NAHIA (Capítulo XII)

El instinto era lo único que les mantenía en pie, saltaban cada piedra y esquivaban cada rama gracias al legado genético. Eran animales en peligro, presas huyendo de sus depredadores.

 

Tras varios kilómetros corriendo sin parar, las piernas de la pequeña Zineb no aguantaron más y cayó. Drem, que aún se aferraba a su mano, se detuvo de golpe para no arrastrarla. En esos segundos de respiración, el gato tomó conciencia de la gravedad de la situación. Las embarazadas, los niños, los ancianos… ¿seguirían con vida? Se escuchaban los rugidos de locura a pocos metros, que parecían carcajadas. Varios jóvenes pasaron apresuradamente por su vera sin detenerse, cegados por el miedo.

 

Zineb se encontraba al borde del desmayo, su temperatura era excesiva y comenzaba a echar la misma espuma por la boca que sus padres poco antes de llegar al límite del fin de la cordura. Una joven embarazada paró al ver al felino intentando llevarse a la pequeña a la espalda para cargar con ella. Dos panteras dementes se le lanzaron encima a toda velocidad, la reventaron casi al momento.

 

Drem no se daba por vencido, la idea de dejarse atrapar no pasó por su mente ni un solo instante, y ni mucho menos la de abandonar a su hermana para salvar la propia vida. O lo lograban juntos o no lo conseguiría ninguno, esa era su convicción y el único fin posible para él. Sin embargo, la existencia, que nada tiene que ver con la concepción de justicia que albergan los seres conscientes,  estaba gestando un duro desenlace alternativo para ambos.

 

Uno de los Pershambals trastornado,  que pocos minutos antes estaba devorando el vientre de la preñada, arrancó a Zineb de la espalda de su hermano de un zarpazo. Se dirigió hacia el débil cuerpo de la cría en el suelo, acercó sus fauces, agarró la cabecita con la dentadura y ante los ojos de Drem, apretó los dientes con fuerza. El siguiente iba a ser él.

 

Las pulsaciones del gato, hasta entonces aceleradas, parecieron pararse. En su interior se hizo un vacío tan grande que comenzó a escuchar su propia respiración de manera estruendosa. Ya no había por lo que vivir ni por lo que luchar. Ni madre, ni padre ni hermana, ni clan. Mientras aquel monstruo devoraba a la felina, el segundo se acercaba a él tranquilamente; era un depredador ante una presa inmóvil que no iba a escapar ni a oponer resistencia, y ese diablo podía olerlo. Drem, preparado para morir, veía pasar dentro de sí las imágenes de su feliz y tierna infancia en blanco y negro.

 

Relden,  el mejor amigo de Dexo y uno de los adultos que se ocuparon de proteger al clan con su vida, alcanzó a la fiera grillada. Agarró su cráneo y lo estrelló una y otra y otra vez contra las rocas. Se estaban acercando varios infectados chiflados más, sus jadeos podían oírse. Gritando, se dirigió a Drem pidiéndole que se marchara. Al ver que el muchacho no reaccionaba, éste le golpeó en el hocico con el dorso de la mano. Le rogó que se salvara de una manera tan desesperada, que el gato creyó ver el espíritu de su propio padre en la mirada de ese protector. Eso le despertó lo suficiente como para cerrar los ojos, apretar los párpados y salir corriendo hacia el fin del mundo.

 

Relden luchó hasta la muerte, representando la verdadera esencia guerrera de la tribu. Drem, sabiendo que lo mas probable era que acabase siendo aniquilado, optó por lanzarse al precipicio que daba al río Hanuka, el cual se encuentra en el Valle Nimura.

 

Amanecía, y Algar se encontraba recolectando larvas de Crisepa para los desayunos de aquella semana. Estos mosquitos gigantes, cuya picadura puede dejar en coma a cualquier mamífero pelón, no significan peligro alguno para la raza de los Cova; su rugosa piel excreta una sustancia viscosa con una feromona que aleja a cualquier vampiro chupador; lo cual, no hace sino salvar la vida del mismo, pues moriría tras la primera succión de la venenosa sangre de sapo.

