NAHIA (Capítulo XII)

El instinto era lo único que les mantenía en pie, saltaban cada piedra y esquivaban cada rama gracias al legado genético. Eran animales en peligro, presas huyendo de sus depredadores.

 

Tras varios kilómetros corriendo sin parar, las piernas de la pequeña Zineb no aguantaron más y cayó. Drem, que aún se aferraba a su mano, se detuvo de golpe para no arrastrarla. En esos segundos de respiración, el gato tomó conciencia de la gravedad de la situación. Las embarazadas, los niños, los ancianos… ¿seguirían con vida? Se escuchaban los rugidos de locura a pocos metros, que parecían carcajadas. Varios jóvenes pasaron apresuradamente por su vera sin detenerse, cegados por el miedo.

 

Zineb se encontraba al borde del desmayo, su temperatura era excesiva y comenzaba a echar la misma espuma por la boca que sus padres poco antes de llegar al límite del fin de la cordura. Una joven embarazada paró al ver al felino intentando llevarse a la pequeña a la espalda para cargar con ella. Dos panteras dementes se le lanzaron encima a toda velocidad, la reventaron casi al momento.

 

Drem no se daba por vencido, la idea de dejarse atrapar no pasó por su mente ni un solo instante, y ni mucho menos la de abandonar a su hermana para salvar la propia vida. O lo lograban juntos o no lo conseguiría ninguno, esa era su convicción y el único fin posible para él. Sin embargo, la existencia, que nada tiene que ver con la concepción de justicia que albergan los seres conscientes,  estaba gestando un duro desenlace alternativo para ambos.

 

Uno de los Pershambals trastornado,  que pocos minutos antes estaba devorando el vientre de la preñada, arrancó a Zineb de la espalda de su hermano de un zarpazo. Se dirigió hacia el débil cuerpo de la cría en el suelo, acercó sus fauces, agarró la cabecita con la dentadura y ante los ojos de Drem, apretó los dientes con fuerza. El siguiente iba a ser él.

 

Las pulsaciones del gato, hasta entonces aceleradas, parecieron pararse. En su interior se hizo un vacío tan grande que comenzó a escuchar su propia respiración de manera estruendosa. Ya no había por lo que vivir ni por lo que luchar. Ni madre, ni padre ni hermana, ni clan. Mientras aquel monstruo devoraba a la felina, el segundo se acercaba a él tranquilamente; era un depredador ante una presa inmóvil que no iba a escapar ni a oponer resistencia, y ese diablo podía olerlo. Drem, preparado para morir, veía pasar dentro de sí las imágenes de su feliz y tierna infancia en blanco y negro.

 

Relden,  el mejor amigo de Dexo y uno de los adultos que se ocuparon de proteger al clan con su vida, alcanzó a la fiera grillada. Agarró su cráneo y lo estrelló una y otra y otra vez contra las rocas. Se estaban acercando varios infectados chiflados más, sus jadeos podían oírse. Gritando, se dirigió a Drem pidiéndole que se marchara. Al ver que el muchacho no reaccionaba, éste le golpeó en el hocico con el dorso de la mano. Le rogó que se salvara de una manera tan desesperada, que el gato creyó ver el espíritu de su propio padre en la mirada de ese protector. Eso le despertó lo suficiente como para cerrar los ojos, apretar los párpados y salir corriendo hacia el fin del mundo.

 

Relden luchó hasta la muerte, representando la verdadera esencia guerrera de la tribu. Drem, sabiendo que lo mas probable era que acabase siendo aniquilado, optó por lanzarse al precipicio que daba al río Hanuka, el cual se encuentra en el Valle Nimura.

 

Amanecía, y Algar se encontraba recolectando larvas de Crisepa para los desayunos de aquella semana. Estos mosquitos gigantes, cuya picadura puede dejar en coma a cualquier mamífero pelón, no significan peligro alguno para la raza de los Cova; su rugosa piel excreta una sustancia viscosa con una feromona que aleja a cualquier vampiro chupador; lo cual, no hace sino salvar la vida del mismo, pues moriría tras la primera succión de la venenosa sangre de sapo.

