NAHIA (Capítulo VII)

Las Succas les estaban comiendo a todos, excepto a Algar, que disfrutaba dejando la lengua fuera del paladar para que aquellas moscas se posasen sobre la misma y se quedasen pegadas por la saliva para luego zampárselas sin masticar. Las fétidas aguas del Manglar atraían a una gran cantidad de insectos necrófagos. Drem mostraba el instinto felino observando su movimiento en el aire y dando zarpazos en cuanto aterrizaban. A Taluya le sorprendía la impasibilidad de los Gryn frente a aquellos fastidiosos bichos que incluso caminaban por sus ojos, se les metían por los orificios nasales y volvían a salir como si nada.

 

Los Gryn son considerados médicos en todo el continente. Tienen la capacidad de observar con claridad el campo energético de los individuos y de detectar cuando algo no funciona bien en el organismo. Asimismo conocen miles de recetas curativas para paliar un sinnúmero de males.

Mientras Kalan les explicaba lo anterior, Nuga interpeló si sabían algo sobre el paradero de los machos Ishimi.

 

Esta vez el mastodonte hizo de traductor. La familia disfrutaba del atardecer en las podridas aguas cuando observaron como un disco volador bajaba silenciosamente de los cielos a toda velocidad. Aterrizó en una planicie al otro lado del manglar, era negro, plano y no desprendía luz alguna. Los Gryn se alarmaron, Chap, el padre, llamó a sus tres hijos para que volvieran a su lado. Creta, la madre, rodeó a los gemelos con sus brazos, posando sus manos palmípedas sobre sus rostros. Del platillo se abrió una compuerta y de su interior surgió una suave luz azulada de la que salieron una decena de Sufrits que por su pelaje parecían proceder de las Ciénagas Rocosas. Pretendían mantener el sigilo, aunque sus guarridos constantes llamaban la atención de todas las criaturas del manglar. En cuanto los cerdos estuvieron a varios metros de la nave, ésta se elevó hacia lo más alto sin movimiento horizontal alguno, hasta ser prácticamente un punto negro indetectable en el cielo. Cuando los testudíneos vieron que los cerdos entraban en el barro y se acercaban, corrieron a esconderse en su cueva. Les escucharon pasar muy cerca sin detenerse, atentos, hasta que sus ronquidos llegaron a ser imperceptibles.

Horas más tarde, cuando ya había caído la noche y los pequeños dormían, Chap, Creta y el hijo mayor, Growy, volvieron a escuchar los sonidos característicos de los Sufrits, de retorno, ésta vez con pasos más pesados. El joven, desobedeciendo a sus progenitores, se acercó a la salida de la cueva, tumbado sobre el suelo fangoso, con la cabeza y las extremidades encogidas en el interior del caparazón. Pudo ver lo que el reflejo lunar le permitió. Llevaban perros en sacos de rejilla colgados al hombro. No sabía si estaban muertos o inconscientes pero no detectó movimiento alguno. Los gorrinos, con el pecho inflado de satisfacción iban acompañados por un Ishimi joven y escuálido con apariencia triste. Growy se arrastró un poco más, parándose en seco cuando el can pareció detectar su presencia. El corazón le iba a mil por hora y sin embargo, Trog desvió su mirada hacia el Sufrit que caminaba a su lado, preguntándole algo incomprensible para la tortuga.

La nave volvió a aterrizar tal como lo había hecho anteriormente, entraron en ella y poco después desapareció en las alturas. Desde entonces no volvieron a saber de ellos.

 

Que Trog fuera un traidor no le entraba en la cabeza a la cánida. Pensó en la posibilidad de que estuviera siendo extorsionado con su esposa y sus padres como rehenes. El compromiso y el honor de un Ishimi para con su clan es generalmente irrompible, pero a ese precio ¿Quién no pasaría por alto la voz de su espíritu y se vendería a los mismísimos demonios? Sin embargo, esas criaturas eran cuanto menos idiotas ¿por qué no avisó al grupo y acabaron con ellos antes de que nada de esto sucediera? ¿Y esa nave? Aquellos cerdos no eran de ninguna manera virtuosos en tecnología. ¿Y para qué se llevaron a los perros?

