NAHIA (Capítulo I)

Todavía no había amanecido y Algar saltaba de un árbol a otro del Valle Nimura. Iba detrás de un grupo de Skirlas, polillas luminiscentes, grandes y muy jugosas. Se estaba acercando a la Montaña de los Cadáveres cuando cazó a una de esas mariposas regordetas, y mientras estrujaba su abdomen con ambas manos y succionaba el dulce líquido de sus entrañas por el ano, escuchó los salvajes gruñidos de los Pershambals, seguramente detrás de alguna presa.

 

El sapo se acercó un poco más para ver lo que perseguían aquellos pequeños felinos descerebrados. Era un ser reptil, que les superaba en tamaño y agilidad; a juzgar por sus prominentes y tersos senos, probablemente se trataba de una joven hembra. Ella corría por salvar su vida, pero eran muchos y se le tiraban a las extremidades con zarpas y dientes infecciosos. En un segundo, uno de los Pershambals se lanzó a su larga cola, ella siguió corriendo, arrastrando a aquel mal bicho del que no conseguía desprenderse.

 

Algar saltó desde la copa de un alto árbol, extendió los brazos, dejando ver unas amplias membranas que utilizaba para deslizarse en el aire. Cuando se encontró justo encima de aquellos dos se dejó caer, sacó de su espalda lo que parecía un afilado machete y cortó la cola de aquella reptiloide. Ésta se desprendió con el gato aun agarrado y en un segundo se le abalanzaron el resto de criaturas, más rabiosas y enloquecidas aun por la sangre fresca.

 

La reptil se desmayó y por la velocidad que había llevado comenzó a rodar saliéndose del sendero y cayendo por el desfiladero de la montaña. Algar se apresuró a ayudarla, cuando llegó a su posición el cuerpo ya estaba abajo y aunque parecía inerte todavía respiraba.

 

Ya era de día, Algar pudo ver con claridad sus magulladuras, estas la hacían tan visible para los depredadores que iba a resultar un milagro que no se la comieran. Si bien, la sangre, que había brotado de los mordiscos y zarpazos en brazos y piernas, impregnaba buena parte de sus blancas y duras escamas, ninguna de las heridas parecía profunda. No se iba a desangrar pero las bacterias de los dientes y garras de los Pershambals ya la habían infectado; Algar lo sabía, tenía fiebre y su respiración era muy débil. En pocas horas ya no podría moverse, sus pulmones se encharcarían y moriría asfixiada con intensos dolores; no podía dejarla allí.

 

Pesaba mucho como para dirigirse a su hogar saltando de árbol en árbol, tendría que caminar algunos quilómetros con ella a cuestas, así que la cogió de los pies, miró al cielo, rezó a sus Dioses para que le ayudaran a salvarle la vida y se puso en camino.

 

La joven volvió en sí durante unos instantes; vio que estaba siendo arrastrada por un Cova. Pese a la diferencia de tamaño, este disponía de grandes manos con largos dedos para sujetar sus tobillos. Dolorida e incapaz de mover las piernas, gritó una serie de improperios a la par que pedía que la soltara. El Cova, pese a no hablar su misma lengua, comprendió perfectamente el significado de esas voces y gestos, giró su desproporcionada cabeza, la miró de reojo con sus enormes ojos de pupilas dilatadas, sonrió y siguió caminando. Ella estaba muy débil y gastó sus pocas fuerzas en forcejear inútilmente, por lo que volvió a perder el conocimiento.

 

Cuando Taluya despertó tenía el cuerpo sumergido en una charca de agua gelatinosa, en cuya superficie flotaban pequeñas florecillas negras y hojas secas de un color tan blanco como sus escamas. Débil, seguía sin poder mover la parte inferior de su cuerpo, pero se percató de que las heridas de sus brazos se estaban cerrando.

 

Algar llegó con un vaso de madera, se alegró al ver que ya había despertado y amablemente se lo ofreció. No se entendían verbalmente pero los graciosos gestos que él hacía le dieron a entender a Taluya que aquella bebida le ayudaría a recuperarse. Recelosa, pero sin poder salir de allí y obligada a confiar en aquel delgado y cabezón sapo azul, tomó un sorbo del líquido más amargo y asqueroso que había probado en su vida. Algar insistió en que se lo bebiera todo, mientras posaba la mano en su frente para comprobar que la fiebre había descendido.

 

Edgar Zamora Malagón
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