 

De pronto divisó un cuerpo extraño y peludo en el agua, se acercó al mismo con cautela y descubrió que se trataba de un crío de Pershambal moribundo. Dejó lo que estaba haciendo, se echó el gato al hombro y lo llevó a casa. Puso a Drem en el estanque, arrancó una buena cantidad de hojas y flores del arbolillo procedente del Bosque de los Ancianos y las introdujo en el agua. Cuando el felino recobró el conocimiento, no solo había desaparecido la infección de su cuerpo, sino que ni siquiera había rastro del zarpazo con el que su madre, endemoniada, le había marcado media cara.

 

 

Edgar Zamora Malagón

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NAHIA (Capítulo IX)

Los cazadores llegaron extasiados al poblado. Apenas habían conseguido carne para un par de días cuando una tormenta los retuvo en la Cueva de Cuarzo durante toda la noche. Por alguna razón los Candir estaban especialmente agresivos. Estos pequeños peces alados y saltarines, habitantes de los charcos de dichas guaridas, con diminutos y afilados dientes, son insectívoros y solo atacan a modo de defensa cuando se sienten en peligro. Tampoco forman parte de la dieta de los felinos, no solo son demasiado pequeños y poco nutritivos, sino que su sabor recuerda al hedor de una flatulencia. Los Pershambals, que son muy respetuosos con los demás seres y no acostumbran a tener conflictos con esas pirañas brincadoras, se encontraban asombrosamente llenos de mordeduras.

 

Dexo y Nabila, los padres de Drem, formaron parte de la brigada de cazadores que salieron en aquel atardecer. Las heridas causadas por las dentelladas de los Candir habían sanado en todo el escuadrón rápidamente. Tras la anécdota, todo parecía transcurrir con normalidad, sin embargo, en pocas semanas el grupo comenzó a sufrir un entumecimiento muscular creciente, acompañado de espasmos que les impedía continuar con su labor de alimentar al clan con eficiencia. Aunque los síntomas fueron comunes en todos a un tiempo similar, a nadie se le ocurrió pensar que la fuente del malestar pudiera estar relacionada con esa desapacible noche tormentosa.

 

Para entonces, las carnes que los cazadores portaron a la aldea tras el acontecimiento, ya habían sido devoradas por la manada. Si bien estaban llenas de las mismas microincisiones  que sufrieron ellos, todo el mundo sabía que el Candir no es venenoso.

 

El agarrotamiento muscular iba in crescendo y a ello se sumaban unas fiebres altas y un inicial cambio en la personalidad del escuadrón de caza. Día a día y pese a la debilidad general que mostraban, parecía como si la ansiedad y los sentimientos de violencia se estuvieran apoderando de ellos. No dormían, comenzaron a delirar y a discutir con el aire, sus venas se hincharon y sus cabezas se movían con hiperactividad.

 

Mientras los cazadores perdían su sano juicio, el resto del clan empezó a sentir los primeros síntomas de la misma enfermedad. La alarma se generalizó cuando los encargados de investigar la causa del problema, cayeron en la cuenta en que tanto la comida de aquella noche, como el escuadrón de caza habían presentado los mismos inusuales mordiscos. Ya era tarde para encontrar una cura…

 

Los cachorros estaban aterrados, Drem y su hermana Zineb, cuidaron de sus padres hasta el día en que Nabila agarró el brazo de su hija con tal fuerza que la pequeña empezó a llorar por el dolor. Sus garras se clavaron en la piel y la sangre empezó a chorrear manchando el suelo y empapando las húmedas lanas trenzadas que la cachorro había estado aplicando en la frente de su querida mamá y que dejó caer al instante por el desconcierto.

