NAHIA (Capítulo XII)

El instinto era lo único que les mantenía en pie, saltaban cada piedra y esquivaban cada rama gracias al legado genético. Eran animales en peligro, presas huyendo de sus depredadores.

 

Tras varios kilómetros corriendo sin parar, las piernas de la pequeña Zineb no aguantaron más y cayó. Drem, que aún se aferraba a su mano, se detuvo de golpe para no arrastrarla. En esos segundos de respiración, el gato tomó conciencia de la gravedad de la situación. Las embarazadas, los niños, los ancianos… ¿seguirían con vida? Se escuchaban los rugidos de locura a pocos metros, que parecían carcajadas. Varios jóvenes pasaron apresuradamente por su vera sin detenerse, cegados por el miedo.

 

Zineb se encontraba al borde del desmayo, su temperatura era excesiva y comenzaba a echar la misma espuma por la boca que sus padres poco antes de llegar al límite del fin de la cordura. Una joven embarazada paró al ver al felino intentando llevarse a la pequeña a la espalda para cargar con ella. Dos panteras dementes se le lanzaron encima a toda velocidad, la reventaron casi al momento.

 

Drem no se daba por vencido, la idea de dejarse atrapar no pasó por su mente ni un solo instante, y ni mucho menos la de abandonar a su hermana para salvar la propia vida. O lo lograban juntos o no lo conseguiría ninguno, esa era su convicción y el único fin posible para él. Sin embargo, la existencia, que nada tiene que ver con la concepción de justicia que albergan los seres conscientes,  estaba gestando un duro desenlace alternativo para ambos.

 

Uno de los Pershambals trastornado,  que pocos minutos antes estaba devorando el vientre de la preñada, arrancó a Zineb de la espalda de su hermano de un zarpazo. Se dirigió hacia el débil cuerpo de la cría en el suelo, acercó sus fauces, agarró la cabecita con la dentadura y ante los ojos de Drem, apretó los dientes con fuerza. El siguiente iba a ser él.

 

Las pulsaciones del gato, hasta entonces aceleradas, parecieron pararse. En su interior se hizo un vacío tan grande que comenzó a escuchar su propia respiración de manera estruendosa. Ya no había por lo que vivir ni por lo que luchar. Ni madre, ni padre ni hermana, ni clan. Mientras aquel monstruo devoraba a la felina, el segundo se acercaba a él tranquilamente; era un depredador ante una presa inmóvil que no iba a escapar ni a oponer resistencia, y ese diablo podía olerlo. Drem, preparado para morir, veía pasar dentro de sí las imágenes de su feliz y tierna infancia en blanco y negro.

 

Relden,  el mejor amigo de Dexo y uno de los adultos que se ocuparon de proteger al clan con su vida, alcanzó a la fiera grillada. Agarró su cráneo y lo estrelló una y otra y otra vez contra las rocas. Se estaban acercando varios infectados chiflados más, sus jadeos podían oírse. Gritando, se dirigió a Drem pidiéndole que se marchara. Al ver que el muchacho no reaccionaba, éste le golpeó en el hocico con el dorso de la mano. Le rogó que se salvara de una manera tan desesperada, que el gato creyó ver el espíritu de su propio padre en la mirada de ese protector. Eso le despertó lo suficiente como para cerrar los ojos, apretar los párpados y salir corriendo hacia el fin del mundo.

 

Relden luchó hasta la muerte, representando la verdadera esencia guerrera de la tribu. Drem, sabiendo que lo mas probable era que acabase siendo aniquilado, optó por lanzarse al precipicio que daba al río Hanuka, el cual se encuentra en el Valle Nimura.

 

Amanecía, y Algar se encontraba recolectando larvas de Crisepa para los desayunos de aquella semana. Estos mosquitos gigantes, cuya picadura puede dejar en coma a cualquier mamífero pelón, no significan peligro alguno para la raza de los Cova; su rugosa piel excreta una sustancia viscosa con una feromona que aleja a cualquier vampiro chupador; lo cual, no hace sino salvar la vida del mismo, pues moriría tras la primera succión de la venenosa sangre de sapo.

