NAHIA (Capítulo V)

Fu salió de madrugada hacia Malitú tras recibir el aviso de peligro la tarde del día anterior. Se despidió de Nuga y de sus hijos emocionado pero de manera positiva y procurando mostrar despreocupación. Era un guerrero, su familia lo sabía y la misión no parecía ni de lejos la más peligrosa de su vida.

Colocó la montura en su Girita, y lo montó. Este es un crustáceo de grandes dimensiones, rápido y dócil con quien le alimenta; con una armadura natural de Keratina que recubre todo su cuerpo, ocho patas articuladas y dos potentes brazos en forma de pinza dentada.

Aunque era invierno, la playa apenas estaba a tres días y medio de camino, y se conocía el sendero perfectamente. Así que llevaba los víveres justos, varias tiras de Mimbu desecadas, cereales, algunas piezas de fruta en almíbar y agua. Su denso pelaje invernal le protegería del frío, por lo que eso no le preocupaba.

 

Debía encontrarse con once machos Ishimi a lo largo de su ruta. El día de su partida se reunió con tres de los miembros de su clan y al anochecer durmieron en la madriguera de uno de ellos. Tras una cena deliciosa y abundante, cantaron canciones de victoria y rememoraron viejas batallas con las que rieron y lloraron mientras tomaban Panrali, un licor incoloro destilado, extraído de los frutos de un árbol con propiedades narcóticas, que relaja y aviva recuerdos olvidados.

El segundo día ya eran siete, y al atardecer del tercero ya estaban todos juntos. Les quedaba un corto trayecto hasta Malitú, así que decidieron acampar en una pequeña planicie seca cercana al Manglar Rimbau.

La noche era fría y tranquila, la estación invernal permitía disfrutar del silencio, eventualmente roto por el traqueteo de las  pinzas de los Girita y el crispar de la hoguera. Los  Ishimi se mostraban serenos y somnolientos, a excepción de Trog,  que si bien se esforzaba por parecer sosegado, su forma de remover las ascuas con un palo demostraba cierto nerviosismo, algo que llamó la atención del resto del grupo. Los chicos hicieron alguna que otra broma sobre su valía y juventud, pues era el varón adulto más joven del clan y todavía no había protagonizado batalla alguna. El chaval, aparentemente impasible frente a las risas de sus compañeros, se ofreció voluntario para hacer la primera guardia, necesaria, teniendo en cuenta que su poderoso olfato les advertía de la cercanía de lo que probablemente fuera un campamento de Sufrits. Ninguno tuvo inconveniente, el sueño pesaba y ya todos estaban tumbados.

 

Los Sufrits son seres hostiles de fuerza desmesurada y temperamento violento. Con capacidades psicoemocionales muy básicas,  que si bien lograron algún poderío en las Ciénagas Rocosas del sur de Nahia, siempre fueron rechazados por las criaturas benévolas de cualquier entorno en el que se encontrasen. Caminan erguidos y se comunican con gruñidos. Su cabeza es grande y alargada y en ella destacan unos ojos muy pequeños. Sus brazos son largos y fuertes, sus piernas cortas y acabadas en pezuñas, de torso rechoncho y una diminuta cola en espiral, con una crin que recorre su lomo y que se encrespa cuando se encolerizan.

 

Todos dormían, todos menos Trog. Aquel chaval no estaba nervioso por la posible batalla que les esperaba al día siguiente. En cuanto se apagó la última brasa de la hoguera y los ronquidos perrunos comenzaron a entonarse cual sinfonía, este se levantó sigilosamente y caminó hacia el Manglar. Allí le esperaban una veintena de esos proscritos cerdos fortachones. Comparados con los Ishimi, los Sufrits eran gigantes. Portaban redes metálicas y porras punzantes.

Si los cánidos hubieran estado despiertos podrían haberse defendido e incluso haberles hecho frente con éxito. Pero aquella noche, Trog añadió polvo de raíz de Musca, un fuerte sedante natural, al licor de Panrali que les quedaba, el cual todos bebieron y del que no dejaron ni una sola gota.