 

Drem, al escuchar los sollozos de su hermana, corrió hacia la zona donde sus padres descansaban. Observó el horror de la sangre goteando, el rostro de terror de Zineb y la faz irreconocible de Nabila, que aferrada al brazo de su hija, con saliva espumosa cayéndole de la mandíbula desencajada y unos ojos furiosos, intentaba levantarse.

 

El gatito era muy joven, pero lo bastante inteligente como para intuir que ese monstruo ya no era su madre, y que si él no hacía nada, su hermanita pequeña lo lamentaría. Sacó las zarpas, apretó los dientes y saltó al cuello de aquel tigre endemoniado tal como ella misma le había instruido.

 

Uno de sus colmillos, inmaduros, consiguió perforar la yugular de Nabila, que con un rugido  lo lanzó al suelo de un zarpazo, soltó a Zineb y se abalanzó encima de él con el cuerpo aun agarrotado pero con el corazón palpitante de cólera.

 

Lo iba a matar, en cuestión de segundos desgarraría su piel, su carne y sus órganos internos, haría crujir sus huesos, y descuartizaría su cuerpo cual asesino psicopático. Sin embargo, antes de que eso pasase, Drem pudo ver los fuertes y peludos brazos de su padre rodeando el cuello y la cabeza de Nabila, para a continuación escuchar un fuerte crujido de cervicales rotas. Por unos instantes se produjo un extraño silencio de desconcierto.

 

El cuerpo inerte de Nabila cayó al piso boca abajo. Dexo se quedó de rodillas, sudado, con fiebre extremadamente alta, con las venas hinchadas y espasmos, dando la sensación de estar sintiendo un gran dolor, tanto en sus entrañas como en su cabeza. Zineb, aun sangrando, corrió hacia él y le abrazó fuerte por la espalda. Éste, echando ya espuma por la boca e intentando dominar unos segundos más la cólera incontrolable que haría de él otro ser maníaco y perturbado, miró a Drem fijamente a los ojos. Les suplicó a ambos hijos que fueran en busca de los abuelos del clan y les pidieran que asesinaran a cada uno de los integrantes del escuadrón de caza antes de que fuera demasiado tarde.

 

Estaban heridos, acababan de ver morir a su madre a manos de su marido, después de que ésta hubiera intentado despedazarlos, se encontraban en shock. Dexo agarró violentamente a la pequeña y la empujó hacia Drem gritando con todas sus fuerzas que salieran corriendo; ya no podía más.

 

Drem, con un profundo arañazo de la oreja a la boca, recogió las lanas trenzadas manchadas de sangre y las enrolló en el brazo de Zineb con fuerza. Los hermanos se cogieron de la mano y salieron a toda prisa. A pocos metros escucharon un rugir desgarrador que procedía de su hogar. Ambos tuvieron la certeza de que su padre se había suicidado.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo VIII)

Nuga no había pegado ojo en toda la noche. Las imágenes proyectadas en su imaginación, relacionadas con lo sucedido a los Ishimi, a su compañero Fu, invadían su mente. En cuanto apareció el primer rayo de sol salió de la cueva, necesitaba un espacio abierto y soledad para respirar, pese al tufo constante, no se estaba tan mal.

Se levantó un poco de viento y tras éste, comenzó a caer una lluvia de flores, pequeñas inflorescencias lilas capaces de despertar a la belleza hasta a la criatura con el corazón más roto. Eso pensaba ella cuando la voz amable e incomprensible de Chap a su espalda la despertó de su leve ensoñación, indicándole que el desayuno estaba listo.

 

El grupo desayunaba junto. Drem, Naga, Lu y los gemelos se perseguían y jugaban alrededor del círculo formado por los adultos, cada uno mostrando sus instintos de caza y supervivencia. El gato se abalanzaba sobre uno de los cachorros mientras el otro ladraba agudamente y las tortugas se escondían en su caparazón a la más mínima muestra de peligro. En otras ocasiones los canes conseguían derribar al gato y lamían su cara mientras éste, asqueado y con las orejas mordidas por los Gryn, intentaba salir del apuro, así una y otra vez.