 

De pronto divisó un cuerpo extraño y peludo en el agua, se acercó al mismo con cautela y descubrió que se trataba de un crío de Pershambal moribundo. Dejó lo que estaba haciendo, se echó el gato al hombro y lo llevó a casa. Puso a Drem en el estanque, arrancó una buena cantidad de hojas y flores del arbolillo procedente del Bosque de los Ancianos y las introdujo en el agua. Cuando el felino recobró el conocimiento, no solo había desaparecido la infección de su cuerpo, sino que ni siquiera había rastro del zarpazo con el que su madre, endemoniada, le había marcado media cara.

 

 

Edgar Zamora Malagón

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NAHIA (Capítulo XI)

A Zineb le amputaron el brazo. El campamento no disponía de los recursos necesarios para salvarle la extremidad. El rostro de Drem, rajado por las garras de la que una vez fue su madre, estaba cicatrizando.

 

En aquel lugar no había un solo Pershambal que no estuviera infectado, ni tampoco nadie que hubiera descubierto una cura. Cabe destacar que si la manada había llegado a contar con unos trescientos integrantes en época de paz, ahora, a lo sumo quedaban poco más de sesenta individuos que todavía no habían perdido la chaveta.

 

El ambiente era tenso, tosco y oscuro. Casi a diario alguien sufría una crisis violenta, motivo para llevar a ese ser sufriente a un foso común, profundo y rodeado de una savia viscosa y resbaladiza de la que no pudiera salir. Ese crudo acto, decidido en consenso por los pocos ancianos que todavía quedaban con vida, empezaba a provocar importantes conflictos morales en el grupo. Nadie deseaba ver como a su esposa, a su hermano o a un hijo se le trataba como a un monstruo recluido, cuya muerte iba a ser temprana y segura. Sin embargo, ninguno veía otra solución menos drástica; de la misma manera que la esperanza en un antídoto impedía a los miembros del campamento acabar con la vida de los casos más graves.

 

Drem, de bien seguro se habría marchado junto a su hermana de aquel campo de concentración dirigido por la muerte, si no fuera porque ninguno de los dos estaba ya en condiciones de sobrevivir por su propia cuenta. Allí, el miedo era compartido, y al menos tenían comida y cobijo.

 

Gracias a los endemoniados del agujero, el grupo descubrió que a medida que la enfermedad avanzaba, la pérdida de coordinación física se iba reduciendo, y si bien los cuerpos quedaban desgarbados, se corrompía la personalidad y las habilidades psíquicas se atrofiaban, la fuerza y la rapidez aumentaban. Asimismo, estos no se mataban entre sí, pues parecía que se olían, y de alguna manera perdían el apetito por la carne de otro diablo.

 

Desgraciadamente, el grupo era cada vez menos capaz de controlar los brotes de agresión y comenzaron a producirse los primeros casos de canibalismo. Ya nadie estaba seguro, cada uno de ellos era un peligro potencial para los demás. Pero realmente el pánico y el caos se desataron cuando varios de los cazadores infectos, atraídos por el olor a sangre fresca, encontraron el campamento y comenzaron a golpearse contra las murallas de roca, madera y barro que los supervivientes habían erigido para evitar lo que estaba a punto de suceder.

 

Los adultos de mayor fuerza y salud, incluyendo tanto machos como hembras, se prepararon para defender a cachorros, ancianos y embarazadas. En esos instantes, el grupo en su totalidad demostró el valor, la serenidad y la camaradería por la que era conocida la raza de los Pershambals. Por honor y orgullo no expresarían que en su interior realmente estaban sintiendo un profundo pesar, pues iban a enfrentarse a muerte con los que un día fueron sus propios hermanos.