 

De pronto divisó un cuerpo extraño y peludo en el agua, se acercó al mismo con cautela y descubrió que se trataba de un crío de Pershambal moribundo. Dejó lo que estaba haciendo, se echó el gato al hombro y lo llevó a casa. Puso a Drem en el estanque, arrancó una buena cantidad de hojas y flores del arbolillo procedente del Bosque de los Ancianos y las introdujo en el agua. Cuando el felino recobró el conocimiento, no solo había desaparecido la infección de su cuerpo, sino que ni siquiera había rastro del zarpazo con el que su madre, endemoniada, le había marcado media cara.

 

 

Edgar Zamora Malagón

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NAHIA (Capítulo IX)

Los cazadores llegaron extasiados al poblado. Apenas habían conseguido carne para un par de días cuando una tormenta los retuvo en la Cueva de Cuarzo durante toda la noche. Por alguna razón los Candir estaban especialmente agresivos. Estos pequeños peces alados y saltarines, habitantes de los charcos de dichas guaridas, con diminutos y afilados dientes, son insectívoros y solo atacan a modo de defensa cuando se sienten en peligro. Tampoco forman parte de la dieta de los felinos, no solo son demasiado pequeños y poco nutritivos, sino que su sabor recuerda al hedor de una flatulencia. Los Pershambals, que son muy respetuosos con los demás seres y no acostumbran a tener conflictos con esas pirañas brincadoras, se encontraban asombrosamente llenos de mordeduras.

 

Dexo y Nabila, los padres de Drem, formaron parte de la brigada de cazadores que salieron en aquel atardecer. Las heridas causadas por las dentelladas de los Candir habían sanado en todo el escuadrón rápidamente. Tras la anécdota, todo parecía transcurrir con normalidad, sin embargo, en pocas semanas el grupo comenzó a sufrir un entumecimiento muscular creciente, acompañado de espasmos que les impedía continuar con su labor de alimentar al clan con eficiencia. Aunque los síntomas fueron comunes en todos a un tiempo similar, a nadie se le ocurrió pensar que la fuente del malestar pudiera estar relacionada con esa desapacible noche tormentosa.

 

Para entonces, las carnes que los cazadores portaron a la aldea tras el acontecimiento, ya habían sido devoradas por la manada. Si bien estaban llenas de las mismas microincisiones  que sufrieron ellos, todo el mundo sabía que el Candir no es venenoso.

 

El agarrotamiento muscular iba in crescendo y a ello se sumaban unas fiebres altas y un inicial cambio en la personalidad del escuadrón de caza. Día a día y pese a la debilidad general que mostraban, parecía como si la ansiedad y los sentimientos de violencia se estuvieran apoderando de ellos. No dormían, comenzaron a delirar y a discutir con el aire, sus venas se hincharon y sus cabezas se movían con hiperactividad.

 

Mientras los cazadores perdían su sano juicio, el resto del clan empezó a sentir los primeros síntomas de la misma enfermedad. La alarma se generalizó cuando los encargados de investigar la causa del problema, cayeron en la cuenta en que tanto la comida de aquella noche, como el escuadrón de caza habían presentado los mismos inusuales mordiscos. Ya era tarde para encontrar una cura…

 

Los cachorros estaban aterrados, Drem y su hermana Zineb, cuidaron de sus padres hasta el día en que Nabila agarró el brazo de su hija con tal fuerza que la pequeña empezó a llorar por el dolor. Sus garras se clavaron en la piel y la sangre empezó a chorrear manchando el suelo y empapando las húmedas lanas trenzadas que la cachorro había estado aplicando en la frente de su querida mamá y que dejó caer al instante por el desconcierto.

 

Drem, al escuchar los sollozos de su hermana, corrió hacia la zona donde sus padres descansaban. Observó el horror de la sangre goteando, el rostro de terror de Zineb y la faz irreconocible de Nabila, que aferrada al brazo de su hija, con saliva espumosa cayéndole de la mandíbula desencajada y unos ojos furiosos, intentaba levantarse.