 

Creta, untando la melaza de Pulgón de Manglar en el pan de algas, comentó que había pasado muchos años visitando diversos clanes con la finalidad de estudiarlos y mantener la salud de sus miembros, asistiendo a partos, curando heridas y previniendo enfermedades. Entre todas las tribus a las que atendió, se encontraba la de los Pershambals de la Montaña Rosada, ahora conocida como la Montaña de los Cadáveres. Mirando a Drem, inmerso en el juego, expresó que con toda claridad éste le parecía uno de ellos. En cuanto Kalan tradujo sus  palabras, Algar asintió, dando a entender que así era.

La Gryn sabía que los felinos de todo el continente estaban sufriendo una especie de infección vírica de procedencia desconocida, que afectaba a su sistema nervioso central, y que aunque no les mataba, infectaba sus cerebros. Los gatos perdían su personalidad y se volvían incapaces de razonar, desarrollando una hiperactividad descomunal que les hacía extremadamente violentos y sanguinarios.

Chap, dirigiéndose al sapo y a Taluya, a quienes había visto actuar paternal y maternalmente con el gatito, pidió que le permitieran explorar su energía y organismo un poco más profundamente que a simple vista, para descartar cualquier posible indicio de enfermedad. Tras mirarse mutuamente accedieron sin reparo y llamaron a Drem para explicarle la situación.  Éste aceptó cabizbajo, pero confiando en ellos.

 

El lince llevaba varios meses conviviendo con Algar. Éste apareció una tarde en su cueva, asustado, cansado y desnutrido. El sapo, que prácticamente acababa de instalarse en el Valle Nimura lo acogió y le dio alimento sin pensarlo dos veces. Sin embargo, en ningún momento durante su convivencia, ni tras la llegada de Taluya y el aprendizaje del lenguaje Nimura, expresó un ápice de su historia de vida. Incluso en los largos días de pesca, cuando Taluya, practicando el nuevo idioma, le preguntaba cómo había llegado allí, quién era su familia y qué había pasado con ellos, el felino hacía caso omiso de esas preguntas y seguía nombrando vegetales y animales de la zona.

 

Chap llevó a Drem a una habitación alumbrada por velas de aceite de Trémula, una planta natural del manglar,  y le pidió que se sentara cómodamente frente a él, que cerrara los ojos y respirara profundamente. Cuando el testudíneo comenzó a observar su campo energético, vio que este se encontraba en perfecto estado. No había ningún tipo de fuerza extraña que estuviera parasitando su organismo y la energía corría con fuerza por su cabeza y extremidades.

Iba a terminar la inspección cuando descubrió un nudo en la corriente energética a la altura del pecho, el cual entorpecía el saludable flujo de sentimientos. Quizás eso era lo que impedía al gato expresar lo vivido y liberar las emociones relacionadas con el aniquilamiento de la coherencia de su clan.

Chap susurró unas palabras incomprensibles, pidiendo a los dioses y a su mismo espíritu que le ayudaran a sacar aquella astilla del corazón del gatito. Lo que estaba a punto de ver le dejaría horrorizado y sin habla.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo IV)

Nuga había llegado a un acuerdo con Algar, Taluya y Drem. Ésta les enseñaría el lenguaje del Valle Nimura siempre y cuando ellos le proporcionasen a su familia peces Mimbu durante todo el tiempo que durase la enseñanza. Los tres accedieron sin pensárselo dos veces, la reptil y el gato con mucha más emoción que el sapo, pues iba a ser la excusa perfecta para no volver a probar las vomitivas huevas de babosa, ni las larvas de escarabajos Karnis, que saben igual que huelen y que se alimentan de las heces de otros seres, las cuales, Algar criaba en su jardín bajo un montón de estiércol y se las ofrecía a sus huéspedes con ilusión.