 

Uno de los monstruos, empotrándose una y otra vez en una brecha, con total indiferencia por destrozar su cuerpo, consiguió derruir parte de la pared; así comenzaron a entrar con premura en el campamento.

 

Pese a la vorágine, a los rugidos de rabia y de dolor de unos y de otros, a los lloros de los más pequeños y a la confusión generalizada, los protegidos, en su mayoría, consiguieron salir de allí. Ojalá los defensores hubieran podido retener a todos los demonios, pero no fue así.

 

Drem estaba decidido a salvar la vida de su hermana, por lo que la agarró con firmeza consciente de su fragilidad, y tiró de ella apresurándose hacia cualquier otro lugar seguro sin siquiera darse la vuelta, a sabiendas de que los monstruos ya estaban devorando a los que iban detrás suyo.

 

 

Edgar Zamora Malagón

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NAHIA (Capítulo X)

Los refugios de los Pershambals son pequeñas hendiduras que ellos mismos escarban con sus propias garras en los laterales arcillosos de la montaña. Ello se lleva a cabo a modo de ritual cuando las parejas se comprometen y deciden formar una familia. Cada uno de estos cobijos se encuentra a una distancia media de entre doscientos y trescientos metros a diferentes alturas.

 

Cuando llegaron a las puertas de la guarida de los abuelos más cercanos, Drem gritó sus nombres con desesperación. Al no obtener respuesta del matrimonio, entraron temiéndose lo peor. En el interior encontraron dos cuerpos destrozados y sin vida, con la cara arrancada y el abdomen abierto y vacío. Con los dedos de manos y pies cercenados. El olor de los cadáveres, que ya empezaban a descomponerse, se mezclaba con el de las heces diarreicas que abundaban en toda la cueva, pisoteadas y esparcidas. Aquel panorama era tan repulsivo que ninguno de los dos hermanos pudo evitar vomitar.

 

Casi sin pensarlo se aventuraron hacia el próximo hogar de ancianos. Empezó a chispear, estaba atardeciendo y los hermanos se sentían débiles, sobretodo Zineb, a la que se le había entumecido el brazo y cada vez se le hacía más difícil escalar por los laterales.

 

Estaban a medio camino cuando escucharon gritos de sus semejantes, los cuales parecían proceder de la morada de unos buenos amigos de la familia; padres algo mayores con una recién nacida y dos hijos jóvenes, de los cuales uno era otro cazador que se encontraba al límite de la infección.

 

Drem y la pequeña se acercaron cautelosamente a la morada, de la que ya no procedía alarido alguno, solo el sonido del masticar, sorber y el crujir de huesos. Arrimándose al borde de la entrada, Drem pudo mirar en el interior. Otra vez la sangre, los cuerpos desmembrados, la mierda esparcida por doquier… y ahora aquella criatura representante del horror, la inconsciencia y la perdición, devorando a los que hasta hacía unos minutos habían sido sus amados padres y hermanos. ¿Qué más les iba a tocar ver a esos seres cuya inocencia ya se había resquebrajado?

 

Aquel diablo se percató de su presencia, se dio la vuelta con el cuerpo del bebé colgándole de la mandíbula, y con cojera, hizo el intento de apresurarse hacia ellos. Corrieron todo lo rápido que sus cuerpos, el terreno y las condiciones les permitieron. Llovía, ahora intensamente,  el cielo era gris oscuro y el agua bajaba con fuerza por los laterales de la montaña. Los felinos pisaron tantos charcos que se embarraron hasta las puntas de las orejas. Cuando encontraron una diminuta cueva de piedra y creyeron haber recorrido la suficiente distancia, casi sin aliento, decidieron pasar allí la noche. Sabían que estaban perdidos, metafórica y literalmente. El agotamiento fue lo que les permitió pegar ojo, se durmieron abrazados, aferrados el uno al otro, intentando darse calor, sintiendo un frío interno que más que frío, era terror.