Nuga lo había decidido, si los dichosos Sufrits procedían de las Ciénagas Rocosas, la única posibilidad de conocer algo más sobre el paradero de los machos Ishimi era dirigirse hacia dicho lugar. Se propuso seguir el camino a la mañana siguiente, sin embargo, los Gryn pidieron al grupo que se tomaran algunos días más de descanso para recuperar energía. El trayecto sería largo y dificultoso. Todos estuvieron de acuerdo y la perra tuvo que aceptar a regañadientes, pues sabía la bendición que sus amigos representaban.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo VI)

El mundo de Nahia se compone de cuatro continentes. Saura, situado a la izquierda en los mapas. Vera, conocida como la tierra del este. Shen, que se encuentra en la parte superior del planeta. Y Mirlowe, el sur del globo. Tiene cuatro estaciones de tres meses cada una, meses de dieciocho amaneceres y semanas de seis días compuestos por treinta y seis horas.

 

Ya era primavera en todo el continente Saura y habían pasado más de cuarenta días desde la desaparición de Fu. Nuestros amigos partieron al alba montando un ciempiés de la especie Numis, guiado por Kalan, en el que sobraba espacio para otro grupo de otros seis miembros o más. Iban bien equipados, tenían comida para un mes, medicinas y algunas armas básicas de supervivencia.

 

Tras la apariencia atemorizante de Kalan, se escondía un tipo simpático y parlanchín. Se pasó horas hablando sobre su clan, sus siete hijos y su esposa. Hablaba catorce lenguas, entre ellas la del Valle Nimura, aunque con un acento extraño que dificultaba aún más su comprensión por parte de Taluya, Algar y Drem. Nuga iba repitiendo sus palabras lentamente y ellos se esforzaban por entender. El sapo, que sonreía excesivamente con apariencia incómoda, no se enteraba de nada más que del afecto natural transmitido por sus camaradas.

 

La cánida deseaba pasar por cada una de las madrigueras de los Ishimi que acompañaron a Fu, quería volver a ver a las familias de su raza pero sobretodo recabar alguna pista, por pequeña que fuera, sobre el paradero de los varones, que Kalan y los otros Kinar hubieran pasado por alto. Entraban en aquellos hogares y eran recibidos con lágrimas en los ojos. Todas las madres, compañeras e hijos sabían exactamente lo mismo que Nuga, nada.

La última guarida era la de Trog. Estaba vacía. Ni su madre, ni sus hermanas, ni su joven esposa embarazada, se encontraban allí. Todo aquello era muy extraño, aunque cabía la posibilidad de que la familia también saliera en busca del querido can, Varla, la perra gestante, debía guardar reposo en sus últimas semanas de embarazo.

 

Siguieron la senda marcada hasta llegar al Manglar Rimbau. Atardecía y se sentían cansados, sin embargo, el Numis, que había guardado el olor de los Ishimi, se impacientó, parecía haber detectado algo, así que antes de parar, decidieron seguir con la búsqueda un poco más.

Los anaranjados exoesqueletos de los Girita, cubiertos por heces de aves carroñeras, llamaban la atención a lo lejos. El grupo se bajó del ciempiés y Kalan le ordenó que se mantuviera pasivo en la zona. Taluya, la rastreadora, no tardó en dar con el cuerpo podrido y medio devorado de uno de los perros. Nuga se echó a llorar pensando en la posibilidad de que ese cadáver fuera el de su compañero. Sus hijos, asustados por la reacción de la madre, gemían y se aferraban fuertemente a ella.

 

Enterraron al viejo Migun, la cánida lo reconoció por el pelaje canoso que aún quedaba en los restos y por los muchos dientes que faltaban en su dentadura. Aliviada por un instante, con el corazón en la mano y un gran pesar, dirigió unas plegarias a los Dioses de los Ishimi y suplicó su ayuda para encontrar a Fu y al resto de camaradas con vida. Los demás se mantuvieron en silencio y colaboradores.

 

Ya era de noche, así que se dirigieron al manglar, Kalan sabía que allí habitaba una familia de Gryn, seres reptiles que viven en cuevas de barro húmedo, conocidos por su gentileza y amabilidad, que probablemente les darían cobijo.

El mastodonte se acercó al hogar de una de las familias que solía comerciar con los Kinar y saludó en otro idioma extraño. De la profundidad, tras un largo silencio, una pequeña tortuga bípeda se abalanzó sobre él. Frente a la primera impresión hostil que recibió el grupo, las risas y los abrazos del grandullón les dieron a entender que eran bienvenidos.

 

Edgar Zamora Malagón
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