 

Taluya y Drem no tardaron en vincular afectivamente gracias a sus salidas al lago Gueida, en cuyo fondo se encontraban los peces Mimbu, aplanados, con largos bigotes y ojos saltones que recordaban a los de Algar. Aunque recelosos al principio, debido a su desagradable primer encuentro, ambos necesitaban amar y ser amados, pues a ninguno le quedaba otra familia. Se divertían compitiendo por ver quién era capaz de enumerar la mayor cantidad de nombres de plantas y animales en el lenguaje que estudiaban, mientras que Algar, el único buceador del grupo, y quien tenía mayores problemas para aprenderse las palabras, pescaba.

 

El lago Gueida se encuentra en el centro del valle, y es la zona más concurrida del lugar. Con suficiente agua para abastecer a todas las criaturas, es rico en fauna y flora de todo tipo.

 

En una tarde tranquila, de buena pesca, mientras llegaban a la madriguera de la familia Ishimi, vieron a un Kinar en la entrada conversando con Nuga. Naga y Lu se escondían tras ella. Lo cierto es que aquel enorme mamífero semi acuático, de piel azulada y viscosa, espalda musculosa, barrigón, de morro prominente y largos dientes que sobresalían de su boca, impresionaba a cualquiera. Pero no era por su presencia que la cánida se mostraba tensa y sobresaltada, ni lo que hacía que sus crías se agarraran tan fuertemente a sus patas. Kalan, que es como se llamaba aquel mastodonte marino, era un buen amigo de la familia y traía malas noticias.

 

Fu, el compañero de vida de Nuga y padre de sus cachorros, que había partido durante el invierno pasado hacia la costa de Malitú, lugar de residencia del clan Kinar, con la intención de unirse por el camino con otros machos Ishimi para ayudar a combatir a una manada de sanguinarios invasores, nunca llegó a su destino. Ni él ni el resto de perros aparecieron en la aldea en la fecha acordada. Gracias a los Dioses, los Kinar, queridos y apoyados  por muchas otras criaturas, vencieron en la guerra. Lo cierto es que les había resultado muy fácil. Aunque los primeros ataques enemigos les cogieron por sorpresa, pocos días después los saqueadores abandonaron la costa pacíficamente. Todos creyeron que les habían superado en número y que por ello se echaron atrás.

 

Cuando hubo terminado la celebración, tres machos Kinar se dirigieron a las doce madrigueras de los Ishimi, a quienes habían mandado aves marinas con pequeñas cartas de socorro e instrucciones para reunirse atadas a sus patas. Kalan y sus compañeros no tardaron en darse cuenta de que el mensaje había sido recibido y que todos los perros habían partido en su ayuda.

 

La cánida estaba destrozada, sabía que su varón podría haber muerto en batalla, y que eso habría sido doloroso, pero que desapareciera sin más… tal cosa no la iba a dejar dormir en mucho tiempo. Aquella noche cenaron todos juntos a la luz de las lunas y de las estrellas. Nuga, que era la única que conocía el sendero exacto que había trazado Fu para llegar a Malitú, estaba decidida a  salir en su busca a la mañana siguiente. Taluya, que ya comprendía la mayor parte de las conversaciones ajenas en el lenguaje Nimura, se propuso acompañarla, no iba a permitir que aquellos pequeños cachorros pasaran hambre y frío por el camino, y mucho menos que se quedaran huérfanos, tanto de padre como de madre. Drem, pudo hacerle entender a Algar la situación, y ambos se unieron a la misión. Al fin y al cabo, los tres eran ya una familia y deseaban mantenerse unidos.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo III)

Algar escuchó un fuerte maullido de auxilio no muy lejano, aceleró los saltos, extendió los brazos  y se dejó caer en la misma entrada a su cueva.