 

Drem y Zineb pasaron algunos días vagando por el bosque, alimentándose de pequeñas alimañas que cazaba el hermano mayor, y bebiendo de charcos y del rocío que se acumulaba en las hojas de algunas plantas. Apenas hablaron sobre la muerte de sus padres, no se sentían preparados para ello, pero las pesadillas se hacían presentes en ambos casi en los mismos momentos y lloraban juntos al despertar. No sabían exactamente dónde estaban y no deseaban volver a las cuevas. La infección comenzaba a afectarles cada vez más intensamente, la fiebre aparecía a diario y aumentaba en cada atardecer. El brazo de la pequeña se estaba gangrenando, la herida supuraba y no olía bien. Es por ello que caminaron a diario durante horas buscando a alguien que pudiera ayudarles. Fue así como dieron con un campamento de refugiados Pershambals que habían sobrevivido a la posesión demoníaca de los cazadores.

 

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo IX)

Los cazadores llegaron extasiados al poblado. Apenas habían conseguido carne para un par de días cuando una tormenta los retuvo en la Cueva de Cuarzo durante toda la noche. Por alguna razón los Candir estaban especialmente agresivos. Estos pequeños peces alados y saltarines, habitantes de los charcos de dichas guaridas, con diminutos y afilados dientes, son insectívoros y solo atacan a modo de defensa cuando se sienten en peligro. Tampoco forman parte de la dieta de los felinos, no solo son demasiado pequeños y poco nutritivos, sino que su sabor recuerda al hedor de una flatulencia. Los Pershambals, que son muy respetuosos con los demás seres y no acostumbran a tener conflictos con esas pirañas brincadoras, se encontraban asombrosamente llenos de mordeduras.

 

Dexo y Nabila, los padres de Drem, formaron parte de la brigada de cazadores que salieron en aquel atardecer. Las heridas causadas por las dentelladas de los Candir habían sanado en todo el escuadrón rápidamente. Tras la anécdota, todo parecía transcurrir con normalidad, sin embargo, en pocas semanas el grupo comenzó a sufrir un entumecimiento muscular creciente, acompañado de espasmos que les impedía continuar con su labor de alimentar al clan con eficiencia. Aunque los síntomas fueron comunes en todos a un tiempo similar, a nadie se le ocurrió pensar que la fuente del malestar pudiera estar relacionada con esa desapacible noche tormentosa.

 

Para entonces, las carnes que los cazadores portaron a la aldea tras el acontecimiento, ya habían sido devoradas por la manada. Si bien estaban llenas de las mismas microincisiones  que sufrieron ellos, todo el mundo sabía que el Candir no es venenoso.

 

El agarrotamiento muscular iba in crescendo y a ello se sumaban unas fiebres altas y un inicial cambio en la personalidad del escuadrón de caza. Día a día y pese a la debilidad general que mostraban, parecía como si la ansiedad y los sentimientos de violencia se estuvieran apoderando de ellos. No dormían, comenzaron a delirar y a discutir con el aire, sus venas se hincharon y sus cabezas se movían con hiperactividad.

 

Mientras los cazadores perdían su sano juicio, el resto del clan empezó a sentir los primeros síntomas de la misma enfermedad. La alarma se generalizó cuando los encargados de investigar la causa del problema, cayeron en la cuenta en que tanto la comida de aquella noche, como el escuadrón de caza habían presentado los mismos inusuales mordiscos. Ya era tarde para encontrar una cura…

 

Los cachorros estaban aterrados, Drem y su hermana Zineb, cuidaron de sus padres hasta el día en que Nabila agarró el brazo de su hija con tal fuerza que la pequeña empezó a llorar por el dolor. Sus garras se clavaron en la piel y la sangre empezó a chorrear manchando el suelo y empapando las húmedas lanas trenzadas que la cachorro había estado aplicando en la frente de su querida mamá y que dejó caer al instante por el desconcierto.