 

El gatito era muy joven, pero lo bastante inteligente como para intuir que ese monstruo ya no era su madre, y que si él no hacía nada, su hermanita pequeña lo lamentaría. Sacó las zarpas, apretó los dientes y saltó al cuello de aquel tigre endemoniado tal como ella misma le había instruido.

 

Uno de sus colmillos, inmaduros, consiguió perforar la yugular de Nabila, que con un rugido  lo lanzó al suelo de un zarpazo, soltó a Zineb y se abalanzó encima de él con el cuerpo aun agarrotado pero con el corazón palpitante de cólera.

 

Lo iba a matar, en cuestión de segundos desgarraría su piel, su carne y sus órganos internos, haría crujir sus huesos, y descuartizaría su cuerpo cual asesino psicopático. Sin embargo, antes de que eso pasase, Drem pudo ver los fuertes y peludos brazos de su padre rodeando el cuello y la cabeza de Nabila, para a continuación escuchar un fuerte crujido de cervicales rotas. Por unos instantes se produjo un extraño silencio de desconcierto.

 

El cuerpo inerte de Nabila cayó al piso boca abajo. Dexo se quedó de rodillas, sudado, con fiebre extremadamente alta, con las venas hinchadas y espasmos, dando la sensación de estar sintiendo un gran dolor, tanto en sus entrañas como en su cabeza. Zineb, aun sangrando, corrió hacia él y le abrazó fuerte por la espalda. Éste, echando ya espuma por la boca e intentando dominar unos segundos más la cólera incontrolable que haría de él otro ser maníaco y perturbado, miró a Drem fijamente a los ojos. Les suplicó a ambos hijos que fueran en busca de los abuelos del clan y les pidieran que asesinaran a cada uno de los integrantes del escuadrón de caza antes de que fuera demasiado tarde.

 

Estaban heridos, acababan de ver morir a su madre a manos de su marido, después de que ésta hubiera intentado despedazarlos, se encontraban en shock. Dexo agarró violentamente a la pequeña y la empujó hacia Drem gritando con todas sus fuerzas que salieran corriendo; ya no podía más.

 

Drem, con un profundo arañazo de la oreja a la boca, recogió las lanas trenzadas manchadas de sangre y las enrolló en el brazo de Zineb con fuerza. Los hermanos se cogieron de la mano y salieron a toda prisa. A pocos metros escucharon un rugir desgarrador que procedía de su hogar. Ambos tuvieron la certeza de que su padre se había suicidado.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo VIII)

Nuga no había pegado ojo en toda la noche. Las imágenes proyectadas en su imaginación, relacionadas con lo sucedido a los Ishimi, a su compañero Fu, invadían su mente. En cuanto apareció el primer rayo de sol salió de la cueva, necesitaba un espacio abierto y soledad para respirar, pese al tufo constante, no se estaba tan mal.

Se levantó un poco de viento y tras éste, comenzó a caer una lluvia de flores, pequeñas inflorescencias lilas capaces de despertar a la belleza hasta a la criatura con el corazón más roto. Eso pensaba ella cuando la voz amable e incomprensible de Chap a su espalda la despertó de su leve ensoñación, indicándole que el desayuno estaba listo.

 

El grupo desayunaba junto. Drem, Naga, Lu y los gemelos se perseguían y jugaban alrededor del círculo formado por los adultos, cada uno mostrando sus instintos de caza y supervivencia. El gato se abalanzaba sobre uno de los cachorros mientras el otro ladraba agudamente y las tortugas se escondían en su caparazón a la más mínima muestra de peligro. En otras ocasiones los canes conseguían derribar al gato y lamían su cara mientras éste, asqueado y con las orejas mordidas por los Gryn, intentaba salir del apuro, así una y otra vez.

 

Creta, untando la melaza de Pulgón de Manglar en el pan de algas, comentó que había pasado muchos años visitando diversos clanes con la finalidad de estudiarlos y mantener la salud de sus miembros, asistiendo a partos, curando heridas y previniendo enfermedades. Entre todas las tribus a las que atendió, se encontraba la de los Pershambals de la Montaña Rosada, ahora conocida como la Montaña de los Cadáveres. Mirando a Drem, inmerso en el juego, expresó que con toda claridad éste le parecía uno de ellos. En cuanto Kalan tradujo sus  palabras, Algar asintió, dando a entender que así era.