 

Al encontrarse con Taluya la percibió alterada y recelosa. Rápidamente entró en la habitación y al ver que el gatito no estaba se le encogió el corazón, posó su mirada sobre las piedras con las que Drem solía jugar y las cogió con ambas manos. De fondo, ella le gritaba con cara de enfado sonidos incomprensibles con violentos gestos que apuntaron a la habitación, a su mano y luego al seto frente a la entrada. No sin prudencia, el sapo se le acercó y respirando profundamente,  soltando el aire de forma lenta por la boca, con sus manos empujando la nada hacia abajo, trató de tranquilizarla. Sus ojos debieron de transmitir la franqueza que ella necesitaba, porque al verse reflejada en los mismos, quiso entenderle con la sensibilidad que había perdido durante unos minutos, recordando que no seguiría viva sin su ayuda. Taluya comprendió que se había equivocado, a la par que Algar se hacía una imagen mental del posible suceso.

 

El sapo corrió hacia afuera, saltando los arbustos y mirando en todas direcciones; no detectó su presencia.  La reptil, proveniente de un clan de hembras cazadoras, había sido instruida en el rastreo desde muy pequeña, así que se puso a mirar la hierba en busca de marcas y huellas. Algar, con leve fascinación, la siguió. No tardaron mucho en dar con la obertura de la madriguera, con marcas de zarpas que se arrastraban hacia el interior. Él cabía por el agujero,  pero mirándose con complicidad, supieron que el tamaño de Taluya la obligaba a quedarse fuera.

 

Estaba a punto de atravesar el cuello de ese cachorro Pershambal con sus colmillos cuando éste se puso a llorar. Aquellos felinos carroñeros, conocidos como  limpiadores del medio y respetados por su naturaleza seria y serena, fueron infectados por un virus que les convertía en hiperactivas criaturas maníacas, violentas y despreciables, que no desaprovechaban la ocasión de atacar en grupo a cualquier ser que se les pasara por delante. Nuga, que no iba a permitir que un carnicero sin conciencia acabara con la vida de sus dos crías, vaciló, soltó la musculatura del delgado cuello de Drem y lo agarró por el pellejo con una de sus patas. Volteándolo para verle la cara, reconoció a un gato sano, como los de antes.

 

Algar, ya en el interior de la oscura madriguera, vociferó el nombre del gatito con su voz gutural varias veces, tras ello vio aparecer una silueta al fondo de la cueva subterránea. Se maldecía a si mismo por no haber aprendido ya el lenguaje común al Valle Nimura, aunque lo cierto es que llevaba relativamente poco tiempo en aquellas tierras. De todas formas siguió avanzando, balbuceando palabras mal pronunciadas con la intención de presentarse pacíficamente. A medida que se acercaba y que sus pupilas se acostumbraban a la oscuridad, la sombra frente a él se fue transformando en lo que parecía un Ishimi, una raza de seres cánidos, pardos y semi bípedos, con una mandíbula capaz de cortar el tronco de un árbol mediano de un mordisco. Cuando el sapo se acercó lo suficiente, la perra se echó a un lado, dejando ver detrás de ella a tres infantes jugando a mordisquearse las orejas, Naga, Lu y Drem. Con los ojos humedecidos sonrió tiernamente, y mirando de nuevo a Nuga, movió la cabeza a modo de disculpa y agradecimiento.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo II)

La mañana era radiante, la viva vegetación que rodeaba el hogar de Algar transmitía la alegría provocada por los rayos del sol tras la lluvia nocturna. Aquel entorno, junto al cuidado paternal del sapo alado que la salvó de una muerte aterradora, brindaba a Taluya la paz que necesitaba. Su condición física volvía a ser extraordinaria, apenas quedaba rastro de cicatrices en su cuerpo y su cola volvía a crecer.