Rápida y silenciosamente anduvieron hacia el campamento, vieron que el traidor había cumplido su misión y gruñeron conjuntamente a modo de satisfacción. Los metieron uno por uno en las redes de metal, y aplastaron de un porrazo el cráneo del más viejo para hacerle entender a Trog lo que le pasaría si se echaba atrás en su trato. El joven can se quedó paralizado, con los ojos como lunas, contemplando los sesos de su compañero esparcidos por el suelo.

Al amanecer, allí solo quedaba el cuerpo de un Ishimi y tres Giritas con el caparazón resquebrajado, que probablemente se habían resistido a ser llevados por jabalíes.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo III)

Algar escuchó un fuerte maullido de auxilio no muy lejano, aceleró los saltos, extendió los brazos  y se dejó caer en la misma entrada a su cueva.

 

Al encontrarse con Taluya la percibió alterada y recelosa. Rápidamente entró en la habitación y al ver que el gatito no estaba se le encogió el corazón, posó su mirada sobre las piedras con las que Drem solía jugar y las cogió con ambas manos. De fondo, ella le gritaba con cara de enfado sonidos incomprensibles con violentos gestos que apuntaron a la habitación, a su mano y luego al seto frente a la entrada. No sin prudencia, el sapo se le acercó y respirando profundamente,  soltando el aire de forma lenta por la boca, con sus manos empujando la nada hacia abajo, trató de tranquilizarla. Sus ojos debieron de transmitir la franqueza que ella necesitaba, porque al verse reflejada en los mismos, quiso entenderle con la sensibilidad que había perdido durante unos minutos, recordando que no seguiría viva sin su ayuda. Taluya comprendió que se había equivocado, a la par que Algar se hacía una imagen mental del posible suceso.

 

El sapo corrió hacia afuera, saltando los arbustos y mirando en todas direcciones; no detectó su presencia.  La reptil, proveniente de un clan de hembras cazadoras, había sido instruida en el rastreo desde muy pequeña, así que se puso a mirar la hierba en busca de marcas y huellas. Algar, con leve fascinación, la siguió. No tardaron mucho en dar con la obertura de la madriguera, con marcas de zarpas que se arrastraban hacia el interior. Él cabía por el agujero,  pero mirándose con complicidad, supieron que el tamaño de Taluya la obligaba a quedarse fuera.

 

Estaba a punto de atravesar el cuello de ese cachorro Pershambal con sus colmillos cuando éste se puso a llorar. Aquellos felinos carroñeros, conocidos como  limpiadores del medio y respetados por su naturaleza seria y serena, fueron infectados por un virus que les convertía en hiperactivas criaturas maníacas, violentas y despreciables, que no desaprovechaban la ocasión de atacar en grupo a cualquier ser que se les pasara por delante. Nuga, que no iba a permitir que un carnicero sin conciencia acabara con la vida de sus dos crías, vaciló, soltó la musculatura del delgado cuello de Drem y lo agarró por el pellejo con una de sus patas. Volteándolo para verle la cara, reconoció a un gato sano, como los de antes.

 

Algar, ya en el interior de la oscura madriguera, vociferó el nombre del gatito con su voz gutural varias veces, tras ello vio aparecer una silueta al fondo de la cueva subterránea. Se maldecía a si mismo por no haber aprendido ya el lenguaje común al Valle Nimura, aunque lo cierto es que llevaba relativamente poco tiempo en aquellas tierras. De todas formas siguió avanzando, balbuceando palabras mal pronunciadas con la intención de presentarse pacíficamente. A medida que se acercaba y que sus pupilas se acostumbraban a la oscuridad, la sombra frente a él se fue transformando en lo que parecía un Ishimi, una raza de seres cánidos, pardos y semi bípedos, con una mandíbula capaz de cortar el tronco de un árbol mediano de un mordisco. Cuando el sapo se acercó lo suficiente, la perra se echó a un lado, dejando ver detrás de ella a tres infantes jugando a mordisquearse las orejas, Naga, Lu y Drem. Con los ojos humedecidos sonrió tiernamente, y mirando de nuevo a Nuga, movió la cabeza a modo de disculpa y agradecimiento.

 

Edgar Zamora Malagón
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