 

Drem, al escuchar los sollozos de su hermana, corrió hacia la zona donde sus padres descansaban. Observó el horror de la sangre goteando, el rostro de terror de Zineb y la faz irreconocible de Nabila, que aferrada al brazo de su hija, con saliva espumosa cayéndole de la mandíbula desencajada y unos ojos furiosos, intentaba levantarse.

 

El gatito era muy joven, pero lo bastante inteligente como para intuir que ese monstruo ya no era su madre, y que si él no hacía nada, su hermanita pequeña lo lamentaría. Sacó las zarpas, apretó los dientes y saltó al cuello de aquel tigre endemoniado tal como ella misma le había instruido.

 

Uno de sus colmillos, inmaduros, consiguió perforar la yugular de Nabila, que con un rugido  lo lanzó al suelo de un zarpazo, soltó a Zineb y se abalanzó encima de él con el cuerpo aun agarrotado pero con el corazón palpitante de cólera.

 

Lo iba a matar, en cuestión de segundos desgarraría su piel, su carne y sus órganos internos, haría crujir sus huesos, y descuartizaría su cuerpo cual asesino psicopático. Sin embargo, antes de que eso pasase, Drem pudo ver los fuertes y peludos brazos de su padre rodeando el cuello y la cabeza de Nabila, para a continuación escuchar un fuerte crujido de cervicales rotas. Por unos instantes se produjo un extraño silencio de desconcierto.

 

El cuerpo inerte de Nabila cayó al piso boca abajo. Dexo se quedó de rodillas, sudado, con fiebre extremadamente alta, con las venas hinchadas y espasmos, dando la sensación de estar sintiendo un gran dolor, tanto en sus entrañas como en su cabeza. Zineb, aun sangrando, corrió hacia él y le abrazó fuerte por la espalda. Éste, echando ya espuma por la boca e intentando dominar unos segundos más la cólera incontrolable que haría de él otro ser maníaco y perturbado, miró a Drem fijamente a los ojos. Les suplicó a ambos hijos que fueran en busca de los abuelos del clan y les pidieran que asesinaran a cada uno de los integrantes del escuadrón de caza antes de que fuera demasiado tarde.

 

Estaban heridos, acababan de ver morir a su madre a manos de su marido, después de que ésta hubiera intentado despedazarlos, se encontraban en shock. Dexo agarró violentamente a la pequeña y la empujó hacia Drem gritando con todas sus fuerzas que salieran corriendo; ya no podía más.

 

Drem, con un profundo arañazo de la oreja a la boca, recogió las lanas trenzadas manchadas de sangre y las enrolló en el brazo de Zineb con fuerza. Los hermanos se cogieron de la mano y salieron a toda prisa. A pocos metros escucharon un rugir desgarrador que procedía de su hogar. Ambos tuvieron la certeza de que su padre se había suicidado.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo II)

La mañana era radiante, la viva vegetación que rodeaba el hogar de Algar transmitía la alegría provocada por los rayos del sol tras la lluvia nocturna. Aquel entorno, junto al cuidado paternal del sapo alado que la salvó de una muerte aterradora, brindaba a Taluya la paz que necesitaba. Su condición física volvía a ser extraordinaria, apenas quedaba rastro de cicatrices en su cuerpo y su cola volvía a crecer.

 

Mirando la charca en la que había estado sumergida el día anterior, recordó una de las  leyendas que las ancianas de su clan le contaban cuando apenas era una lagartija. Hablaban de un bosque de gigantescos árboles de follaje blanco, inflorescencias negras y corteza palpitante. Lo llamaban El Bosque de los Ancianos, situado al Norte de Nahia. Decían que la savia de dichos árboles sanaba de cualquier enfermedad a los individuos que la bebían y que rejuvenecía órganos y tejidos. Nadie sabía con exactitud su paradero y sin embargo, aquel cabezón de pupilas dilatadas poseía uno de esos ejemplares. Un joven arbolillo, ahora deshojado, que crecía en una maceta al resguardo del viento.