La Gryn sabía que los felinos de todo el continente estaban sufriendo una especie de infección vírica de procedencia desconocida, que afectaba a su sistema nervioso central, y que aunque no les mataba, infectaba sus cerebros. Los gatos perdían su personalidad y se volvían incapaces de razonar, desarrollando una hiperactividad descomunal que les hacía extremadamente violentos y sanguinarios.

Chap, dirigiéndose al sapo y a Taluya, a quienes había visto actuar paternal y maternalmente con el gatito, pidió que le permitieran explorar su energía y organismo un poco más profundamente que a simple vista, para descartar cualquier posible indicio de enfermedad. Tras mirarse mutuamente accedieron sin reparo y llamaron a Drem para explicarle la situación.  Éste aceptó cabizbajo, pero confiando en ellos.

 

El lince llevaba varios meses conviviendo con Algar. Éste apareció una tarde en su cueva, asustado, cansado y desnutrido. El sapo, que prácticamente acababa de instalarse en el Valle Nimura lo acogió y le dio alimento sin pensarlo dos veces. Sin embargo, en ningún momento durante su convivencia, ni tras la llegada de Taluya y el aprendizaje del lenguaje Nimura, expresó un ápice de su historia de vida. Incluso en los largos días de pesca, cuando Taluya, practicando el nuevo idioma, le preguntaba cómo había llegado allí, quién era su familia y qué había pasado con ellos, el felino hacía caso omiso de esas preguntas y seguía nombrando vegetales y animales de la zona.

 

Chap llevó a Drem a una habitación alumbrada por velas de aceite de Trémula, una planta natural del manglar,  y le pidió que se sentara cómodamente frente a él, que cerrara los ojos y respirara profundamente. Cuando el testudíneo comenzó a observar su campo energético, vio que este se encontraba en perfecto estado. No había ningún tipo de fuerza extraña que estuviera parasitando su organismo y la energía corría con fuerza por su cabeza y extremidades.

Iba a terminar la inspección cuando descubrió un nudo en la corriente energética a la altura del pecho, el cual entorpecía el saludable flujo de sentimientos. Quizás eso era lo que impedía al gato expresar lo vivido y liberar las emociones relacionadas con el aniquilamiento de la coherencia de su clan.

Chap susurró unas palabras incomprensibles, pidiendo a los dioses y a su mismo espíritu que le ayudaran a sacar aquella astilla del corazón del gatito. Lo que estaba a punto de ver le dejaría horrorizado y sin habla.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo VII)

Las Succas les estaban comiendo a todos, excepto a Algar, que disfrutaba dejando la lengua fuera del paladar para que aquellas moscas se posasen sobre la misma y se quedasen pegadas por la saliva para luego zampárselas sin masticar. Las fétidas aguas del Manglar atraían a una gran cantidad de insectos necrófagos. Drem mostraba el instinto felino observando su movimiento en el aire y dando zarpazos en cuanto aterrizaban. A Taluya le sorprendía la impasibilidad de los Gryn frente a aquellos fastidiosos bichos que incluso caminaban por sus ojos, se les metían por los orificios nasales y volvían a salir como si nada.

 

Los Gryn son considerados médicos en todo el continente. Tienen la capacidad de observar con claridad el campo energético de los individuos y de detectar cuando algo no funciona bien en el organismo. Asimismo conocen miles de recetas curativas para paliar un sinnúmero de males.

Mientras Kalan les explicaba lo anterior, Nuga interpeló si sabían algo sobre el paradero de los machos Ishimi.

