EL CONCEPTO DE CULTURA Y ALGUNAS DE SUS CARACTERÍSTICAS:

En la actualidad, el concepto de cultura ha cobrado gran relevancia en el campo político, desde el que se pretende ofrecer solución a las problemáticas de un mundo en plena globalización, y en el que las relaciones crecen y con ellas la diversidad de identidades, las cuales son a la vez cambiantes y flexibles.

La tergiversación política del término, puede hacer resurgir el racismo y la discriminación bajo el amparo de las denominadas diferencias culturales. Esta afirmación de las diferencias es, en muchos casos, paradójicamente incentivada por los crecientes rasgos en común que tiene nuestra sociedad globalizada.

Si bien las culturas derivan de las disparidades entre individuos y grupos, la globalización comporta procesos de estandarización cultural, con los que surgen los nacionalismos separatistas. Es esta reivindicación de las diferencias lo que a día de hoy está dotando de mayor importancia al concepto de cultura.

Es por ello que se hace imprescindible comprender la inestabilidad de la cultura y lo cambiable que resulta. Asimismo, puesto que se puede convertir en una potente herramienta de manipulación con la que crear fronteras sociales, es conveniente observar en profundidad algunos de sus rasgos más característicos.

 

La cultura es un comportamiento que se aprende a través de los procesos de socialización, ya sea de manera cotidiana o a través de ritos o costumbres, que nos brinda la comprensión sobre cómo actuar según el contexto de la situación. Esta se construye a lo largo de generaciones y siempre está en transformación. Un ejemplo de este continuo cambio lo encontramos en el Hip Hop español, un movimiento artístico y social que forma parte de la cultura urbana del país.  Este, sin dejar de mantener siempre los mismos pilares, los cuales vienen a ser el rap, el breakdance, el turntablism y el grafiti, su representación ha ido transformándose a lo largo de los años, pareciendo en ocasiones, para ojos del desconocimiento, dinámicas totalmente diferentes a las del pasado, con alteraciones incluso en los valores generales que con ellas se transmiten.

La cultura también son las formas de percibir; creencias y perspectivas que dotan de significado la realidad que nos rodea. Una muestra de ello la encontramos en la sociedad moderna, en la que impera una visión materialista exacerbada, concibiendo la existencia únicamente como la vida en el plano físico.

Los símbolos se utilizan como transmisores de cultura. Si bien estos se asocian a elementos místicos o religiosos, su espectro es mucho más amplio, pues los utilizamos para referirnos a nuestra realidad. De hecho, el lenguaje articulado, el cual fue un importantísimo instrumento evolutivo, y que todos utilizamos para expresar ideas, no deja de ser un conjunto de símbolos.

El relativismo y la diferencia son parte intrínseca de la cultura, pues cada individuo tiene sus propias coordenadas culturales, independientemente del contexto social, creencias, valores y símbolos compartidos con el grupo, así como del conjunto de otros aspectos integrados en el entorno en el que encuentra. Es por ello que mi hermano y yo, si bien partimos de una misma base cultural, cada uno de nosotros observa el mundo con sus propios ojos y nos formulamos criterios diferentes sobre una misma realidad. Asimismo, esta diferenciación se ve amplificada con relación a mi vecina, de sesenta años, religiosa, actriz y millonaria. Esto nos enseña que, incluso compartiendo una misma cultura, podemos encontrarnos con una enorme heterogeneidad.

 

Como vemos, las particularidades y características de una cultura están vinculadas con el entorno social y político, y ésta se va modelando y adaptando según los acontecimientos que se dan en dichos ámbitos. Con todo ello, vemos que los discursos basados en la exclusión cultural, en cualquiera de sus formas, no disponen de fundamento sólido alguno, puesto que incluso el mismo concepto de cultura carece de estabilidad.

 

CUEVA DE LAS MANOS (Pintura Rupestre; río Pinturas, Santa Cruz – Argentina)

 

Edgar Zamora Malagón 

(Extracto adaptado del trabajo para la Prueba de Evaluación Continua de la asignatura “Educación Intercultural” de la UOC) 

TRES RETOS QUE DEBE AFRONTAR LA EDUCACIÓN SOCIAL

1. LOS PROCESOS DE IDENTIDAD:

Algunos de los grandes interrogantes estructurales de la Educación Social nunca van a tener una respuesta concreta. En nuestra profesión es tan importante aprender a plantear preguntas como a generar respuestas adaptadas al momento. Se nos impone un proceso reflexivo para ejercer nuestras labores comprendiendo que las soluciones no tienen por qué ser objetivas ni definitivas.