 

Taluya paseaba por el vergel próximo a la cueva cuando Algar se le acercó y sin necesidad de interacción verbal le transmitió que iba a buscar comida. Ella hizo amago de querer ir con él, pero con unos pocos gestos y una sonrisa de su bocaza desdentada, le dio a entender que siguiera descansando.

 

No había pasado mucho tiempo cuando escuchó un ruido chasqueante que provenía del hogar. Entró  para ver de qué se trataba y se percató de que dicho sonido se originaba justo detrás de una sábana de seda colgada, la cual separaba una habitación de otra. Al acercarse el chasqueo paró y una diminuta sombra se movió con rapidez. Taluya corrió la cortina nerviosamente, e inspeccionando la oscura sala le pareció ver a un pequeño ser parado junto a un armario. Sus sollozos le dieron a entender que estaba asustado, así que a pesar de su intranquilidad, le llamó con ternura mientras se acercaba cautelosamente. De repente, el lloriqueo infantil pasó a ser un agudo gruñido que le recordó a la traumática persecución de los Pershambals. Taluya se asustó, silbó y en posición defensiva se dispuso a matar al gato, el cual se abalanzó contra ella mordiéndole en la mano, para salir corriendo hacia los setos frente al hogar, en los que desapareció.

 

La leve mordedura ni siquiera había traspasado su resistente piel. Era evidente que aquel ser se trataba de un odioso felino, pero por su tamaño y fuerza, debía de ser tan solo un infante. Esperaba desconcertada, intranquila y desconfiando de las buenas intenciones del sapo. Tan solo habían pasado unos instantes de aquel suceso, cuando escuchó un fuerte gruñido de auxilio proveniente del terreno cercano a la cueva.

 

Algar estaba llenando un saco de huevas de Orpa, grandes babosas terrestres que viven en zonas húmedas y ricas en  materia biológica en descomposición. Pensó que aquellas esferas rellenas de dulzona papilla amarillenta serían de agrado para sus dos huéspedes, Drem y Taluya.

 

Estaba preocupado, no disponía de una forma efectiva para comunicarse con ellos, todavía no les había presentado y no sabía cómo iban a reaccionar. Aunque salió de recolección muy temprano y el joven Drem solía dormir hasta tarde, era posible que por alguna casualidad el encuentro se efectuara sin su presencia mediadora. Así que cuando tuvo suficientes huevas se dirigió al hogar con rapidez, saltando de una rama a otra y echando a volar en cada claro del bosque. Tenía un mal presentimiento.

 

Con el corazón a cien por hora y todavía traumatizado por la visión de los miembros de su clan convertidos en monstruos sin conciencia, Drem se escondía en la apertura de una madriguera subterránea. Con su sagaz vista puesta en la cueva, deseaba ver llegar a Algar en cualquier momento. Con lágrimas en los ojos se repetía a si mismo que no había querido hacer daño a aquella reptiloide. De pronto, y sin poder reaccionar, algo le agarró una de sus patas traseras, tirando de él y arrastrándole hacia las profundidades de aquel hondo agujero. Aterrado, tan solo pudo gritar el nombre de Algar antes de dejar de ver la luz del sol.

 

Edgar Zamora Malagón
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NAHIA (Capítulo I)

Todavía no había amanecido y Algar saltaba de un árbol a otro del Valle Nimura. Iba detrás de un grupo de Skirlas, polillas luminiscentes, grandes y muy jugosas. Se estaba acercando a la Montaña de los Cadáveres cuando cazó a una de esas mariposas regordetas, y mientras estrujaba su abdomen con ambas manos y succionaba el dulce líquido de sus entrañas por el ano, escuchó los salvajes gruñidos de los Pershambals, seguramente detrás de alguna presa.