 

Esta vez el mastodonte hizo de traductor. La familia disfrutaba del atardecer en las podridas aguas cuando observaron como un disco volador bajaba silenciosamente de los cielos a toda velocidad. Aterrizó en una planicie al otro lado del manglar, era negro, plano y no desprendía luz alguna. Los Gryn se alarmaron, Chap, el padre, llamó a sus tres hijos para que volvieran a su lado. Creta, la madre, rodeó a los gemelos con sus brazos, posando sus manos palmípedas sobre sus rostros. Del platillo se abrió una compuerta y de su interior surgió una suave luz azulada de la que salieron una decena de Sufrits que por su pelaje parecían proceder de las Ciénagas Rocosas. Pretendían mantener el sigilo, aunque sus guarridos constantes llamaban la atención de todas las criaturas del manglar. En cuanto los cerdos estuvieron a varios metros de la nave, ésta se elevó hacia lo más alto sin movimiento horizontal alguno, hasta ser prácticamente un punto negro indetectable en el cielo. Cuando los testudíneos vieron que los cerdos entraban en el barro y se acercaban, corrieron a esconderse en su cueva. Les escucharon pasar muy cerca sin detenerse, atentos, hasta que sus ronquidos llegaron a ser imperceptibles.

Horas más tarde, cuando ya había caído la noche y los pequeños dormían, Chap, Creta y el hijo mayor, Growy, volvieron a escuchar los sonidos característicos de los Sufrits, de retorno, ésta vez con pasos más pesados. El joven, desobedeciendo a sus progenitores, se acercó a la salida de la cueva, tumbado sobre el suelo fangoso, con la cabeza y las extremidades encogidas en el interior del caparazón. Pudo ver lo que el reflejo lunar le permitió. Llevaban perros en sacos de rejilla colgados al hombro. No sabía si estaban muertos o inconscientes pero no detectó movimiento alguno. Los gorrinos, con el pecho inflado de satisfacción iban acompañados por un Ishimi joven y escuálido con apariencia triste. Growy se arrastró un poco más, parándose en seco cuando el can pareció detectar su presencia. El corazón le iba a mil por hora y sin embargo, Trog desvió su mirada hacia el Sufrit que caminaba a su lado, preguntándole algo incomprensible para la tortuga.

La nave volvió a aterrizar tal como lo había hecho anteriormente, entraron en ella y poco después desapareció en las alturas. Desde entonces no volvieron a saber de ellos.

 

Que Trog fuera un traidor no le entraba en la cabeza a la cánida. Pensó en la posibilidad de que estuviera siendo extorsionado con su esposa y sus padres como rehenes. El compromiso y el honor de un Ishimi para con su clan es generalmente irrompible, pero a ese precio ¿Quién no pasaría por alto la voz de su espíritu y se vendería a los mismísimos demonios? Sin embargo, esas criaturas eran cuanto menos idiotas ¿por qué no avisó al grupo y acabaron con ellos antes de que nada de esto sucediera? ¿Y esa nave? Aquellos cerdos no eran de ninguna manera virtuosos en tecnología. ¿Y para qué se llevaron a los perros?

Nuga lo había decidido, si los dichosos Sufrits procedían de las Ciénagas Rocosas, la única posibilidad de conocer algo más sobre el paradero de los machos Ishimi era dirigirse hacia dicho lugar. Se propuso seguir el camino a la mañana siguiente, sin embargo, los Gryn pidieron al grupo que se tomaran algunos días más de descanso para recuperar energía. El trayecto sería largo y dificultoso. Todos estuvieron de acuerdo y la perra tuvo que aceptar a regañadientes, pues sabía la bendición que sus amigos representaban.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo VI)

El mundo de Nahia se compone de cuatro continentes. Saura, situado a la izquierda en los mapas. Vera, conocida como la tierra del este. Shen, que se encuentra en la parte superior del planeta. Y Mirlowe, el sur del globo. Tiene cuatro estaciones de tres meses cada una, meses de dieciocho amaneceres y semanas de seis días compuestos por treinta y seis horas.

 

Ya era primavera en todo el continente Saura y habían pasado más de cuarenta días desde la desaparición de Fu. Nuestros amigos partieron al alba montando un ciempiés de la especie Numis, guiado por Kalan, en el que sobraba espacio para otro grupo de otros seis miembros o más. Iban bien equipados, tenían comida para un mes, medicinas y algunas armas básicas de supervivencia.