Un aspecto muy importante en el desarrollo de nuestra identidad profesional es la búsqueda de equilibrio entre el encargo externo y la definición de las funciones propias del educador. Por lo tanto, si queremos adentrarnos en el sentido moral de la profesión e ir más allá de los procedimientos y estrategias, tenemos que preguntarnos de qué y ante quien somos responsables.

Puesto que buena parte de las dificultades que encontramos en el contexto educativo se basan en problemas cuya identificación y solución no son claras, nuestra mirada ha de ser amplia, bondadosa y estar ligada a una acción técnica con la que podernos adentrar en la dimensión política con firmeza.

Si bien el educador social debe ser un técnico eficaz, no debe olvidar el compromiso moral en el ejercicio de su actividad, puesto que la esencia de la profesión es la acción política en pro del bienestar social. Asimismo, dicho compromiso puede manifestarse a través del rigor técnico en las labores de cambio y promoción social.

La identificación de las características específicas de la profesión puede llevarse a cabo observando los aspectos generales, los ámbitos de acción y las instituciones concretas. Cada nivel expuesto construye guías de referencia, útiles en la resolución de conflictos.

Una vez hallamos nuestra identidad profesional, es necesario cooperar con otras profesiones debido a la complejidad de las problemáticas actuales. De esta manera se aparta del centro a la profesión para introducir en él a las personas y sus derechos.

En relación a este primer reto, podemos concluir que la esencia de la Educación Social está en unos valores básicos, en función de los cuales se establece una finalidad, que se halla en acciones desarrolladas honestamente.

 

2. LOS POSICIONAMIENTOS MORALES DESDE LOS QUE SE EJERCE LA PROFESIÓN:

La Educación Social debe tratar de manera explícita sus valores y deontología. La profesión evoluciona con la sociedad, así que su posición moral debe actualizarse constantemente.
Los educadores debemos comprometernos con la confianza en el progreso de las personas que se educan. Puesto que estamos implicados personalmente en dicha tarea no se nos puede sustituir con facilidad, ya que para obtener buenos resultados han de crearse vínculos imprescindibles.

Como educadores podemos experimentar graves situaciones de crisis que se originan en los conflictos de valor para los que quizás no dispongamos de los elementos que nos ayuden en su resolución. Algunas herramientas para la construcción de una auténtica ética aplicada pueden ser las guías de referencia y de buenas prácticas, los protocolos de gestión de conflictos, los comités de apoyo a los profesionales y de conducta de los mismos.

 

3. LA MEJORA DEL RIGOR EN EL EJERCICIO PROFESIONAL:

El diseño técnico asegura un mayor rigor en las actuaciones educativas. En el campo social existen variables que se identifican y se controlan, variables que se identifican pero no se controlan y variables que ni se identifican ni se controlan.

Debemos crear un equilibrio entre tecnología y creatividad. Se debe buscar un orden a través de la planificación sin olvidar la flexibilidad creativa cotidiana. El profesional de la acción social diseña desde la investigación y la acción, adaptando las propuestas a las diferentes realidades. Y lo hace desde una perspectiva crítica y reflexiva, donde lo descriptivo y lo interpretativo no se excluyen.

En relación al diseño y a la responsabilidad moral es necesario tener en cuenta que trabajamos en la comunidad para mejorar las posibilidades y las limitaciones de la educación. Asimismo, el éxito de las acciones educativas está ligado a la previsibilidad y a la anticipación de las consecuencias, junto al análisis de los riesgos que asumimos. El contexto educativo es un espacio de seguridad donde podemos correr el riesgo de equivocarnos sin sufrir las consecuencias del error, dado que como profesionales compensamos los aspectos deficitarios. Los educadores, si bien no controlamos todas las variables ni a las personas con las que trabajamos, debemos crear las condiciones para que los sujeto puedan realizar las acciones que se consideran adecuadas. El análisis del riesgo es una cuestión fundamental que debe desarrollarse en los próximos años.

