el grupo, las risas y los abrazos del grandullón les dieron a entender que eran bienvenidos.

 

Edgar Zamora Malagón
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