 

Tras la apariencia atemorizante de Kalan, se escondía un tipo simpático y parlanchín. Se pasó horas hablando sobre su clan, sus siete hijos y su esposa. Hablaba catorce lenguas, entre ellas la del Valle Nimura, aunque con un acento extraño que dificultaba aún más su comprensión por parte de Taluya, Algar y Drem. Nuga iba repitiendo sus palabras lentamente y ellos se esforzaban por entender. El sapo, que sonreía excesivamente con apariencia incómoda, no se enteraba de nada más que del afecto natural transmitido por sus camaradas.

 

La cánida deseaba pasar por cada una de las madrigueras de los Ishimi que acompañaron a Fu, quería volver a ver a las familias de su raza pero sobretodo recabar alguna pista, por pequeña que fuera, sobre el paradero de los varones, que Kalan y los otros Kinar hubieran pasado por alto. Entraban en aquellos hogares y eran recibidos con lágrimas en los ojos. Todas las madres, compañeras e hijos sabían exactamente lo mismo que Nuga, nada.

La última guarida era la de Trog. Estaba vacía. Ni su madre, ni sus hermanas, ni su joven esposa embarazada, se encontraban allí. Todo aquello era muy extraño, aunque cabía la posibilidad de que la familia también saliera en busca del querido can, Varla, la perra gestante, debía guardar reposo en sus últimas semanas de embarazo.

 

Siguieron la senda marcada hasta llegar al Manglar Rimbau. Atardecía y se sentían cansados, sin embargo, el Numis, que había guardado el olor de los Ishimi, se impacientó, parecía haber detectado algo, así que antes de parar, decidieron seguir con la búsqueda un poco más.

Los anaranjados exoesqueletos de los Girita, cubiertos por heces de aves carroñeras, llamaban la atención a lo lejos. El grupo se bajó del ciempiés y Kalan le ordenó que se mantuviera pasivo en la zona. Taluya, la rastreadora, no tardó en dar con el cuerpo podrido y medio devorado de uno de los perros. Nuga se echó a llorar pensando en la posibilidad de que ese cadáver fuera el de su compañero. Sus hijos, asustados por la reacción de la madre, gemían y se aferraban fuertemente a ella.

 

Enterraron al viejo Migun, la cánida lo reconoció por el pelaje canoso que aún quedaba en los restos y por los muchos dientes que faltaban en su dentadura. Aliviada por un instante, con el corazón en la mano y un gran pesar, dirigió unas plegarias a los Dioses de los Ishimi y suplicó su ayuda para encontrar a Fu y al resto de camaradas con vida. Los demás se mantuvieron en silencio y colaboradores.

 

Ya era de noche, así que se dirigieron al manglar, Kalan sabía que allí habitaba una familia de Gryn, seres reptiles que viven en cuevas de barro húmedo, conocidos por su gentileza y amabilidad, que probablemente les darían cobijo.

El mastodonte se acercó al hogar de una de las familias que solía comerciar con los Kinar y saludó en otro idioma extraño. De la profundidad, tras un largo silencio, una pequeña tortuga bípeda se abalanzó sobre él. Frente a la primera impresión hostil que recibió el grupo, las risas y los abrazos del grandullón les dieron a entender que eran bienvenidos.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo V)

Fu salió de madrugada hacia Malitú tras recibir el aviso de peligro la tarde del día anterior. Se despidió de Nuga y de sus hijos emocionado pero de manera positiva y procurando mostrar despreocupación. Era un guerrero, su familia lo sabía y la misión no parecía ni de lejos la más peligrosa de su vida.

Colocó la montura en su Girita, y lo montó. Este es un crustáceo de grandes dimensiones, rápido y dócil con quien le alimenta; con una armadura natural de Keratina que recubre todo su cuerpo, ocho patas articuladas y dos potentes brazos en forma de pinza dentada.

Aunque era invierno, la playa apenas estaba a tres días y medio de camino, y se conocía el sendero perfectamente. Así que llevaba los víveres justos, varias tiras de Mimbu desecadas, cereales, algunas piezas de fruta en almíbar y agua. Su denso pelaje invernal le protegería del frío, por lo que eso no le preocupaba.