La Educación Social también tiene como reto la especialización en los distintos ámbitos de acción, pues el conocimiento especializado permite la exactitud y la eficacia. Esto implica el desarrollo de una actitud de estudio e investigación por parte de los profesionales en nuestra actividad cotidiana, así como el abrirnos a compartir el conocimiento para que otros puedan estudiar e investigar y de ello devengan nuevos conocimientos. Asimismo, se hace imprescindible la estructuración de propuestas curriculares amplias y flexibles para cada ámbito de la Educación Social, con las cuales aumentar el rigor de la cultura profesional.

Sobre el perfeccionamiento en los diseños, cabe decir que es fundamental incorporar la planificación como un elemento de trabajo cotidiano que conecte los objetivos de la educación con las actuaciones específicas y los resultados esperados. Cada tipología de recurso debe adaptar el contenido de lo que trabaja y su metodología a sus particularidades. Todos los contextos educativos tienen un claro potencial pero en cada caso hay que buscar la propuesta educativa que se deriva de cada uno, así como las metodologías para obtener el máximo rendimiento. Las acciones educativas deben sistematizarse con necesaria flexibilidad según las posibilidades del contexto.

 

ARTÍCULO INSPIRADO EN:

Vilar J. Martin. (2018). Comenzando una nueva etapa. UOC.

INVESTIGACIÓN MILITANTE

La Investigación Militante es la seña de identidad de un número cada vez más significativo de colectivos y movimientos implicados en la acción social.

 

La práctica de esta militancia se basa en el pensamiento y expresión de una política del contrapoder. La esencia de dicho concepto está en la resistencia frente al poder establecido, en la insurrección y en la constitución de un nuevo poder creativo. Desde el contrapoder se establecen relaciones humanas asentadas en experiencias alternativas de lucha en pro de la multiplicidad, la solidaridad y la libertad.

 

Los investigadores militantes tienen como premisa cuidar de la dignidad de las personas, así como de la justicia social. Desde este prisma se dejan de concebir las formas de fabricación capitalista y masmediática como posibilidades de acción y se abren camino a través de dispositivos de producción basados en la singularización colectiva.

 

Su aplicación en el estudio pedagógico y en la práctica de la educación social lleva a la rotura de paradigmas basados en formas reduccionistas del ser humano y en consignas generalistas. La investigación militante se aparta de las recomendaciones normativas y de las lecturas intelectuales y dirige las acciones sociales educativas por la senda de la experimentación efectiva, haciendo que el pensamiento pedagógico atraviese de forma transversal tanto los niveles microsociales como los institucionales y globales. Une ambas disciplinas desarrollando una manera de pensar físicamente activa en voz y acciones, e implicada en la concepción alegre de la lucha social, con el fin de apropiarse del porvenir.

 

La construcción de mapas de acción ayuda a comunicar los fundamentos de nuestra disciplina. En ellos se expone lo que se está viviendo, lo que se ha experimentado y el camino dinámico que se hace. Con estos mapas se expresa todo aquello que suele quedar al margen de las prácticas oficiales.

 

Lo anterior cobra sentido gracias a la figura del Investigador Militante, pues éste es quien desarrolla y aplica aquellas iniciativas que desde la sociabilidad buscan el reconocimiento de la propia humanidad por parte de las personas y grupos, trabajando de forma local en colectivos autónomos que traspasan las reglas que la academia impone. Esto se lleva a cabo haciendo frente a las limitaciones perceptuales de las miradas dominantes sin caer en la trampa del enfrentamiento, la oposición o el victimismo.

 

Y es gracias a la horizontalidad ética con la que actúa la Investigación Militante, provista de la mirada inocente, extrañada y sensible de un niño al ver y cuestionarse la realidad del mundo que percibe, que se logra la libertad interna de los propios militantes. Lo cual suele resultar en un verdadero impacto positivo y transformador del corazón de los seres con los que se trabaja, a los cuales no se objetualiza, y se convierten así en actores políticos que se mueven inspirados por el encuentro con la verdad común.