 

Mirando la charca en la que había estado sumergida el día anterior, recordó una de las  leyendas que las ancianas de su clan le contaban cuando apenas era una lagartija. Hablaban de un bosque de gigantescos árboles de follaje blanco, inflorescencias negras y corteza palpitante. Lo llamaban El Bosque de los Ancianos, situado al Norte de Nahia. Decían que la savia de dichos árboles sanaba de cualquier enfermedad a los individuos que la bebían y que rejuvenecía órganos y tejidos. Nadie sabía con exactitud su paradero y sin embargo, aquel cabezón de pupilas dilatadas poseía uno de esos ejemplares. Un joven arbolillo, ahora deshojado, que crecía en una maceta al resguardo del viento.

 

Taluya paseaba por el vergel próximo a la cueva cuando Algar se le acercó y sin necesidad de interacción verbal le transmitió que iba a buscar comida. Ella hizo amago de querer ir con él, pero con unos pocos gestos y una sonrisa de su bocaza desdentada, le dio a entender que siguiera descansando.

 

No había pasado mucho tiempo cuando escuchó un ruido chasqueante que provenía del hogar. Entró  para ver de qué se trataba y se percató de que dicho sonido se originaba justo detrás de una sábana de seda colgada, la cual separaba una habitación de otra. Al acercarse el chasqueo paró y una diminuta sombra se movió con rapidez. Taluya corrió la cortina nerviosamente, e inspeccionando la oscura sala le pareció ver a un pequeño ser parado junto a un armario. Sus sollozos le dieron a entender que estaba asustado, así que a pesar de su intranquilidad, le llamó con ternura mientras se acercaba cautelosamente. De repente, el lloriqueo infantil pasó a ser un agudo gruñido que le recordó a la traumática persecución de los Pershambals. Taluya se asustó, silbó y en posición defensiva se dispuso a matar al gato, el cual se abalanzó contra ella mordiéndole en la mano, para salir corriendo hacia los setos frente al hogar, en los que desapareció.

 

La leve mordedura ni siquiera había traspasado su resistente piel. Era evidente que aquel ser se trataba de un odioso felino, pero por su tamaño y fuerza, debía de ser tan solo un infante. Esperaba desconcertada, intranquila y desconfiando de las buenas intenciones del sapo. Tan solo habían pasado unos instantes de aquel suceso, cuando escuchó un fuerte gruñido de auxilio proveniente del terreno cercano a la cueva.

 

Algar estaba llenando un saco de huevas de Orpa, grandes babosas terrestres que viven en zonas húmedas y ricas en  materia biológica en descomposición. Pensó que aquellas esferas rellenas de dulzona papilla amarillenta serían de agrado para sus dos huéspedes, Drem y Taluya.

 

Estaba preocupado, no disponía de una forma efectiva para comunicarse con ellos, todavía no les había presentado y no sabía cómo iban a reaccionar. Aunque salió de recolección muy temprano y el joven Drem solía dormir hasta tarde, era posible que por alguna casualidad el encuentro se efectuara sin su presencia mediadora. Así que cuando tuvo suficientes huevas se dirigió al hogar con rapidez, saltando de una rama a otra y echando a volar en cada claro del bosque. Tenía un mal presentimiento.

 

Con el corazón a cien por hora y todavía traumatizado por la visión de los miembros de su clan convertidos en monstruos sin conciencia, Drem se escondía en la apertura de una madriguera subterránea. Con su sagaz vista puesta en la cueva, deseaba ver llegar a Algar en cualquier momento. Con lágrimas en los ojos se repetía a si mismo que no había querido hacer daño a aquella reptiloide. De pronto, y sin poder reaccionar, algo le agarró una de sus patas traseras, tirando de él y arrastrándole hacia las profundidades de aquel hondo agujero. Aterrado, tan solo pudo gritar el nombre de Algar antes de dejar de ver la luz del sol.

 

Edgar Zamora Malagón
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