 

Debía encontrarse con once machos Ishimi a lo largo de su ruta. El día de su partida se reunió con tres de los miembros de su clan y al anochecer durmieron en la madriguera de uno de ellos. Tras una cena deliciosa y abundante, cantaron canciones de victoria y rememoraron viejas batallas con las que rieron y lloraron mientras tomaban Panrali, un licor incoloro destilado, extraído de los frutos de un árbol con propiedades narcóticas, que relaja y aviva recuerdos olvidados.

El segundo día ya eran siete, y al atardecer del tercero ya estaban todos juntos. Les quedaba un corto trayecto hasta Malitú, así que decidieron acampar en una pequeña planicie seca cercana al Manglar Rimbau.

La noche era fría y tranquila, la estación invernal permitía disfrutar del silencio, eventualmente roto por el traqueteo de las  pinzas de los Girita y el crispar de la hoguera. Los  Ishimi se mostraban serenos y somnolientos, a excepción de Trog,  que si bien se esforzaba por parecer sosegado, su forma de remover las ascuas con un palo demostraba cierto nerviosismo, algo que llamó la atención del resto del grupo. Los chicos hicieron alguna que otra broma sobre su valía y juventud, pues era el varón adulto más joven del clan y todavía no había protagonizado batalla alguna. El chaval, aparentemente impasible frente a las risas de sus compañeros, se ofreció voluntario para hacer la primera guardia, necesaria, teniendo en cuenta que su poderoso olfato les advertía de la cercanía de lo que probablemente fuera un campamento de Sufrits. Ninguno tuvo inconveniente, el sueño pesaba y ya todos estaban tumbados.

 

Los Sufrits son seres hostiles de fuerza desmesurada y temperamento violento. Con capacidades psicoemocionales muy básicas,  que si bien lograron algún poderío en las Ciénagas Rocosas del sur de Nahia, siempre fueron rechazados por las criaturas benévolas de cualquier entorno en el que se encontrasen. Caminan erguidos y se comunican con gruñidos. Su cabeza es grande y alargada y en ella destacan unos ojos muy pequeños. Sus brazos son largos y fuertes, sus piernas cortas y acabadas en pezuñas, de torso rechoncho y una diminuta cola en espiral, con una crin que recorre su lomo y que se encrespa cuando se encolerizan.

 

Todos dormían, todos menos Trog. Aquel chaval no estaba nervioso por la posible batalla que les esperaba al día siguiente. En cuanto se apagó la última brasa de la hoguera y los ronquidos perrunos comenzaron a entonarse cual sinfonía, este se levantó sigilosamente y caminó hacia el Manglar. Allí le esperaban una veintena de esos proscritos cerdos fortachones. Comparados con los Ishimi, los Sufrits eran gigantes. Portaban redes metálicas y porras punzantes.

Si los cánidos hubieran estado despiertos podrían haberse defendido e incluso haberles hecho frente con éxito. Pero aquella noche, Trog añadió polvo de raíz de Musca, un fuerte sedante natural, al licor de Panrali que les quedaba, el cual todos bebieron y del que no dejaron ni una sola gota.

Rápida y silenciosamente anduvieron hacia el campamento, vieron que el traidor había cumplido su misión y gruñeron conjuntamente a modo de satisfacción. Los metieron uno por uno en las redes de metal, y aplastaron de un porrazo el cráneo del más viejo para hacerle entender a Trog lo que le pasaría si se echaba atrás en su trato. El joven can se quedó paralizado, con los ojos como lunas, contemplando los sesos de su compañero esparcidos por el suelo.