 

ARTÍCULO INSPIRADO EN:

García Molina, José (2012) ¿Politizar la investigación pedagógica?, Cartografías pedagógicas para educadores sociales. Editorial UOC. Colección Laboratorio de Educación Social nº 4.

 

ACCIÓN VS INTERVENCIÓN

La Acción Educativa ofrece recursos para que cada sujeto  de la educación pueda autolegitimarse en sus derechos.  Podemos entender dicha acción como procesos de soporte cultural para que cada sujeto se construya como tal, conviviendo con otros. Se sustenta en la noción de socialidad, la cual retoma la idea del sujeto como lugar de libertad, a diferencia de la socialización, que responde más a la idea de producción en masa proveniente del capitalismo industrial. Está abierta al acontecimiento, a lo que emerge, y lo que emerge es el propio sujeto. No hay un plan previo; nadie tiene que llegar a un sitio preestablecido, sino a aquellos a los que el propio sujeto se dirige y crea o recrea y le permiten seguir rumbo a otros. La educación entendida como acción procura poner a los sujetos en contacto con la cultura plural, provocando y planteando condiciones de encuentros, apropiación, uso y transformación. Ésta se sostiene tanto en el agente como en el sujeto de la educación. Cada uno está convocado a hacer un trabajo diferente. Lo específico de la acción educativa es justamente el tema de la enseñanza, mostrar, ponerse en juego, desempeñar la profesión de pasador de cultura; y el trabajo del sujeto, que es un trabajo de descodificación y apropiación en función de sus intereses y singularidades.

Por el contrario, debemos saber que la Intervención Educativa es la devaluación de la acción educativa y del papel del propio educador. Surge del higienismo subyacente del neoliberalismo  a finales del siglo XX y comienzos del actual. Algunos de sus efectos son el corte de todo nexo entre práctica y teoría, y la erradicación del aspecto impredecible e incalculable del acto educativo. Las prácticas de las intervenciones educativas norman y rigen sobre los sujetos a los que se aplica un protocolo, en cuyo diseño no participa quien lo aplica. De esta manera se ahorra la inversión en disciplina social, apelando a rigurosos mecanismos de control que tienen que ver con la erradicación de los derechos del ciudadano y así el paradigma de seguridad arrasa con la idea de libertad. Para su desarrollo no se necesitó un discurso que pusiera en entredicho las verdades hasta el momento, sino que es resultado de un supuesto y pueril discurso pedagógico que legitima la política de control y a las intervenciones a las que da lugar, sustituyendo así las políticas y acciones de alcance educativo. Un porcentaje significativo del profesorado está absolutamente de acuerdo con esos discursos políticos de la educación devenida a puro control social, sostenida en y por la ignorancia, sin cuestionar ningún elemento de los discursos hegemónicos, se da por supuesto y sobre eso avanza. La intervención tiene el sentido de fabricar, sigue un plan predeterminado, quien la realiza sabe cuáles son los objetivos, los tiempos, el sentido último al que debe llegar el sujeto de su intervención. El que interviene considera que el sujeto mejora si cumple con lo establecido, si se somete, si admite que lo que se ha pensado para él es lo mejor y lo cumple. Por el contrario, si el sujeto se empecina en otra cosa, será tildado de problemático y enviado al circuito que le conviene. Esta es la tragedia de la educación social. Desde la intervención en relación a las poblaciones denominadas especiales, se define al sujeto en riesgo como ineducable y frente a esta definición antológica se considera que nada se puede hacer excepto ponerle en el grupo que le toca.