 

El sapo se acercó un poco más para ver lo que perseguían aquellos pequeños felinos descerebrados. Era un ser reptil, que les superaba en tamaño y agilidad; a juzgar por sus prominentes y tersos senos, probablemente se trataba de una joven hembra. Ella corría por salvar su vida, pero eran muchos y se le tiraban a las extremidades con zarpas y dientes infecciosos. En un segundo, uno de los Pershambals se lanzó a su larga cola, ella siguió corriendo, arrastrando a aquel mal bicho del que no conseguía desprenderse.

 

Algar saltó desde la copa de un alto árbol, extendió los brazos, dejando ver unas amplias membranas que utilizaba para deslizarse en el aire. Cuando se encontró justo encima de aquellos dos se dejó caer, sacó de su espalda lo que parecía un afilado machete y cortó la cola de aquella reptiloide. Ésta se desprendió con el gato aun agarrado y en un segundo se le abalanzaron el resto de criaturas, más rabiosas y enloquecidas aun por la sangre fresca.

 

La reptil se desmayó y por la velocidad que había llevado comenzó a rodar saliéndose del sendero y cayendo por el desfiladero de la montaña. Algar se apresuró a ayudarla, cuando llegó a su posición el cuerpo ya estaba abajo y aunque parecía inerte todavía respiraba.

 

Ya era de día, Algar pudo ver con claridad sus magulladuras, estas la hacían tan visible para los depredadores que iba a resultar un milagro que no se la comieran. Si bien, la sangre, que había brotado de los mordiscos y zarpazos en brazos y piernas, impregnaba buena parte de sus blancas y duras escamas, ninguna de las heridas parecía profunda. No se iba a desangrar pero las bacterias de los dientes y garras de los Pershambals ya la habían infectado; Algar lo sabía, tenía fiebre y su respiración era muy débil. En pocas horas ya no podría moverse, sus pulmones se encharcarían y moriría asfixiada con intensos dolores; no podía dejarla allí.

 

Pesaba mucho como para dirigirse a su hogar saltando de árbol en árbol, tendría que caminar algunos quilómetros con ella a cuestas, así que la cogió de los pies, miró al cielo, rezó a sus Dioses para que le ayudaran a salvarle la vida y se puso en camino.

 

La joven volvió en sí durante unos instantes; vio que estaba siendo arrastrada por un Cova. Pese a la diferencia de tamaño, este disponía de grandes manos con largos dedos para sujetar sus tobillos. Dolorida e incapaz de mover las piernas, gritó una serie de improperios a la par que pedía que la soltara. El Cova, pese a no hablar su misma lengua, comprendió perfectamente el significado de esas voces y gestos, giró su desproporcionada cabeza, la miró de reojo con sus enormes ojos de pupilas dilatadas, sonrió y siguió caminando. Ella estaba muy débil y gastó sus pocas fuerzas en forcejear inútilmente, por lo que volvió a perder el conocimiento.

 

Cuando Taluya despertó tenía el cuerpo sumergido en una charca de agua gelatinosa, en cuya superficie flotaban pequeñas florecillas negras y hojas secas de un color tan blanco como sus escamas. Débil, seguía sin poder mover la parte inferior de su cuerpo, pero se percató de que las heridas de sus brazos se estaban cerrando.

 

Algar llegó con un vaso de madera, se alegró al ver que ya había despertado y amablemente se lo ofreció. No se entendían verbalmente pero los graciosos gestos que él hacía le dieron a entender a Taluya que aquella bebida le ayudaría a recuperarse. Recelosa, pero sin poder salir de allí y obligada a confiar en aquel delgado y cabezón sapo azul, tomó un sorbo del líquido más amargo y asqueroso que había probado en su vida. Algar insistió en que se lo bebiera todo, mientras posaba la mano en su frente para comprobar que la fiebre había descendido.

 

Edgar Zamora Malagón
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