Al amanecer, allí solo quedaba el cuerpo de un Ishimi y tres Giritas con el caparazón resquebrajado, que probablemente se habían resistido a ser llevados por jabalíes.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo IV)

Nuga había llegado a un acuerdo con Algar, Taluya y Drem. Ésta les enseñaría el lenguaje del Valle Nimura siempre y cuando ellos le proporcionasen a su familia peces Mimbu durante todo el tiempo que durase la enseñanza. Los tres accedieron sin pensárselo dos veces, la reptil y el gato con mucha más emoción que el sapo, pues iba a ser la excusa perfecta para no volver a probar las vomitivas huevas de babosa, ni las larvas de escarabajos Karnis, que saben igual que huelen y que se alimentan de las heces de otros seres, las cuales, Algar criaba en su jardín bajo un montón de estiércol y se las ofrecía a sus huéspedes con ilusión.

 

Taluya y Drem no tardaron en vincular afectivamente gracias a sus salidas al lago Gueida, en cuyo fondo se encontraban los peces Mimbu, aplanados, con largos bigotes y ojos saltones que recordaban a los de Algar. Aunque recelosos al principio, debido a su desagradable primer encuentro, ambos necesitaban amar y ser amados, pues a ninguno le quedaba otra familia. Se divertían compitiendo por ver quién era capaz de enumerar la mayor cantidad de nombres de plantas y animales en el lenguaje que estudiaban, mientras que Algar, el único buceador del grupo, y quien tenía mayores problemas para aprenderse las palabras, pescaba.

 

El lago Gueida se encuentra en el centro del valle, y es la zona más concurrida del lugar. Con suficiente agua para abastecer a todas las criaturas, es rico en fauna y flora de todo tipo.

 

En una tarde tranquila, de buena pesca, mientras llegaban a la madriguera de la familia Ishimi, vieron a un Kinar en la entrada conversando con Nuga. Naga y Lu se escondían tras ella. Lo cierto es que aquel enorme mamífero semi acuático, de piel azulada y viscosa, espalda musculosa, barrigón, de morro prominente y largos dientes que sobresalían de su boca, impresionaba a cualquiera. Pero no era por su presencia que la cánida se mostraba tensa y sobresaltada, ni lo que hacía que sus crías se agarraran tan fuertemente a sus patas. Kalan, que es como se llamaba aquel mastodonte marino, era un buen amigo de la familia y traía malas noticias.

 

Fu, el compañero de vida de Nuga y padre de sus cachorros, que había partido durante el invierno pasado hacia la costa de Malitú, lugar de residencia del clan Kinar, con la intención de unirse por el camino con otros machos Ishimi para ayudar a combatir a una manada de sanguinarios invasores, nunca llegó a su destino. Ni él ni el resto de perros aparecieron en la aldea en la fecha acordada. Gracias a los Dioses, los Kinar, queridos y apoyados  por muchas otras criaturas, vencieron en la guerra. Lo cierto es que les había resultado muy fácil. Aunque los primeros ataques enemigos les cogieron por sorpresa, pocos días después los saqueadores abandonaron la costa pacíficamente. Todos creyeron que les habían superado en número y que por ello se echaron atrás.

 

Cuando hubo terminado la celebración, tres machos Kinar se dirigieron a las doce madrigueras de los Ishimi, a quienes habían mandado aves marinas con pequeñas cartas de socorro e instrucciones para reunirse atadas a sus patas. Kalan y sus compañeros no tardaron en darse cuenta de que el mensaje había sido recibido y que todos los perros habían partido en su ayuda.

 

La cánida estaba destrozada, sabía que su varón podría haber muerto en batalla, y que eso habría sido doloroso, pero que desapareciera sin más… tal cosa no la iba a dejar dormir en mucho tiempo. Aquella noche cenaron todos juntos a la luz de las lunas y de las estrellas. Nuga, que era la única que conocía el sendero exacto que había trazado Fu para llegar a Malitú, estaba decidida a  salir en su busca a la mañana siguiente. Taluya, que ya comprendía la mayor parte de las conversaciones ajenas en el lenguaje Nimura, se propuso acompañarla, no iba a permitir que aquellos pequeños cachorros pasaran hambre y frío por el camino, y mucho menos que se quedaran huérfanos, tanto de padre como de madre. Drem, pudo hacerle entender a Algar la situación, y ambos se unieron a la misión. Al fin y al cabo, los tres eran ya una familia y deseaban mantenerse unidos.

 

Edgar Zamora Malagón
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