El cuarenta por ciento de los niños pasan por toda la escolaridad obligaría y salen analfabetos. Del sesenta por ciento restante de adolescentes, no todos se enteran de lo que leen. Leer significa descodificar la realidad y la escritura permite escribir y reescribir el mundo y nuestra propia historia. Este fracaso no es un error, es toda una estructura que se orienta a producir dispositivos de control por franjas etarias: Los pequeños en el jardín de infancia, los niños en la primaria y los adolescentes en la secundaria. Lo que produce la escolarización obligatoria es ignorancia acerca de ellos mismos y del mundo, y ahora se amplía al mundo universitario. Hoy las Universidades acomparsan al discurso empresarial e higienista, cortando los vínculos, negando el saber, transformando los conocimientos en competencias y negando la condición de posibilidad de un pensamiento crítico. Este discurso de las competencias es otra herramienta de control. Todo sujeto que quiera trabajar, debe adecuarse a las demandas del mercado. En el ámbito de las profesiones sociales, adoptan una jerigonza incomprensible que encubre las tareas de control a las que los estudiantes serán abocados. De esta manera se evitan las preguntas, pues están absolutamente obturadas. El tema de las competencias, proveniente del discurso neoliberal, surge del descubrimiento de que el sujeto es el protagonista, este papel se desdibuja y se convierte a la persona en un actor adaptado al mercado laboral, así que no importa que éste aprenda a pensar, sino que le sea útil al mercado. Lamentablemente, el discurso empresarial ha devenido discurso hegemónico y lo educativo ha quedado como una especie subsidiaria de esa lógica. Ir en contra de esa lógica de la empleabilidad, supone reivindicar el papel del educador como profesional responsable de la acción y no mero aplicador del protocolo que se le plantea que debe aplicar.

Artículo inspirado en: 

Hernandez, G. (2011). “Debates educativos desde la Pedagogia social. Entrevista a Violeta Nuñez.” Perfiles Educativos, Vol. XXXIII, num.134.

 

EL PROCESO DE CONSTRUCCIÓN DE LA EDUCACIÓN SOCIAL EN ESPAÑA

Antecedentes:

Los primeros antecedentes de la Educación Social se remontan a los criterios incorporados en las declaraciones por los derechos humanos surgidos de las Revoluciones Americana y Francesa. Ideas encarnadas en los movimientos anarquistas y socialistas que dirigieron las luchas obreras y las revueltas populares.

Intelectuales reformistas, en su papel de educadores o profesores, viajaron a Europa con la intención de contribuir pedagógicamente a la superación de la miseria interna y externa de sus ciudadanos. Buscaban el desarrollo de una mayor humanización de la sociedad, la transformación ética, cultural y política de los pueblos.

 

En 1947 surge en Francia el precedente del Educador Social, denominado Educador Especializado, se funda la Asociación Nacional de Educadores de Jóvenes Inadaptados (ANEJI) y un año después comienza a emprender acciones a nivel internacional en Europa y Norteamérica. Se pretendían paliar múltiples problemas causados por la industrialización, la segunda guerra mundial y el cierre de las casas paternales.

Alemania es otro país pionero de la Educación Social. En 1945 inauguran las primeras escuelas de Educación Especializada como respuesta a las problemáticas colectivas de la época.

 

Las etapas más conflictivas de la humanidad siempre han llevado al máximo apogeo de la acción social educativa. El progreso humano viene acompañado del aumento de la marginación y el abandono, especialmente en el caso de los infantes. Es por ello que en los últimos cuatro siglos, la Educación Social cobra especial importancia. La Europa de la postguerra, desolada, hundida en la miseria, con los valores en crisis y la delincuencia en aumento, resultó ser el espacio adecuado para el desarrollo de la profesión.

 

La diversidad de problemáticas que han llevado a la concepción de la Educación Social como tal, ha hecho que la figura profesional inherente a esta, se desarrolle en la polivalencia. El pensamiento pedagógico-social europeo, el del mundo anglosajón y el de la tradición francófona, permitieron suscribir el trabajo de acción social en parámetros educacionales, redefiniendo el discurso de control social y cuestionando las figuras representativas del mismo hasta entonces. Veamos algunas de las aportaciones de estas tres corrientes de pensamiento y acción llegadas a España a lo largo del siglo XX:

 

  • Corriente Alemana: Se trata de una línea teórico-filosófica que combina la idea de humanizar la educación en el marco de la vida comunitaria con la atención a los problemas de adaptación infantil y juvenil. Conforma el pensamiento universitario inicial sobre la pedagogía social y reivindica la relación dialéctica entre teoría y praxis.
  • Corriente Francófona: Es una práctica centrada en la resolución de problemáticas sociales concretas. Incide en el activismo pedagógico y en la democratización de la enseñanza. Sus aportes se proyectan en metodologías orientadas a actuar en grupos en situaciones marginales. Es una corriente impulsada por personas de las mismas comunidades en las que actúa.
  • Corriente Anglosajona: Es pragmática, empirista y cientifista. Sus intervenciones han sido paliativas o terapéuticas. Sus iniciativas se basan en servicios sociales y prestaciones en las que participan profesionales superiores formados en la universidad.

 

 Reconocimiento:

Los movimientos de renovación educativa, la iniciativa de colectivos y entidades sociales o el quehacer cotidiano de miles de profesionales nos permiten entender el progreso histórico de la Educación Social. Y es que se trata de una construcción histórica que elabora su propio entendimiento de la realidad gracias a los diversos actores que han intervenido en su profesionalización.

 

Gracias a la motivación por servir en la vida comunitaria y con la voluntad de agrandar los derechos humanos y las oportunidades educativas, se fueron ampliando los horizontes de la educación más allá de las aulas, desarrollando nuevos modos de educar. Desde el principio el propósito era el de abrir la educación a la comunidad, armonizar la formación de sus miembros y atender a las carencias y necesidades poblacionales, especialmente las de los niños y jóvenes, así como dar respuesta a las desigualdades, la pobreza y la exclusión.

 

La Educación Especializada surge en una etapa de cambios económicos, sociales y políticos, en los que la dimensión social de la educación cobra importancia y las comunidades deben afrontar el individualismo. Es un momento en el que se impulsan las democracias y el estado de bienestar, en el que se activa la conciencia de responsabilidad social ante los problemas de los ciudadanos.

 

El proceso de institucionalización se inició con acciones desarrolladas por agentes informales en barrios y comunidades, y con las iniciativas emprendidas por diversos colectivos. Por otro lado, fueron las administraciones locales las primeras en ocuparse de la formación de estos agentes.

 

A nivel internacional se iniciaban procesos de formación experimental de educadores especializados con el fin de que dicha educación fuese una realidad profesional. En España surgieron las primeras organizaciones y asociaciones en distintas comunidades autónomas españolas. Sus miembros, educadores, buscaban promover e intercambiar experiencias, así como fomentar el reconocimiento legal de la actividad.

Muchos de estos proyectos acabarían transformándose en colegios oficiales de educación social, los cuales perseguirían una jurisdicción social y laboral.

 

Se estaba trabajando en dos líneas paralelas y complementarias. El diseño de una formación específica y profesional y la construcción de una estructura asociativa que fomentara la conciencia del colectivo.

 

Pocas instituciones tenían claro que requerían de personal con un perfil profesional que todavía no existía. Sin embargo, sus trabajadores sentían la necesidad de formación, la cual resultó ser un factor clave para que la educación especializada pasara de ser una ocupación a una profesión.

 

En 1969 se crea el Centro de Formación de Educadores Especializados de Barcelona, el cual, años más tarde dirigiría la configuración de la figura del Educador Social.

Muchas instituciones y organizaciones participaron en la elaboración del proyecto CFEEB, siendo la Asociación de Padres de Subnormales del Hospitalet, el Instituto Genus y el Instituto de Reinserción Social, los que firmaron un contrato para su creación. Estas entidades compartían el objetivo común de formación de personal y acabaron convirtiéndose en el Consejo Directivo del centro.

El objetivo del CFEEB era el de responder a la necesidad formativa de los educadores sin limitar su acción a las personas residentes en Barcelona, asimismo pretendía prestar una formación que influyera y generase dinámicas y relaciones grupales.

 

La llegada de los ayuntamientos democráticos y de los servicios sociales de atención primaria permitió a los educadores tener experiencias de trabajo en plena calle. Dicha normalización democrática conllevó una importante demanda de educadores de manera rápida, lo cual supuso un crecimiento poco armónico de la profesión.

 

El momento social en el que todo esto se lleva a cabo se incluye dentro del tardo franquismo. Es por ello que algunas personas que hacían de educadores en aquella situación eran individuos comprometidos social y también políticamente.

El deseo de aquellos educadores era el de introducir un cambio en las instituciones establecidas o el de crear otras con estructuras originales. Sentían la necesidad de reflexionar sobre su trabajo y buscar caminos nuevos, huyendo de los discursos teóricos sin implicación práctica.

 

Los educadores que se estaban formando eran personas que ya estaban trabajando, así que su trabajo diario se convirtió en el eje central de la formación, que se desarrollaba quincenalmente en encuentros de fin de semana. Se hicieron grupos de análisis de la práctica educativa a partir de las observaciones llevadas a cabo en situaciones reales, grupos de sensibilización y otras dinámicas.

 

En paralelo se estaba desarrollando el Sector Teórico de la formación, donde se aprendía a valorar críticamente aspectos individuales y sociales, y el Sector Técnico, cuya finalidad era la de aprender técnicas útiles de diferentes niveles educativos.

 

Sobre el profesorado, pese a las dificultades iniciales para encontrar a personas que entendieran correctamente el tema, se consiguió reunir a un colectivo profesional adecuado. La participación de algunos era estrictamente de docencia formal, mientras que otros ejercían dinámicas formativas más complejas.

 

En la formación estaban presentes las ideas de participación y trabajo cooperativo, la corriente sociopedagógica, los movimientos de antipsiquiatría y la línea de la pedagogía de la libertad.

 

Aquel era un momento de renovación pedagógica y la gran mayoría de los estudiantes buscaban la renovación  social a través de la educación. Es por ello que a principios de los años setenta se dieron algunos conflictos importantes que si bien tomaron forma de conflicto laboral, escondían el choque entre planteamientos pedagógicos renovados y prácticas asilares de institución.

 

Los ámbitos en donde más se vieron los efectos de la formación fueron el de los disminuidos psíquicos, la salud mental y el de las personas con dificultades sociales.

 

Profesionalización:

El trabajo interno de los implicados, fruto de la Educación Especializada, la Animación Sociocultural y la Educación de Adultos, culmina con el reconocimiento universitario de la Educación Social y con la aparición de los Colegios Profesionales.

 

El Ministerio de Educación y Ciencia incorporó la titulación de Educación Social en 1991, y en 1996 se graduó la primera promoción de diplomados. Ese mismo año apareció el primer colegio oficial de Educadores Sociales en Cataluña, y en los siguientes años se fueron desarrollando más colegios en otras comunidades autónomas. En el año 2000 se crea la Asociación Estatal de Educadores Sociales, unificando todos los colegios y organizaciones a nivel nacional para trabajar conjuntamente en la construcción de la profesión y su representación en el estado y ante organismos internacionales de Educación Social. En 2002 se elabora un código ético y deontológico por parte de ASEDES con el fin de guiar las actuaciones de los profesionales, flexible y abierto a recibir aportaciones por parte de las comisiones, colegios y asociaciones que lo pongan en funcionamiento. La creación de una sociedad científica (SIPS) ha permitido dar continuidad a los logros más estimables de la Pedagogía y la Educación Social.

 

En dicha profesionalización debemos tener en cuenta que no solo participan los Profesionales o la Universidad, sino que el Estado, con sus políticas y servicios sociales y el Mercado, que ofrece ocupación, son actores con una importante presencia y responsabilidad en dicho campo. Asimismo, ninguno de los actores expuestos tendría razón de ser sin los Usuarios a los que se atiende.

 

Las funciones de la Educación Social han evolucionado con el fin de construir una identidad profesional adecuada al momento actual. La demanda de prestaciones sociales y educativas son cada vez mayores a causa de un mercado laboral flexible y serios problemas de pobreza, marginación y exclusión social. La Educación Social promueve una sociedad que eduque y una educación que socialice e integre.

 

Las situaciones de crisis que experimentan nuestras sociedades, generan entornos adversos, paradójicamente propicios para el desarrollo de la Pedagogía y Educación Sociales. La primera como ciencia teórico-práctica de los fenómenos socioeducativos y la segunda como práctica profesional que se compromete y actúa en y con ellos.

Ambas profesiones están integradas por dos colectivos que forman parte de un campo único. Los teóricos y los prácticos de la educación social se nutren recíprocamente de lo que nace en la teoría y de lo que emerge de la práctica. La primera sin la segunda se torna especulación vacía e inútil, mientras que la segunda sin la primera se convierte en acción cerrada, rutinaria y carente de vida. Es por ello que ambas profesiones se necesitan para crecer e innovar en el conocimiento teórico y práctico a la vez que para mejorar sus acciones.

 

La relación entre la academia y la profesión intenta ser cordial y colaborativa, sin embargo, ambas han seguido caminos divergentes y han experimentado momentos difíciles, es por ello que actualmente resulta necesario tender puentes entre la Universidad y los Profesionales de la Educación Social.

 

La formación universitaria podría haberse construido con una participación más activa de los colectivos profesionales. Sin embargo se generaron planes de estudio que adolecían de perspectivas prácticas y concretas, así como de materias sólidas, y recargaron de formatos excesivamente formalistas. Esto demostró que la aprobación del título no era suficiente para el reconocimiento profesional y la consecuente socialización de la profesión. De todas formas, si se hubiera pensado en un reconocimiento social que integrara los elementos de buenas prácticas, formación y remuneración adecuada sin pisar la universidad, se habría cometido una ingenuidad.

 

La futura aproximación del colectivo profesional dará unos resultados diferentes de los que hubiera dado si se hubiera hecho desde el comienzo. Será diferente por la gran cantidad de profesionales actuales surgidos a partir de la diplomatura universitaria que no han sido enriquecidos por la trayectoria que los profesionales habían generado, añadida a las aportaciones conceptuales de la elaboración universitaria.

Esta es una pérdida importante que se recuperará con el tiempo, cuando los profesionales se enfrenten con la realidad educativa y necesiten que las reflexiones para vencer estas dificultades sean enriquecidas por los análisis conceptuales que se pueden hacer desde la universidad.

 

La formación se haya ligada a la progresiva institucionalización de la profesión. Los primeros años, las universidades no disponían de suficiente profesorado formado en Educación Social. Eso generó un trasvase de personas que accedieron del mundo profesional al universitario. Este es un fenómeno que se sigue produciendo en la actualidad.

 

Los procesos de normalización de la profesión han conseguido que se haya pasado de un nicho de ocupación, prácticamente copado por las administraciones públicas a una situación de relativo equilibrio entre aquellas y el tercer sector. Sin embargo, aún quedan por explorar y desarrollar las posibilidades que puede brindar el sector empresarial, junto con el autoempleo y el emprendimiento. Esta podría ser una línea de futuro a explorar conjuntamente por académicos y profesionales, tanto en la formación como en la investigación.

 

Lo que se ha ganado en el proceso de profesionalización no se puede valorar en términos absolutos pero puede decirse que ha permitido que el colectivo de educadores sea extenso y tenga una estructura representativa. La extensión se ha producido por la creación de puestos de trabajo para educadores y por la salida anual de promociones de la universidad. La representatividad, en cambio, pide la participación activa de los educadores en su organización corporativa, considerando los riesgos de tipo social y profesional que ésta comporta, para que esté presente en la consecución de buenas prácticas, una formación y remuneración adecuadas, de acuerdo con las dificultades que el trabajo exige.

 

Al margen de la visión de la marginalidad existen otros enfoques con los que la profesión actúa, como la correcta socialización, la intervención educativa cerca de la inadaptación social, la formación social y política del individuo y la perspectiva educativa y no meramente asistencial del Educador Social.

 

A partir de ahora se ha de trabajar para consolidar la presencia de la Educación Social y desarrollar su gran potencial delante de las nuevas necesidades sociales.

 

BIBLIOGRAFIA:

ASEDES (2002). Documentos Profesionalizadores de la Educación Social. CGCEES.

Habib, M. (2013). “Aproximación histórica a una de las profesiones sociales: la Educación Social”. A Revista Educación Social (RES), N. 17.

Ortega, J.; Caride, J.A.; Úcar, X. (2013). “La Pedagogía Social en la formación – profesionalización de los educadores y las educadoras sociales, o de cuando el pasado construye futuros”. A Revista Educación Social (RES). N. 17

Moyano S. Mangas. (2018) Educación Social. UOC

Saez J. Carreras. (2018). La reorganización conceptual del campo de conocimiento. UOC.

Vilar J. Martin. (2018). Comenzando una nueva etapa. UOC.

Vilar, J.; Planella, J. (2011). Fundamentos históricos de la educación social: una entrevista a Toni Julià. RES (revista de educación social) n. 12. EDUSO.